Ciudadanos, Podemos y las historias del pasado

Durante la dictadura, el activismo antifranquista de izquierdas fue protagonizado por el Partido Comunista, mientras que los socialistas, con la cúpula fuera de nuestras fronteras y liderados  por Rodolfo Llopís, al que el tiempo y la distancia le habían hecho perder la realidad de la política nacional, poco habían hecho por derrocar al Caudillo. Tras el asesinato a manos de ETA del Presidente franquista Carrero Blanco, en todo el mundo había la sensación de que el franquismo no sobreviviría a Franco y que, con la muerte del dictador, la democracia se implantaría en España. Es entonces cuando suenan las alarmas y, observando también lo que acontecía en Portugal, donde estuvo a punto de que hubiera una guerra civil tras la Revolución de los Claveles, se teme que la democracia sea una nueva batalla entre fascistas y comunistas y que vuelva el fantasma de las dos España, que “una de ellas ha de helarte el corazón”, que decía  Antonio Machado.

Mientras que Adolfo Suárez es el elegido por el Rey para que  “elevara a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”, en la izquierda se trata de tutelar un partido moderado que no cree un conflicto y complique la transición democrática española. Sobre quién tuteló al PSOE se han escrito ríos de tinta. Algunos señalan que el propio franquismo introdujo a varias personas (Gónzalez incluido) para moderar a la izquierda; otros al Gobierno de los Estados Unidos, a la social-democracia europea con Willy Brandt a la cabeza. Quizá hubiera un poco de todo, lo que sí es cierto es que en los primeros años de democracia el PSOE tenía poco más de cinco mil afiliados y poco bagaje en la lucha contra Franco y que, sin embargo, en un visto y no visto, pasaba a ser la alternativa de izquierdas para gobernar.

El PSOE había sido desde su fundación y hasta la Guerra Civil un partido de lucha obrera, muchas veces causante de acciones violentas, incluso de asesinatos, y protagonista del fracaso de la II República, a la que traicionó, así como también responsable del inicio del conflicto bélico que asoló a España desde 1936 hasta 1939. Sin embargo, el franquismo había señalado al Partido Comunista como enemigo durante cuarenta años y los crímenes y malas artes del PSOE quedaron en el olvido, quedando sus siglas limpias para la opinión popular. Por esa cuestión, fuerzas y agentes poderosos de dentro y fuera de España quisieron convertir las históricas siglas en la versión española de la respetable Social-Democracia europea.

En 1973 el avispado Alfonso Guerra registró las siglas ITE-PSOE. Teóricamente, ese PSOE significaba Proyectos Sociológicos de Organización y Estudios. Realmente, sin embargo, era un embrión para crear un nuevo partido que nada tuviera que ver con el clásico PSOE, pero que aprovechara sus históricas siglas como valor estratégico. En aquel momento, dentro y fuera de España creían que era clave dotar a España de una potente formación de izquierda moderada, con altos grados de patriotismo y que no agitara la creación de brechas territoriales debido a los nacionalismos periféricos. En plena Guerra Fría y con el mundo dualizado entre el capitalismo y el comunismo, si el PSOE pretendía ser un partido de gobierno, debía huir de los postulados marxistas, cuestión que, en principio, no gustaba a las bases, de ahí que decidieran cambiar la estructura del partido. Hasta 1976 la unidad del partido se lograba por medio de la Agrupación Local que elegía a los delegados provinciales y regionales que les representarían en los Congresos y elegían a los cargos.

Ante la imposibilidad de que González-Guerra pudieran controlar las agrupaciones, dan un golpe. González dimite (de forma pactada) y una junta gestora, controlada por los dos políticos sevillanos, dirige el partido y comienza a sancionar y expedientar a numerosos militantes y dirigentes críticos o adversarios de la cúpula. Una vez depurado el partido, González vuelve a liderar el partido que ahora se controla de arriba a abajo y no de abajo a arriba, los socialistas dejan de lado el marxismo y en 1982, solamente siete años después de la muerte del dictador, los socialistas gobiernan  España y lo harán durante más de una década. El éxito electoral de Felipe González  ha hecho que, desde entonces, la táctica a la hora de controlar las formaciones políticas de todos los partidos (quizá UPyD no lo hizo y así le fue) sea a imitación de los que el PSOE hizo en la Transición.

En los últimos tiempos, muchos españoles han apostado por otra forma de hacer políticas que han llevado al éxito de Ciudadanos y Podemos. Recientemente, ambas formaciones han celebrado sus Asambleas Nacionales, las cuales han sido muy distintas pero han tenido un punto común, centralizar el poder dentro del partido. En mi opinión, esa cuestión no tiene que ser buena ni mala, lo importante es lo que se va a hacer con dicho poder, que los líderes no busquen perpetuarse en los cargos ni que el bien del partido esté por delante  del país y de sus ciudadanos. Y eso no se puede hacer sin corrientes críticas (constructivas) y no creo que el ejemplo del PSOE y que tan buen resultado electoral le dio a González-Guerra sea útil en nuestros tiempos. La Transición fue un momento histórico puntual que nada tiene que ver con la España actual, en la que las personas de a pie estamos disgustados con las formas de actuar de los partidos clásicos.

La izquierda, los moderados y los extremistas

La historia interminable de las batallas derecha-izquierda en España es, a mi opinión, uno de los grandes lastres de nuestro país. He vuelto a pensar en ello cuando, en estos días y ante los próximos Congresos Nacionales de los cuatro partidos grandes, se ha oído el debate de que, si como sucede en Francia, sería bueno que los simpatizantes pudieran elegir a los dirigentes de los partidos políticos tras previo pago de una pequeña cuota. La idea no tiene por qué ser mala, pero creo que, en el frontismo con el que vivimos en España, no serían pocos los que pagarían esa cuota solamente por votar al peor de los candidatos del rival.

Sé que esto es hacer una caricatura pero realmente creo que en este país, antes de ir a un método como el francés, necesitamos más años de experiencia democrática dado que, a día de hoy, la mayoría prefiere un mal rival y no, como sería más lógico desear, que los mejores candidatos de todas las ideologías compitieran por ser el Presidente del Gobierno.

Desde que con la Transición comenzaron las encuestas, hemos vivido la paradoja de que rara vez el candidato más valorado pertenece a la fuerza que lidera las encuestas. Es obvio que, en parte, eso se deba a que los clásicos rivales siempre puntúan bajo al líder del partido rival, favoreciendo a los que no molestan, ni a unos ni a otros. Eso llevó a que en la época del CDS de Suárez, el que fuera primer Presidente del Gobierno, puesto que era el político más valorado aunque pocos le pensaban votar, dijese aquello de: “Queredme menos y votadme más”. Algo parecido le sucede ahora a Albert Rivera, al que los españoles consideran el mejor candidato posible, a pesar de que Ciudadanos sea la cuarta fuerza más votada.

Sobre ese panorama, los partidos tienen la opción de extremarse más, lo que les puede llevar a un éxito  inmediato o, por el contrario, tratar de que ese frontismo acabe, por más que los réditos electorales traten más tiempo en llegar. Imagino que, si el fin de los partidos, sobre todo de los nuevos, es cambiar la sociedad, deberían apostar por lo segundo a pesar de esa máxima que dice que, desde la oposición, no se pueden cambiar las cosas o al menos es muy difícil.

Tras las últimas elecciones, hemos visto que las distancias entre los pensamientos ideológicos de los españoles están cada vez más distantes y que los enfrentamientos derecha-izquierda están latentes, incluso dentro de los partidos. En el Partido Popular hay voces críticas que consideran que los Populares son el partido de derechas menos de derechas de Europa y apuestan por crear una formación (muchos sueñan que capitaneada por Aznar) de verdadera derecha. En el PSOE es donde la ruptura es mayor ya que muchos ven como una ofensa haber dejado gobernar a Rajoy, mientras otros creen que lo verdaderamente inadmisible hubiera sido llegar a un acuerdo con Podemos. En el partido morado, los errejonistas no acabaron de entender por qué no permitieron que gobernara Pedro Sánchez con el apoyo de Ciudadanos, permitiendo, de este modo, un nuevo gobierno de Mariano Rajoy y en C’s hay discusiones internas sobre si el partido debe seguir proyectándose desde el centro-izquierda o, contrariamente, dar un paso a la derecha para competir con el Partido Popular.

Lo más curioso es que exista esta batalla derecha-izquierda en todos los partidos, cuando las encuestas dicen que en una escala del 1 (extrema derecha) al 10 (extrema izquierda) la mayoría se sitúa en el 5, aunque no es menos cierto que en las calles es más fácil encontrar personas que se declaran de izquierdas que de derechas. Una vez, un compañero de partido me dijo que en España había personas de izquierdas y personas que votaban a la derecha, pero que no hay casi personas que digan ser de derechas y creo que está en lo cierto.

Imagino que esto se debe a que hay una irreal forma de ver las cosas. Flota en el ambiente que la izquierda encarna la generosidad, la justicia, la cultura y la libertad y que la derecha representa el egoísmo, la avaricia, el despotismo y la opresión, lo que lleva a la izquierda a una superioridad moral que, incluso, hace que, para los extremistas de izquierda, una izquierda moderada sea en realidad derecha, es decir, a sus ojos son egoístas, avaros, déspotas y opresores. Sin embargo, en la extrema izquierda, en el lado más radical de Podemos, por no hablar ya de en la izquierda nacionalista, hay comportamientos que se acercan más a esos adjetivos que los que se pueden encontrar en la izquierda y en la derecha moderada.

Buscar el equilibrio debería ser el objetivo de la mayoría de partidos. Ciudadanos es, sin duda, quien está más cerca de ello, a pesar de que muchos, incluido yo, somos de la opinión que el nuevo ideario y algunas de las apuestas de futuro podrían hacer que lo perdiéramos. Esto se ve también como una lucha  entre el sector Liberal y el Social-Demócrata, cuando yo creo que no se trata de etiquetas, sino de no coger el camino equivocado.

Yo soy cercano a  la izquierda moderada, entendiéndola como una corriente que pretende reconstruir la sociedad sobre unos postulados racionales; una lucha por tener una sociedad mejor que la que hay, con más igualdad, más justa, teniendo en cuenta que, como izquierda, entiendo también los primeros movimientos de los liberales y su intento de sentar las bases de un Estado, secuestrado en aquel momento por la invasión francesa, pero que también lo estaba con los reyes absolutistas. Todo ello, aceptando que hay unas instituciones existentes a las que respetar, pero observándolas desde postulados racionales y siendo conocedores de la imperfecta naturaleza humana.

Sin embargo me siento muy lejos de la izquierda sectaria, dogmática y muchas veces anti-española, que fue responsable de que la Restauración no cuajara, que apoyó la dictadura de Primo de Rivera, que llevó al traste las posibilidades de la República en cuestiones como la Revolución del 34 y que fue muy responsable de que en este país hubiera una Guerra Civil, en la que el bando republicano acabó en manos del dominio soviético de Stalin y sacando del país gran parte de su patrimonio;  lejos también de la izquierda que no hizo dura oposición a Franco, que trató de llevar al traste la Transición y que ya en democracia utilizó el terrorismo de Estado, asesinando a españoles sin juicio de por medio; y, por supuesto,  lejos también de la izquierda vendida al nacionalismo, que no defiende la igualdad entre todos los españoles y que, en ciertas autonomías, apuesta porque haya ciudadanos de primera (los nacionalistas) y de segunda.

Portada: El abrazo de Juan Genovés.

Pablo Iglesias y Anna Gabriel, dos visiones del Pijo-Comunismo

¿Qué me lleva a ver una entrevista de La Tuerka, en la que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, entrevista a la cupaire Anna Gabriel? Supongo que tratar de entender algo sus pensamientos, los de ella sobre todo, que es la entrevistada, y encontrar, así, ese punto de unión que siempre creo que tenemos los que pensamos diferente. Antes de ver la entrevista, como es obvio, tengo ciertos prejuicios que dentro de lo que cabe trato de quitarme a la hora de escucharles. No voy a decir qué opinaré sobre ellos con neutralidad porque la neutralidad no existe, pero sí que es cierto que, siempre que oigo o leo personas que opinan diferente que yo, trato de poner oído y entender qué nos une y qué nos separa y el porqué.

Pronto empezaron a hablar de la lucha de clases. Me pongo atento. Yo, a pesar de pertenecer a una familia de clase trabajadora y de inclinaciones izquierdistas, nunca he acabado de entender eso de la lucha de clases. Y comienzo a entender que ellos quieren dar a entender que quien no cree o defiende la lucha de clases no desea la igualdad, cuestión que, personalmente, me parece todo lo contrario. La igualdad de oportunidades es muy importante, así como también la libertad para que cada uno sea lo que desee con el objetivo de ser feliz.

Gabriel habla de sus recuerdos infantiles y, para empezar, da una imagen poco realista de lo que es su población, Sallent, de la que dice que se le suele etiquetar como Catalunya profunda pero que, en realidad, es una zona de emigración española y de mayoría de clase trabajadora, es decir, habla de Sallent como si fuese Cornellà o l’Hospitalet de Llobregat, nada más lejos de la verdad. Sallent es una zona mimada del Pujolismo en donde, políticamente, CiU ha sido siempre la fuerza más votada y donde PSC, PP y Ciudadanos ni siquiera osan presentarse en las municipales. Explica Gabriel que le chocaba que hubiera unas escuelas para pobres y otros para ricos y me pregunto si en el comunismo hay una suerte de envidia al que tiene lo que tú no y si verdaderamente ser comunista consiste en ese hombre que le dice a su hijo que estudie para que, con suerte, su nieto ya no tenga que ser comunista.

Anna Gabriel sigue explicando que su madre era concejal del PSUC y que desde pequeña oyó aquello de que los nacionalismos dividen a la clase trabajadora  y que están al servicio de la burguesía, pero que a los dieciséis años unió la lucha antifascista con la lucha por la lengua. Imagino que ahí está la madre del cordero: señalar el fascismo como algo español y el antifascismo como algo catalán. Pero, ¿por qué? Eso no lo explica y no lo hace porque no hay un porqué.

¿La lucha de la lengua? En esa época (hablamos del primer lustro de los noventa), el catalán gozaba de perfecta salud, el castellano estaba siendo discriminado y es probable que sí hubiese unos jóvenes que levantaban la bandera española como símbolo de rebeldía contra la escuelas que les estaban robando el idioma y que les explicaban una historia y unos países imaginarios. Entonces, ¿Anna Gabriel se rebeló contra aquel movimiento? Puede que sí y, probablemente, entendió que aquello era una amenaza fascista por el hecho de estar dentro de una familia de padres y abuelos dedicados a la lucha comunista. Sin embargo, ¿por qué no vio como algo fascista el adoctrinamiento nacionalcatalanista que desde hace décadas se hace a los niños en Catalunya? Esa es la eterna pregunta. ¿Tan bien se hizo el adoctrinamiento? ¿O el hecho de que Gabriel tenga las raíces fuera de Catalunya nos hace acabar en otro caso de charnego agradecido?

Gabriel no explica qué le lleva a pasar de la izquierda al nacionalismo, porque no hay explicación, porque no se puede ser de izquierdas sin defender la igualdad y la solaridad y no hay nada más desigual e insolidario que el nacionalismo. Y, en cierto modo, la cupaire habla como si lo supiese, pero señala que España está tan podrida que solamente un nuevo Estado puede resolver estos problemas. En realidad, sin embargo, lo que está diciendo es que España nunca podrá ser un país con estructuras comunistas, como si eso fuese algo malo y, no, ni España ni ningún país de los que llamamos el Primer Mundo pueden tener estructuras comunistas, pero por el simple hecho de que en el Primer Mundo no hay lugar para pensamientos totalitarios. Pero todo ello lo dice a su modo: “La independencia es para cambiarlo todo. Es antifascismo, antiracismo, justicia social, distribución de la riqueza y no cambiar banderas e himno y no es exactamente eso”. Ante esas palabras, ¿qué personas progresistas no pueden estar de acuerdo? Por eso, la CUP ha subido tanto en votos en Catalunya, pero si nos ponemos a analizar los hechos y las palabras, nos damos cuenta de que, cuando dicen antifascismo, quieren decir antiespañolismo. Asociar el fascismo a España ha sido una de las cuestiones que más rédito les ha dado a este tipo de partidos, porque fascismo en la España democrática poco ha habido más allá del de los amigos de la CUP de ETA y Terra Lliure. Y es que en España no hay ultraderecha porque la ultraderecha son los nacionalismos periféricos.

La CUP es realidad, no es más que la sexta fuerza en Catalunya pero que, sin embargo, se ha convertido en actor protagonista por la necesidad de su apoyo para que Junts pel Sí pudiera gobernar, algo que así fue, a pesar de que, según confesara la propia Gabriel, la CUP se formó para acabar con el Pujolismo ¿¿¿??? Triste destino le espera a la CUP si nació para acabar con el Pujolismo y acabar haciendo presidente a un Convergent. Y es que, si alguna vez derribar el Pujolismo, es decir, el dominio de la Catalunya derechista católica y burguesa, fue el objetivo de la CUP (cuestión que me parece una patraña), ya mucho antes del apoyo a Junts pel Sí, dejó de serlo. No hay que olvidar cómo otro charnego agradecido, David Fernàndez (que cambió el acento de lado para integrarse), cuando Rodrigo Rato fue al Parlament, le amenazó y le llamó gángster zapatilla en mano, pero que, cuando Jordi Pujol fue a declarar por los casos de corrupción, todo eran amabilidades. Porque puede que Pujol también sea “un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, que diría Roosevelt.

Por supuesto, en la entrevista sale el tema del referéndum y Gabriel vuelve a utilizar el término España en negativo, diciendo: “En España es tan difícil hacer algo tan sencillo como un referéndum de independencia” pero no es en España, es en todo el mundo, ni en Estados Unidos, ni en Francia, ni más recientemente en Alemania se ha dejado hacer estos referéndums porque son ilegales y porque, como ya hemos dicho otras veces, el sólo hecho de celebrarlos ya concede la independencia a la región en cuestión, aunque ganara el No. Sin embargo, la cupaire justifica con ese no referéndum su alianza con la Catalunya burguesa católica y derechista.

En la supuesta lucha obrera de las CUP, nadie le pregunta a estos por qué tienen más votos en ciudades con la renta per cápita alta y por qué no les votan en las ciudades obreras. La respuesta es fácil, porque la mayoría de los votantes de la CUP no son más que hijos de papá, hijos de burgueses convergents que están jugando al Mayo del 68. Puede que sus dirigentes no lo sean pero sus votantes sí. Quizá ocurre lo contrario que en Podemos, donde sus dirigentes son miembros del Pijo-Comunismo y, seguramente, sus votantes no.

Para acabar, una última reflexión. Pablo Iglesias dice que, seguramente, Catalunya es más de izquierdas que el resto de España… Tiene gracia oír eso, cuando Convergència i Unió, que es el partido más de derechas que ha habido en toda España, ha estado a sus anchas desde tiempos inmemoriales. Pero ya sabemos cómo funciona esto, la derecha es fascismo, el fascismo es español y, entonces, para Iglesias, CiU no es de derechas.

¿Un referente político señora Gabriel? Mi abuela y Fidel Castro.

El aragonés Echenique y la andaluza Teresa Rodríguez también quieren que Aragón y Andalucía sean naciones

La extrema izquierda española, en su desesperado intento por balcanizar España, está llegando a actos tan hilarantes como que Pablo Echenique diga ahora que Aragón es una nación y que Teresa Rodríguez pida ahora en Andalucía algo así como su propio derecho a decidir.

Electoralmente, puedo entender dicha táctica: si a los nacionalistas les ha ido bien, ya no sólo en Catalunya y Euskadi, sino también en Valencia y Galicia y, de algún modo, el PSOE triunfa donde es visto casi como su partido autonómico, como es en el caso de Andalucía y Extremedura y el PP en ambas Castilla y en Madrid, ¿por qué no seguir buscando rédito del regionalismo o nacionalismo o como lo queramos llamar?

A la larga, eso no puede ser bueno; es normal que pongamos delante nuestra patria chica, a mi me preocupan más los problemas de Rubí que los de Barcelona, los de Barcelona que los de Catalunya, los de Catalunya que los de España, los de España que los de Europa y los de Europa que los del mundo, pero también me preocupa más la unidad del mundo que la de Europa, la de Europa que la de España, la de España que la de Catalunya…

Mirar las pequeñeces que nos separan de quien tenemos al lado es hoy un problema pequeño, pero con el tiempo será más grande y todo por el beneplácito de la extrema izquierda española cuyo complejo, por cierto, está destruyendo la nación, fingiendo reivindicar las autonomías.

Las Comunidades Autónomas no necesitan que Podemos ni ningún otro partido les defienda sus derechos porque, para ello, ya está nuestra Constitución que, desde su creación, ensalza las autonomías, para muchos quizá hasta demasiado.

Yo, personalmente, no creo que las autonomías tengan un poder excesivo. Lo que sí ocurre es que los nacionalistas han abusado de la buena fe con la que todos los españoles aprobaron la Carta Magna.

El rédito electoral no puede ser una excusa para romper una nación, porque este país ha pasado por guerras, muchas de ellas entre hermanos, se han asesinado muchos presidentes del gobierno y, sin embargo, ahora, por más que no todo sea perfecto, estamos viviendo el momento de más paz, igualdad y libertad de nuestra historia.

Ciertamente, para el bien de nuestra nación, es más peligroso Podemos que los nacionalistas, porque los morados han convencido a una buena parte de españoles de que ellos y sólo ellos representan al pueblo y que ellos y solamente ellos van a luchar por las personas de a pie.

El otro día, oí decir a Félix Ovejero que es triste que haya fronteras en este mundo, pero que más triste es que quieran poner fronteras donde no las hay. Pero ese pensamiento va calando, hay muchísimas personas hoy en día que defienden que las extensiones de tierra, que las culturas, que los idiomas… tienen derechos pero, no, no los tienen, solamente los ciudadanos tienen derechos y, una vez teniendo claro eso, me parece maravilloso que estos defiendan su tierra, su cultura y su lengua, pero no que ello les haga creer que esa tierra, esa cultura y esa lengua son suyas y sólo suyas.

El Partido Socialista trató de alejarse de todo eso. Pedro Sánchez salió con una bandera española enorme detrás tratando de que, de una vez por todas, la izquierda acabase con el complejo que tiene ante los símbolos nacionales, no dándose cuenta de que, no teniéndolos como propios, lo único que consiguen es perpetuar lo que el Dictador Franco trató de hacer y que no es otra cosa que hacer suyos esos símbolos.

Sin embargo, ahora Sánchez, quizá sólo por agarrarse a la silla, ha dicho aquello de que Catalunya es una nación, es decir, se apunta a aquellos que opinan que los que reconocen que España es un Estado de Naciones es de izquierdas y el que no, un fascista.

Triste destino espera a un país como España si después de todo lo vivido va a quedar reducida a un nuevo enfrentamiento entre rojos y azules, a las dos España enfrentadas eternamente.

¿Y saben qué es lo peor de todo? Que si la extrema izquierda, si Podemos y los que se “podemizan” consiguen su propósito, lo que seguramente ocurra no es que España se rompa, sino que, como en todas las autonomías, haya rojos y azules; seguramente, lo que se rompa sean las autonomías y eso sería muy triste. La grandeza de España debe ser que los andaluces sean andaluces, que los vascos sean vascos, que los murcianos sean murcianos y que los catalanes sean catalanes y que podamos mostrar nuestra cultura al resto de nuestros compatriotas de cualquier punto de España.

La loca historia del mundo

Me quedé dormido con la radio puesta, me desperté de madrugada y escuché algo sobre las elecciones de los Estados Unidos. Miré el reloj, eran las tres de la mañana. Adrián, sigue durmiendo, me dije. Cuando desperté, creí haber oído que Donald Trump era el nuevo Presidente de los Estados Unidos.

Crucé los dedos y deseé haberlo soñado. No puede ser, me dije. Un Jesús Gil americano, un hombre que parece sacado del show de Benny Hill con pelazo, maquillaje y un pequeño Adolf Hitler dentro no puede ser presidente de la primera potencia mundial.

Pero no era un sueño, ni siquiera una pesadilla: un racista, machista y misógino hombre de negocios que ha hundido varias empresas y solamente ha salido a flote aprovechándose de los inversores de bolsa, personas que se empobrecían al ritmo de que este estafador se hacía rico, es presidente de los Estados Unidos de América.

El crecimiento de las extremas derecha e izquierda en el mundo no deja de sorprenderme, pero creo que es algo a lo que debemos comenzar a acostumbrarnos. La memoria es corta, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y llevamos camino de repetir los peores momentos de la Humanidad.

Lo peor de estos es que los ultras de ambos lados se autoalimentan y van a seguir creciendo estas tendencias. Pronto Francia y Alemania tienen unas peligrosas elecciones en las que, muy probablemente, los populistas de derecha crezcan como la espuma.

En Europa, el crecimiento de partidos de extremas derecha e izquierda, como Syriza y Podemos, además del lamentable Brexit británico, nos debe poner en alerta. Un mundo desunido, a la larga, será un mundo en guerra y eso llegará antes que tarde si políticos radicales como estos llegan a los gobiernos de los países importantes.

Ante eso, los que creemos en la libertad debemos ser firmes, no ir a un bando u otro, porque precisamente nuestro deber es luchar porque no haya bandos. Que el mismo día que cayó el muro de Berlín, ese muro que reflejaba todo el mal que nacionalistas y comunistas habían hecho al mundo, nos enteremos de que Trump será presidente de los Estados Unidos es una de esas coincidencias trágicas de la historia.

Hoy la libertad ha perdido y ha vencido el proteccionismo, el egoísmo, ese pensamiento que cree que hay ciudadanos de primera y otros de segunda y que, no todos, debemos ser iguales ante la Ley.

En España hemos de luchar porque esto no pase y no hay mejor lucha que la de tratar de reformar nuestro sistema sin romperlo. Nuestro país necesita cambios y que estos lleguen sin bandos, sin frontismos. Y, sí, sé que esto parece difícil de conseguir pero, si el Presidente Suárez fue capaz de sentar alrededor de una mesa a personas que habían estado literalmente a tiros, es seguro que, a día de hoy, lo tenemos más fácil.

Eso sí, hay personas que no sé si están confundidas o si nos quieren confundir a los demás. Ver a Podemistas lamentarse de que haya ganado un presidente americano, que va a cumplir el viejo anhelo de que los americanos dejen de estar en conflictos internacionales, de que vuelvan las tropas a su país, que apuesta porque el mercado común caiga, así como oír también a separatistas catalanes lamentarse de que gane las elecciones uno que piensa que América es para lo americanos, que hay que abandonar las uniones internacionales y que hay que volver a los nacionalismos y a las viejas costumbres de cada país, es prueba de que o ellos están locos o nos quieren volver locos a los demás.

Entre Donald Trump y Belén Esteban

Siempre me han sorprendido esas personas que, cuando van al cine, hablan de una película diciendo que se trata de un filme de Bruce Willis o de Julia Roberts o del actor que sea, por el simple hecho de que las películas no son de los actores, son de los directores. Yo voy a ver películas de Woody Allen o de Danny Boyle, pero nunca he ido a ver una película por un actor porque, como es obvio, el estilo lo pone el director o el guionista y la película la hace todo un equipo, un equipo en el que, nos gusté o no, la mayoría de las veces los actores son lo de menos. Sin embargo, cuando la gente va a ver las películas de Mario Casas o de Adriana Ugarte es porque, probablemente, desde el propio mundillo del cine se vende que el cine es de los actores y no de los directores, por más que, si reflexionamos, es obvio que no es así.

En el mundo de la política, pasa algo parecido, muchos son de este o aquel actor, es decir, de tal o cual político cuando lo que deberíamos es tratar de ser de unos ideales, de una ideología, mucho más que de un partido o de un político. Así ocurre que son más importantes los actores que, incluso, el personaje; la actuación que el contenido. Los avatares políticos de los últimos tiempos han hecho que, para muchos, la política se haya convertido en una película sencilla, de buenos y malos, de indios y vaqueros. No obstante, no nos damos cuenta de que, en esas películas, que son vistas desde el lado de los vaqueros, nos parece que los vaqueros son los buenos y ni siquiera nos hemos planteado que no pueda ser así. Nunca hemos visto el lado de los indios y, como lo desconocemos, no son los nuestros sino los otros, los de ellos.

Hay un  gran número de personas, unos por edad y otros por desgana, que nunca habían prestado atención a la política y que, sin embargo, ahora parecen ser grandes especialistas. A pesar de ello, si les preguntases qué es la socialdemocracia, el liberalconservadurismo, el socioliberalismo o cualquier otro pensamiento político, no sabrían decirte ni la historia de esos movimientos ni qué significan, ni siquiera qué partidos se asocian a esas corrientes de pensamiento. Todo es una peli de vaqueros, de buenos y malos, una peli enfocada desde un solo punto de vista. Y eso hace que haya miles de personas que, verdaderamente, se crean que el Congreso se divide entre “La Gente” y “Los Fascistas”.

Ha cuajado la idea de que, porque no todo haya salido bien, porque haya habido casos de corrupción política y judicial, la democracia no es real y esa irrealidad se achaca a ser una herencia del franquismo, por eso, todos los que piden respeto a la democracia y a la Constitución son fascistas. Pero lo cierto es que es completamente al revés. Primero, y como es obvio, porque los corruptos son los que no han respetado la Constitución y, segundo, porque esa corrupción judicial que todo el mundo achaca a que los jueces, en parte, son elegidos por los partidos políticos, en realidad muestra el desconocimiento de que, en realidad, eso fue un punto exigido por la izquierda para firmar la Constitución y que, precisamente, Alianza Popular y la UCD de Adolfo Suárez estaban en contra de ello.

Sin embargo, ahora leemos el presente como si el partido que está en el Gobierno fuese quien ha redactado esa norma. La creencia de que quien gobierna hace y deshace sin tener que rendir cuentas es muy común en nuestro país cuando, en realidad, no es así, entre otras cosas gracias a la Constitución. De este modo, en esta eterna campaña electoral que hemos vivido y que ha durado más de un año, cada vez que la policía o los medios de comunicación han sacado a la luz un caso de corrupción del PSOE, de Podemos o de un partido nacionalista, se ha achacado a que estos están dirigidos por el partido que gobierna. No obstante, si repasamos la hemeroteca, el 80% de los casos de corrupción que han salido en este tiempo pertenecían al Partido Popular.¿Entonces? ¿Hay un gobierno fascista que controla todo o vivimos en una democracia donde la policía y la prensa tienen su calendario propio y no miran, si hay elecciones o no, para destapar un caso de corrupción?

¿Entonces por qué muchos tienen la sensación de que el Gobierno dirige los jueces, la policía y la prensa? ¿Por qué ven la película sólo desde el lado del vaquero y no del indio? Por qué, sino, los de más a la izquierda y los nacionalistas no protestan cuando hay personas que rodean el Congreso de los Diputados el día en el que, democráticamente, los representantes del pueblo están invistiendo al Presidente del Gobierno, nos guste o no, sea quien sea ese Presidente que, por cierto, a mi tampoco me gusta

A partir de la investidura es cuando comienza la verdadera película. Pero muchos no quieren verla por el director que somos los españoles, los de derecha, los de izquierda, los de centro, los andaluces, los madrileños, los vascos, los conservadores, los socioliberales, los comunistas… sino que quieren ver los actores, a sus actores preferidos, aunque hagan de villanos, como fue el caso de Pablo Iglesias o de Gabriel Rufián. Eso sí, Rufián tiene una excusa, él quiere que la película sea mala, quiere que España fracase, de hecho, está en Madrid y no en el Parlament de Catalunya porque es un político mediocre. Por este motivo no está en el gobierno de Catalunya y está en el Congreso de los Diputados, pues saben que allí puede hacer perfectamente el papel de Tardà, un bufón burlesco e irrespetuoso, con la tranquilidad de que en el Congreso no tiene nada que hacer, no tiene trabajo, no ha de hacer que el país vaya a mejor, sino que solamente debe entorpecer del mismo modo que estos años ha hecho Tardà. Pero al estilo charnego, para que en Madrid vean que los hijos de los que vinieron desde otros puntos de España ya están bajo el abrazo del independentismo.

Peor es el caso de Iglesias cuando parafraseó a Primo de Rivera al decir que el Congreso no representaba al pueblo, sino que el pueblo estaba fuera. Aplaudió a Oskar Matute de Bildu y se quedó quieto cuando PP, PSOE, Ciudadanos y PNV aplaudieron a las víctimas de ETA. Eso sí, Pablo Iglesias perdió el protagonismo, no fue el malo de la peli, Rufián le ganó, consiguió dividir el Congreso entre los que para él son la gente y los fascistas, pero que en realidad son constitucionalistas y guerracivilistas. Que Rufián fuese el protagonista es lo de menos, lo peor es el estilo, entre Donald Trump y Belén Esteban, y sobre todo que haya una parte de la población que lo defienda porque ha visto la película desde el lado de los vaqueros.

Lo importante es buscar el bien de España y España no es el Rey, ni el Presidente, ni siquiera el Himno o la bandera; España son los ciudadanos que vivimos en este país y, por mucho que haya quien no le guste España, no se sienta cómodo con su historia, con su presente o con lo que sea, deben dejar de engañarse, no se puede querer el bien de los ciudadanos sin que el país vaya bien. Si a España le va bien, a nosotros nos irá bien y eso solamente se consigue uniendo fuerzas y no poniendo palos en las ruedas, como hacen Iglesias, Rufián y compañía.

Fuente de la fotografía de portada: elperiodico.com

Acabó el bipartidismo

Hace un par de años, todo el mundo parecía que estaba de acuerdo en que tenía que acabar el bipartidismo. Sin embargo, después nos hemos dado cuenta de que muchos de esas personas no sabían qué significaba eso. Acabar con el bipartidismo no significaba que PP o PSOE dejaran de ser la fuerza más votada, sino que, para gobernar, no pudieran hacerlo en mayoría, que España no funcionase de Real Decreto en Real Decreto y que más de una fuerza política fuese determinante para el gobierno de nuestro país.

Quienes querían que Podemos y Ciudadanos ocuparan el lugar de PP y de PSOE no querían un fin del bipartidismo, sino que hubiera otro bipartidismo. Es más, a la vista de las declaraciones, muchos de los que no querían bipartidismo no querían tampoco pactos. Obviamente, esos no saben ni lo que quieren, pues el fin del bipartidismo son los pactos, el fin de este dominio de populares y socialistas se consigue cuando otras fuerzas políticas son protagonistas de las decisiones.

La aparición de Ciudadanos y Podemos debía conseguir eso. Ese iba a ser el cambio de esta época. De hecho, hubo la posibilidad de un gran cambio ya que también hubo la ocasión de que pasáramos de un gobierno conservador en mayoría a la opción de que se diera un pacto de centro izquierda entre socialdemócratas y socioliberales. Pero no pudo ser y todos sabemos que aquello no se consiguió, única y exclusivamente, porque Podemos había hecho las cuentas de la vieja y creía que, sumando los votos de Izquierda Unida, daría el “sorpasso” a los socialistas en unas nuevas elecciones.

Pero Pablo Iglesias y los suyos se equivocaron. En política, 2+2 no siempre son 4 y las nuevas elecciones supusieron una pérdida de 3,6 puntos para Unidos Podemos y, en porcentaje, el PSOE alzó el vuelo. Finalmente, esas segundas elecciones beneficiaron al Partido Popular y dejó a España sin alternativa ninguna a que gobernara Mariano Rajoy.

Cualquiera que esté puesto en política nacional entendía que había que dejar gobernar a los populares porque, de haber unas nuevas elecciones, el partido de Mariano Rajoy aún ganaría por más. El PSOE, sin embargo, pareció no entender eso, al menos Pedro Sánchez no lo entendió y tardó mucho en darse cuenta de que había que permitir que el país arrancara. Esa tardanza y no otra cosa es lo que ha llevado a los socialistas a una crisis interna que ya veremos cómo acaba.

La mayor diferencia en este periodo entre Ciudadanos y Podemos es que Ciudadanos ha llegado a la política nacional a acabar con el bipartidismo, mientras que Podemos ha querido formar parte de él. Podemos ha querido ocupar el lugar del PSOE y eso no es ni bueno ni sano. En países con más tradición demócrata, como es el caso de Dinamarca, rara vez el partido ganador consigue más del 25% de los sufragios y, a menudo, para formar gobierno, tienen que realizar pactos de tres o cuatro partidos. En España estamos lejos de que esto pueda ocurrir pero, aunque no lo parezca, es lo ideal. No obstante, hay una diferencia enorme entre ambos países, pues en España existe el guerracivilismo, votamos a uno para que no gane el otro, mientras que ellos tienen claro que hay que votar a quien te va a representar bien, gane o no.

Lógicamente, en España estamos aprendiendo. Nuestra democracia es joven, pero ya hemos podido ver que Ciudadanos, con 32 diputados, está siendo más importante que Podemos con 71. Los de Pablo Iglesias puede que sean los mejores en Twitter o en propaganda pero, una vez en las instituciones, no saben qué hacer. Podemos ha dedicado todos estos meses a crear un clima que llevara a las terceras elecciones, a esas terceras elecciones que supondrían superar al PSOE. Ese y sólo ese ha sido su objetivo, aunque ni siquiera lo han conseguido.

Los españoles deben comprender que Podemos no quiere lo mejor para España. ¿Cómo va a querer lo mejor para un país quien quiere pactar con quien desea romperlo? ¿Cómo vamos a tomar en serio a un partido de extrema izquierda que quiere pactar con PNV y Convergència, dos partidos de derechas? ¿Cómo vamos a confiar en alguien que va de la mano con Bildu, que dice que Otegi es un hombre de paz y que los empresarios son terroristas?

Cuando el próximo Gobierno eche a rodar, tenemos una gran oportunidad para dar un paso adelante como país. Los partidos de la oposición, PSOE, Ciudadanos y Podemos, tienen la obligación de controlar al Gobierno, de ser constructivos y de hacer país teniendo algo claro: que, aunque el presidente siga siendo Rajoy, ya ha comenzado el cambio y el bipartidismo se ha acabado.