Los Liberales de Cádiz y los valientes de Barcelona

A los políticos, a los que tienen cargo y a los que no, a los que ganan cantidades respetables y también a los que hacen política de forma altruista, hay que exigirles varias cosas. Una de ellas, coherencia. Es difícil creer en políticos incoherentes, por más que estén bien formados y dominen de forma considerable los secretos de la telegenia.

Cuando Ciudadanos decidió dar el paso y convertir en una realidad la expansión nacional, muchos se preguntaron quién podía sustituir Albert Rivera, el cual intuíamos que dejaría la lucha en Catalunya para emprender su batalla por La Moncloa. Con un Jordi Cañas apartado (esperemos que temporalmente) de la política, muchos se preguntaban si C’s iba a quedar huérfano en la tierra donde y para la que nació.

Entonces, muchos ojos miraron hacia Inés Arrimadas, esa política joven que, como Mohamed Ali, volaba como una mariposa y picaba como una avispa. Ciertamente, Inés era uno de los grandes valores de Ciudadanos y muchos pensamos que podía relevar perfectamente el trabajo como líder de C’s en Catalunya.

Lo cierto es que Arrimadas consiguió unos resultados que Albert Rivera nunca había soñado, pero no es menos cierto que, desde entonces, la lucha contra el nacionalismo se ha ido diluyendo en el Parlament de Catalunya. La lucha contra algo tan injusto como es separar catalanes por el idioma que hablan, por donde han nacido o, lo que es peor, por donde han nacido sus padres debía ser la prioridad de la formación naranja. Sin embargo, un año de locura electoral ha hecho que ese tema sea secundario para C’s y para sus líderes.

En el partido que preside Albert Rivera, que también es mi partido, nos hemos convertido en la versión política de aquel estilo de música de finales de los ochenta y principios de los noventa, el “Shoegaze”, que recibía dicho nombre porque los vocalistas de aquellas bandas se pasaban los conciertos mirando hacia abajo, hacia los pies. Eso es lo que hacemos nosotros ahora, no mirar de frente y mirarnos los zapatos. Curiosamente, a aquellas bandas también se les llamaba “La escena que se celebra a sí misma” y en eso también se parece a C’s, cuya política de hacer actos, a los que acudimos personas del propio partido, para celebrar lo listos y guapos que somos.

Ayer, Ciudadanos tenía un acto “importante”, celebrar el aniversario de la Constitución de Cádiz, porque, como ya saben, resulta que C’s viene de ahí, no de la lucha por la igualdad en Catalunya, no de aquellas gentes que primero lucharon contra el fascismo de Franco y después contra el fascismo de Pujol y Mas, sino del 19 de abril de 1812. Es decir, los mismos que criticamos que los nacionalistas recurran a épocas remotas, como el 1640, el 1714 o, incluso, el 1939, para explicar la actualidad nos convertimos en los herederos de los liberales de Cádiz.

Y que no digo yo que, para aquel tiempo, aquella fuera una Constitución muy moderna, pero eso es, para aquella época, por no hablar de que fue un fracaso y que fue sustituida solamente dos años después. Pero, bueno, que la historia no nos quite un buen relato y no hablaremos de aquellos artículos en los que los desempleados perdían la ciudadanía, o de aquellos en los que se prohibía ejercer una religión que no fuera la católica, o en el que las mujeres no podían ser diputadas.

Pues, como aquella “escena que se celebra a sí misma” del Indie Británico, ayer todos los pesos pesados de Ciudadanos, Inés Arrimadas incluida, estaban celebrando la Constitución de 1812, mientras que en Barcelona miles de valientes se manifestaban para parar el Golpe de Estado de los nacionalistas del 3%, la cual, probablemente, fue la mejor manifestación de este tipo que se ha hecho en tierras catalanas. El mensaje era bueno, integrador, lucían juntas banderas españolas, de la república, catalanas, europeas, además de que cada vez más personas populares se unían en la lucha contra el nacionalismo. Sin embargo, allí ni estaba ni se esperaba a la Jefa de la Oposición en el Parlament.

¿Piensan los líderes de Ciudadanos más en el partido que en los catalanes y en el resto de españoles? A veces parece que sí, y lo cierto es que ya llueve sobre mojado. En mi tierra, tristemente, el tema del proceso soberanista tiene enfrentados los catalanes, creando problemas entre amigos y familiares, y éste es el problema catalán, no la independencia. Porque independencia, como ya he dicho cientos de veces, no va a haber y lo sabemos todos, los nacionalistas también lo saben.

El gran problema es ese enfrentamiento que hay en la calle, ese “ellos contra nosotros”, los buenos y los malos catalanes, y eso lleva a que la lucha de los que no somos nacionalistas sea para que la normalidad vuelva a las calles de Catalunya, para que esta tierra sea integradora y que no haga distinciones por lugar de nacimiento, por idioma, ni por ideología política. ¿Debemos luchar por ello? Seguro que sí, pero si nuestros líderes políticos no están allí, pasará una de dos: o que dejaremos de luchar o que estos dejarán de ser nuestros líderes políticos.

Fuente de la fotografía de portada: La Vanguardia

¿Qué pasará ahora con Ciutadans?

Los diarios informan (a su manera) de lo acontecido en la Asamblea de Ciudadanos celebrada en Coslada y muchas personas afiliadas y simpatizantes del partido naranja se/me preguntan qué pasará ahora con Ciutadans, con aquel partido catalán que nació por algo muy concreto hace más de diez años. Los titulares hablan de giro al liberalismo y todos entienden que es un paso a la derecha, por más que esta no pueda ser nunca progresista.

Muchos de estos compañeros se/me preguntan si Ciudadanos sigue siendo “su” partido y quieren una buena respuesta. ¿Personas que provienen de la socialdemocracia deben votar a un partido liberal progresista, si finalmente hay elecciones en Catalunya este año? Si sigue siendo su partido, el partido de toda esas personas, el tiempo y la distancia nos lo dirá. Tendremos que tener fe ciega en el discurso de Albert Rivera en el cierre de la Asamblea, cuando prometía que no iba a olvidar dónde, para qué y por qué nació C’s.

¿Deben votarlo en unas supuestas elecciones catalanas próximas en el tiempo? Por supuesto que sí. Cuando en la televisión vemos la “performance” de Artur Mas y su escolta de jubiladas, llegadas en autocares, cual Francisco Franco, llegar al Juzgado a intentar reírse de los Jueces, del Estado de Derecho y de todos los ciudadanos de este país, ¿a quién vamos a votar los catalanes sino? En Catalunya el pueblo está secuestrado por un gobierno que representa a la minoría de los catalanes y que dice que va a saltarse las leyes democráticamente, cuando la realidad es que no hay nada más antidemocrático que no cumplir las leyes.

En algunas de mis entradas, he escrito a veces que, cuando el líder de Convergència Artur Mas se despertó una mañana siendo independentista, es imposible que a millones de votantes de CiU les hubiese ocurrido lo mismo a la vez y que, lógicamente, muchos de los votantes del partido del 3% siguen votando al partido porque no ven nada más cerca  de sus ideas que Convergència, a pesar de la corrupción y del volantazo de Artur Mas. En el caso del partido nacionalista catalán, también se suma la tradición familiar, que resta cierta libertad a los catalanes que no pueden elegir afiliación política, ni equipo de fútbol y a veces ni siquiera qué vida quieren tener si eres el heredero. Así mismo, un sector de C’s no puede acostarse socialdemócrata una noche y levantarse liberal progresista a la mañana siguiente.

Dice el refranero popular español que el hábito no hace al monje, pero ahora el tiempo nos dirá si Ciudadanos cambia de políticas o no; observaremos si, como hasta ahora, el partido naranja sigue siendo la formación que más propuestas sociales propone o si cambian sus prioridades. Si C’s presume que pueden hablar con todas las formaciones y no quiere crear bandos, seguro que también podrá hablar y entenderse con una parte del propio partido que, a día de hoy, está dudando qué camino seguir. Muchos estarán atentos a ello, yo mismo observaré con atención y veremos si lo hago con gafas de cerca o de lejos, porque en esa duda estoy a día de hoy.

Fuente de la fotografía de portada: Voz Populi

La izquierda, los moderados y los extremistas

La historia interminable de las batallas derecha-izquierda en España es, a mi opinión, uno de los grandes lastres de nuestro país. He vuelto a pensar en ello cuando, en estos días y ante los próximos Congresos Nacionales de los cuatro partidos grandes, se ha oído el debate de que, si como sucede en Francia, sería bueno que los simpatizantes pudieran elegir a los dirigentes de los partidos políticos tras previo pago de una pequeña cuota. La idea no tiene por qué ser mala, pero creo que, en el frontismo con el que vivimos en España, no serían pocos los que pagarían esa cuota solamente por votar al peor de los candidatos del rival.

Sé que esto es hacer una caricatura pero realmente creo que en este país, antes de ir a un método como el francés, necesitamos más años de experiencia democrática dado que, a día de hoy, la mayoría prefiere un mal rival y no, como sería más lógico desear, que los mejores candidatos de todas las ideologías compitieran por ser el Presidente del Gobierno.

Desde que con la Transición comenzaron las encuestas, hemos vivido la paradoja de que rara vez el candidato más valorado pertenece a la fuerza que lidera las encuestas. Es obvio que, en parte, eso se deba a que los clásicos rivales siempre puntúan bajo al líder del partido rival, favoreciendo a los que no molestan, ni a unos ni a otros. Eso llevó a que en la época del CDS de Suárez, el que fuera primer Presidente del Gobierno, puesto que era el político más valorado aunque pocos le pensaban votar, dijese aquello de: “Queredme menos y votadme más”. Algo parecido le sucede ahora a Albert Rivera, al que los españoles consideran el mejor candidato posible, a pesar de que Ciudadanos sea la cuarta fuerza más votada.

Sobre ese panorama, los partidos tienen la opción de extremarse más, lo que les puede llevar a un éxito  inmediato o, por el contrario, tratar de que ese frontismo acabe, por más que los réditos electorales traten más tiempo en llegar. Imagino que, si el fin de los partidos, sobre todo de los nuevos, es cambiar la sociedad, deberían apostar por lo segundo a pesar de esa máxima que dice que, desde la oposición, no se pueden cambiar las cosas o al menos es muy difícil.

Tras las últimas elecciones, hemos visto que las distancias entre los pensamientos ideológicos de los españoles están cada vez más distantes y que los enfrentamientos derecha-izquierda están latentes, incluso dentro de los partidos. En el Partido Popular hay voces críticas que consideran que los Populares son el partido de derechas menos de derechas de Europa y apuestan por crear una formación (muchos sueñan que capitaneada por Aznar) de verdadera derecha. En el PSOE es donde la ruptura es mayor ya que muchos ven como una ofensa haber dejado gobernar a Rajoy, mientras otros creen que lo verdaderamente inadmisible hubiera sido llegar a un acuerdo con Podemos. En el partido morado, los errejonistas no acabaron de entender por qué no permitieron que gobernara Pedro Sánchez con el apoyo de Ciudadanos, permitiendo, de este modo, un nuevo gobierno de Mariano Rajoy y en C’s hay discusiones internas sobre si el partido debe seguir proyectándose desde el centro-izquierda o, contrariamente, dar un paso a la derecha para competir con el Partido Popular.

Lo más curioso es que exista esta batalla derecha-izquierda en todos los partidos, cuando las encuestas dicen que en una escala del 1 (extrema derecha) al 10 (extrema izquierda) la mayoría se sitúa en el 5, aunque no es menos cierto que en las calles es más fácil encontrar personas que se declaran de izquierdas que de derechas. Una vez, un compañero de partido me dijo que en España había personas de izquierdas y personas que votaban a la derecha, pero que no hay casi personas que digan ser de derechas y creo que está en lo cierto.

Imagino que esto se debe a que hay una irreal forma de ver las cosas. Flota en el ambiente que la izquierda encarna la generosidad, la justicia, la cultura y la libertad y que la derecha representa el egoísmo, la avaricia, el despotismo y la opresión, lo que lleva a la izquierda a una superioridad moral que, incluso, hace que, para los extremistas de izquierda, una izquierda moderada sea en realidad derecha, es decir, a sus ojos son egoístas, avaros, déspotas y opresores. Sin embargo, en la extrema izquierda, en el lado más radical de Podemos, por no hablar ya de en la izquierda nacionalista, hay comportamientos que se acercan más a esos adjetivos que los que se pueden encontrar en la izquierda y en la derecha moderada.

Buscar el equilibrio debería ser el objetivo de la mayoría de partidos. Ciudadanos es, sin duda, quien está más cerca de ello, a pesar de que muchos, incluido yo, somos de la opinión que el nuevo ideario y algunas de las apuestas de futuro podrían hacer que lo perdiéramos. Esto se ve también como una lucha  entre el sector Liberal y el Social-Demócrata, cuando yo creo que no se trata de etiquetas, sino de no coger el camino equivocado.

Yo soy cercano a  la izquierda moderada, entendiéndola como una corriente que pretende reconstruir la sociedad sobre unos postulados racionales; una lucha por tener una sociedad mejor que la que hay, con más igualdad, más justa, teniendo en cuenta que, como izquierda, entiendo también los primeros movimientos de los liberales y su intento de sentar las bases de un Estado, secuestrado en aquel momento por la invasión francesa, pero que también lo estaba con los reyes absolutistas. Todo ello, aceptando que hay unas instituciones existentes a las que respetar, pero observándolas desde postulados racionales y siendo conocedores de la imperfecta naturaleza humana.

Sin embargo me siento muy lejos de la izquierda sectaria, dogmática y muchas veces anti-española, que fue responsable de que la Restauración no cuajara, que apoyó la dictadura de Primo de Rivera, que llevó al traste las posibilidades de la República en cuestiones como la Revolución del 34 y que fue muy responsable de que en este país hubiera una Guerra Civil, en la que el bando republicano acabó en manos del dominio soviético de Stalin y sacando del país gran parte de su patrimonio;  lejos también de la izquierda que no hizo dura oposición a Franco, que trató de llevar al traste la Transición y que ya en democracia utilizó el terrorismo de Estado, asesinando a españoles sin juicio de por medio; y, por supuesto,  lejos también de la izquierda vendida al nacionalismo, que no defiende la igualdad entre todos los españoles y que, en ciertas autonomías, apuesta porque haya ciudadanos de primera (los nacionalistas) y de segunda.

Portada: El abrazo de Juan Genovés.

Ciudadanos, ¿del naranja al amarillo?

Ya hemos hablado muchas veces sobre cómo nació Ciudadanos, de los debates de aquellos primeros días, meses, años y de cómo ha ido derivando la formación naranja. Yo no estaba en el partido en aquellos primeros instantes pero, como persona a la que le preocupa lo que sucede a su alrededor, siempre estuve pendiente de lo que acontecía en esa nueva formación.

El problema de Catalunya lo hemos explicado ya cientos de veces: el PSC, desde sus comienzos cuando lo lideraba Joan Reventós, hacía políticas cercanas al nacionalismo catalán, por más que, la mayoría de sus votantes fueran constitucionalistas. Aún así, muchos votamos al PSC porque era la única formación que podía acabar con el Pujolismo. No esperábamos que iba a ser peor el remedio que la enfermedad y que el tripartito socialista-nacional, nacional-socialista, iba a ser el comienzo de una década en la que el separatismo catalán iba a crecer hasta creerse dueño de mi tierra.

Hemos hablado muchas veces también sobre cómo el Estatuto del Tripartit situaba a los castellanohablantes como ciudadanos de segunda y que eso sirvió para que, definitivamente, los constitucionalistas decidieran entrar en política, muchos de ellos en Ciudadanos, partido que conseguía representación en el Parlament.

Ciudadanos surgió de un manifiesto de intelectuales y precisamente uno de ellos, Francesc de Carreras,  fue el encargado de escribir su ideario, el cual decía que el partido “Se nutre del liberalismo progresista y del socialismo democrático. En la articulación de ambos, encontramos los principios que hoy fundamentan la convivencia en todas las sociedades avanzadas. Estas tradiciones políticas parten de una base común configurada en la época de la Ilustración: el predominio de la razón, por encima de los sentimientos y las tradiciones, en el enfoque de los problemas políticos. Ello comporta, muy especialmente, la afirmación de los derechos y las libertades individuales de las personas frente a unas supuestas identidades colectivas, la preocupación por la realidad y por los problemas cotidianos, más que por los símbolos y los mitos, la utilización de argumentos razonables en lugar de dogmas ideológicos inamovibles”.

El liberalismo progresista y el socialismo democrático, es decir, Ciudadanos se integra del amarillo y del rojo, de ahí que sea un partido naranja. ¿Y qué significa eso? Que Ciudadanos nació en el centro izquierda, como un partido socioliberal, como un partido naranja, es decir, que mezclaba amarillo y rojo.

Imagino que las formaciones políticas las hacen sus militantes quienes, a través de sus pensamientos, van variando el del partido y, lógicamente, el propio cambio de la sociedad hace que los partidos cambien. No podemos criticar ideologías del siglo XIX por el hecho de ser tan antiguas y, a la vez, negarnos al cambio de nuestro propio partido. Pero, claro, ese cambio debería llegar por la propia inercia de sus militantes y no ser impuesto.

Yo creo en la democracia representativa y que los representantes que todos votamos deben tener la voz y el voto de los que estamos abajo, pero también creo que no hay motivo para que Ciudadanos pase de ser un partido socioliberal a liberal sin más, es decir, que cambie el naranja por el amarillo.

Entiendo que se defienda la pureza del centro, querer hacer de la formación un partido de extremo centro o de centro radical, pero también opino que los que nos situamos en el centro lo hacemos porque creemos que, a día de hoy, nadie es totalmente de derechas, igual que no hay nadie totalmente de izquierdas, del mismo modo que nadie puede ser del centro del todo.

Hasta hace unos años, unos éramos de derechas y otros de izquierdas, por el simple hecho de que no había un partido de centro, hasta que apareció UPyD y Ciudadanos en Catalunya.

Aunque los cambios en el partido de Rivera vienen de antes, la expansión nacional ha sido definitiva para que C’s deje de utilizar el término centroizquierda y pase, definitivamente, a ser de centro, pero no abandonaba el discurso de creer que las ideas liberales y el socialismo democrático pueden estar unidas en un partido.

Con el Congreso, en unos meses, parece que Ciudadanos quiere dejar atrás su ideario, abandonar su origen y ser un partido liberal, un partido de centro extremo, un partido amarillo y no naranja. Más allá de dar nombre a las ideologías y más allá del antiguo debate derecha-izquierda, sí he de decir que ser un partido de centro extremo, cuando a la derecha sólo hay una formación a nivel nacional y a la izquierda tienes varias, hace que ser de centro te acerque mucho a la derecha, ser liberal a secas está cerca de ser liberal-conservador, ser amarillo en España es acercarse al azul.

En términos de estrategia, cuando el partido más votado en España es de centro-derecha, quizá sea bueno que Ciudadanos acerque la caña de pescar a ese bando porque, obviamente, el caladero es mayor pero, entonces, dejará de ser Ciudadanos y será otra cosa. Estaremos atentos a lo que ocurre en el Congreso y a lo que deriva Ciudadanos. Yo espero que el partido siga siendo socioliberal, que siga siendo naranja y que integre y no excluya.

C’s venía a acabar con el bipartidismo, Podemos venía a ser parte de él, a ocupar el puesto del PSOE. Quizá Ciudadanos acabe siendo eso, quien ocupe el puesto del Partido Popular en un nuevo bipartidismo Ciudadanos-Podemos, pero es que yo no quiero un nuevo bipartidismo, sino que no haya bipartidismo. Lo que yo quiero es que haya diputados que me representen y para que a mí me representen han de ser naranjas y no amarillos. Y llamadme idealista pero prefiero 32 naranjas que 70 amarillos.

Si, finalmente, Ciudadanos acaba siendo un partido de centro radical, a mi modo de ver, la propia aritmética le volcará al centroderecha y, si Ciudadanos acaba siendo un partido de centroderecha, perderá mi voto. Quizá gane diez, veinte o cien, pero yo prefiero tener un diputado que me represente bien que setenta que me representen mal. Porque, para que me representen mal, ya votaba al bipartidismo antes.

La idea de que un partido revisa sus principios es simplemente absurda. Los principios son aquello que identifica a un partido y como tales son inmodificables sin que el partido cambie, sin que sea otro partido. Es como acudir a jugar a fútbol y decir, sí, pero ahora cogeremos en balón con la mano. Más absurdo todavía es hablar de su caducidad “por el paso de los años”. Un principio no caduca o envejece. Tampoco pesa ni huele . Esas son afirmaciones sin sentido, predicaciones imposibles ¿Han caducado los principios de la revolución francesa? Si acaso, lo que cambian son las propuestas institucionales, la táctica con la que se juega el fútbol.
Salvo, claro, que uno sea el dueño de la pelota. Y diga, aquí se juega a lo que yo quiero.

Felix Ovejero.

Ataque fascista al Concejal de Ciudadanos Miguel García

Hace unas semanas, los separatistas estaban fuera de sí ante unas declaraciones de la Jefa de la Oposición Inés Arrimadas en las que, a la pregunta de por qué llevaba escolta, ella contestó “Ya se sabe lo que pasa en Catalunya“.

Medios de comunicación, políticos y demás afines al régimen nacional-catalanista apuntaban que en Catalunya no pasaba absolutamente nada. Se utilizaron los tópicos de siempre: “que a nadie se le pega por hablar castellano o sentirse español”, “que cómo en Catalunya se va a tener algo contra España si quien más o quien menos tiene un pariente de procedencia del resto de España”, etc. No voy a decir hasta dónde estoy de las frases estas, por respecto a los lectores del Blog.

Ciudadanos, el Partido Popular, en épocas hasta el PSC, Societat Civil Catalana, Plataforma por la Selección… no hay entidad que defienda la igualdad entre catalanes que no haya recibido agresiones físicas y, sí, antes de que algún buscaexcusas me escriba, seguramente,  las asociaciones separatistas también deben de haberlas recibido.

Lo que ocurre es que los de la Estelada jamás condenan las agresiones como la que recibió el concejal de C’s en L’Hospitalet Miguel García, por no hablar de quién está engendrando odio en Catalunya. Libre es cada uno de pensar lo que quiera pero no hagamos broma con este tipo de cosas, todo el mundo en Catalunya sabe a lo que se refería Arrimadas cuando dijo que “ya se sabe lo que pasa en Catalunya“.

Las agresiones, los ataques a las sedes del partido… todo esto estoy dispuesto a aceptarlo como una anécdota, diremos la frase que sirve para excusar a los bárbaros, aquello de que locos hay en todas partes. Pero, díganme, ¿cómo excusamos que la Presidenta del Parlament, Carme Forcadell, dijera que “el enemigo son los partidos de españoles que hay en Catalunya, Ciudadanos y el PP”? ¿Cómo excusamos que la Consellera Dolors Bassa dijese que los niños que esnifan pegamento vienen de Andalucia? ¿Cómo justificamos que la CUP planeara un escrache en la puerta de la casa de Albert Rivera, cuando iba con su mujer y su hija? ¿Cómo miramos para otro lado cuando miembros de ERC mandaron una carta con una bala al líder de Ciudadanos amenazándolo de muerte?

Por no ir atrás en el tiempo y recordar cómo el Senador de Entesa dels Catalans, Lluís María Xirinacs, dijo aquello de “Yo he intentado toda la vida luchar por la vía no violenta. Sin embargo, declaro aquí y lo digo bien alto por si me escucha algún policía o fiscal: me declaro enemigo del Estado Español y amigo de ETA y de Batasuna” o Ramón Bagó, Director de Turismo de la Generalitat, opinó que “Tenemos al enemigo dentro de las fronteras. Cómo podemos aguantar a esta gente(…) que tienen los santos cojones de decir cosas, cuando ellos han armado el gran cacao, cuando hagamos lo que hagamos van en contra de nosotros, cuando nos han pisoteado y ahora vienen aquí a pedir al pueblo de Cataluña… ¡Si deberíamos matarlos a todos!“.

Porque esos no eran cuatro locos que hay en todos los lados, esas cosas lo han hecho políticos catalanes que incitan al odio y a la violencia contra el que no piensa igual que ellos. Por no hablar ya de periodistas varios que, financiados por el gobierno catalán, se dedican sistemáticamente a insultar a todos los españoles. ¿Por qué Pilar Rahola, que llama fachas a los votantes de Ciudadanos, calla ante el ataque de un concejal elegido por el pueblo? O el que fuera Director de TV3, Joan Oliver, que dijo aquello de “Los españoles son españoles y son chorizos por el hecho de ser españoles”, o Manuel Cuyas, director adjunto del diario subvencionado EL PUNT que dijo que “La policía catalana ha de hablar en catalán, ha de pegar incluso en catalán“, o Quim Masferrer, uno de los múltiples payasos de TV3, que dijo que “Todos los españoles son unos cabrones de mierda y una panda de sarnosos“, por no hablar de Toni Albà, que dijo aquello de “el estado español es igual que el estado islamico“.

Todos estos no son cuatro locos, es el nacional-catalanismo incitando al odio racial y xenófobo y que es cómplice de los cobardes que agreden a todo el que no piense como ellos en Catalunya.

Ánimo, Miguel, que los cobardes hagan su trabajo que los valientes haremos el nuestro.

Ciudadanos del pasado al presente

Cuando me afilié a Ciudadanos, aún no había realizado su definitiva expansión nacional. Yo sabía que C’s siempre había sido un partido nacional, por más que al principio su labor se desempeñase solamente en Catalunya. En las elecciones europeas, se había obtenido un gran resultado que fue definitivo para que el partido naranja decidiese dar el gran salto. ¿Hasta dónde se podía llegar? Para este partido, no hay nada imposible. Cuando nació en Catalunya, nadie apostaba un duro por Ciutadans: un partido no nacionalista no podía tener futuro y, a pesar de ello, consiguió 3 diputados en el Parlament que llegaron a ser 9 y después 25.

Llegó la posibilidad de unirse a UPyD buscando ese gran espacio de centro entre populares y socialistas que desde la disolución del CDS estaba prácticamente vacío. El reto era ilusionante, por más que en España los partidos de centro siempre han tenido una vida corta.

Cuando Ciudadanos era un partido básicamente catalán, todos los que simpatizábamos con C’s teníamos claro cuál debía ser el objetivo de la formación si, definitivamente, acababa presentándose a las elecciones generales. Dicho objetivo no era otro que, con una nueva formación, se pudiera recoger el voto de los que habían quedado desencantados con el bipartidismo. De ese modo, habría tres fuerzas: una de derecha, otra de centro y otra de izquierda que podrían ayudarse a la hora de gobernar y, así, se conseguiría algo muy importante para el bien de España, que los nacionalistas no pintaran nada.

El problema de los nacionalistas, de Convergència y del PNV, quizá no se entienda del todo fuera de Catalunya y de Euskadi pero, verdaderamente, ha sido un lastre que PSOE y PP les necesitaran para formar gobierno, dado que estos partidos no colaboraban por el bien nacional sino que usaban su apoyo para chantajear al Gobierno. Muchas veces, cuando se comenta esto, se puede pensar que Jordi Pujol chantajeaba por el bien de Catalunya y que, así, se pensara que, “si yo soy catalán, entonces, ¿de qué me puedo quejar?”. Pero ese es el error. Jordi Pujol y demás responsables de Convergència no buscaban lo mejor para Catalunya, sino para el catalanismo y, para que el catalanismo durara, hacía falta que el pueblo catalán sintiera a Jordi Pujol como su gran líder y, para eso, nada mejor que hacer creer a Catalunya que él defendía a los catalanes del resto de una España que les odiaba.

La táctica siempre fue la misma, “avui paciència i demà independència” (hoy paciencia y mañana independencia). Para que eso ocurriera, Convergència debía mantenerse en el poder todo el tiempo que fuera necesario hasta que toda una generación, educada en el independentismo y en el odio a España, pudiera hacer que en Catalunya hubiera una mayoría independentista. Para eso, Convergència necesitaba socios: su socio natural por el lado nacionalista debía ser Esquerra Republicana pero, en los principios de la democracia, eso era imposible. Por más que hoy quizá no se entienda, CiU y ERC representaban dos formas totalmente diferentes de ver Catalunya, en esa época aún quedaban personas que habían vivido la Guerra y disputas familiares, batallas y fusilamientos entre uno y otro bando estaban muy presentes.

De modo que, curiosamente, para que Pujol y los suyos pudiesen llevar su plan, necesitaban a los partidos de Madrid. Pero, ¿cómo lograr eso? Primero, consiguieron el apoyo del PSC, que antes de las primeras elecciones estaba separado entre Convergència socialista y el PSOE en Catalunya. Joan Reventós, presidente de Convergència socialista, advirtió del “peligro de un triunfo en solitario del PSOE en Catalunya”. De este modo, Joan Reventós entiende que la única salida es aliarse con el PSOE pues, así, conseguía los votos de las personas que votaban a Felipe González y se los llevaba a una formación en realidad nacionalista. El propio Reventós escribiría en sus memorias inacabadas “Tal com ho vaig viure” (Tal y como lo viví) que “Los socialistas nos hubieran partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol”.

El PSC ya estaba desmontando, manejado por catalanistas jamás criticarían el mal gobierno de Convergència. Pero llegó otro problema: si el PSC se unía con fuerzas independentistas de izquierda, Pujol podía perder el poder, de modo que Pujol buscó un nuevo aliado, el Partido Popular. Desde ese momento, pactos del Majestic aparte, Convergència y Partido Popular encontraron algo que beneficiaba a ambos, la catalanofobia. Pujol sería odioso, los populares mostrarían odio a Catalunya y, de ese modo, la catalanofobia daría votos al PP en el resto de España y a Convergència en Catalunya.

Que se destapara la corrupción de Pujol y compañía, el mayor caso de corrupción política de España y con creces, aceleró el proceso independentista. Entonces, PP y PSC reaccionaron contra el Pujolismo, pero para ese momento ya era tarde y sólo el nacimiento de Ciutadans en Catalunya portaba la bandera contra el independentismo. De ahí que fuese tan importante que Ciudadanos consiguiera anular el poder nacionalista en el Gobierno central. Si su implantación era posible, estaría hecho, o eso pensábamos pues, de repente, en aquellas elecciones europeas aparecía un partido de extrema izquierda liderado por un telepredicador llamado Podemos.

La presencia de Podemos, a primera vista, no tenía porque ser mala, serían cuatro partidos los que debían entenderse y el bipartidismo acabaría. Sin embargo, desde ese momento a las elecciones, la metamorfosis del partido morado ponía en peligro el plan de C’s ya que los nacionalistas, de la mano de Podemos, seguirían teniendo poder. Compromís, En Marea y En Comú harían que el nacionalismo siguiera presente en el Gobierno si Podemos formaba parte de él. Tras dos elecciones, y mucho debate y polémica, se logró formar un gobierno sin que los nacionalistas pudieran seguir chantajeando al Gobierno central.

Las encuestas de antes de las elecciones de diciembre, y que Albert Rivera sea el líder más valorado por los españoles, ha supuesto que muchos estén decepcionados con los resultados, por más que el objetivo (mínimo) del partido se haya conseguido.

Pero, más allá de resultados y de sensaciones, ¿ha conseguido C’s hacer entender su idea a sus votantes? En este año de locura, he leído a personas decir que no votarían más al partido naranja porque había llegado a un acuerdo con el PSOE; otros decían lo mismo tras el acuerdo con el PP. Estas personas, desde luego, no han comprendido lo que representa este partido, del mismo modo que desde la formación no estuvieron acertados al decir antes de las elecciones que no se pactaría con nadie, sin explicar que pactar y llegar a un acuerdo de investidura no es lo mismo.

Pero, ¿ahora qué? ¿Debe acercarse el partido a la opinión de quienes les han votado o debe seguir firme en sus ideales y tratar de que más personas se acerquen? Yo, que me considero una persona idealista, tengo claro que me quedo con la segunda opción, aún y a sabiendas que la postura del partido requiere de mucha paciencia a la hora de explicar el proyecto. Desde luego, C’s no debería cambiar dependiendo de si tiene o no más votantes que vengan del PP o del PSOE. Quien sea del PP y quiera que C’s se convierta en el nuevo PP y los que sean del PSOE y quieran que Ciudadanos sea el nuevo PSOE se equivocan, así como también están confundidos los que ven en el partido una forma rancia de unidad nacional y no quieren un país diverso pero unido. Defender la diversidad siempre fue una de las banderas de C’s durante años, por más que veo simpatizantes que no acaban de entender eso.

Veremos qué es de Ciudadanos en el futuro, pero yo, personalmente, espero que mantenga los valores y principios de sus comienzos y que no por intentar coger las manzanas del suelo pierda las que ya tiene en el cesto.

Acabó el bipartidismo

Hace un par de años, todo el mundo parecía que estaba de acuerdo en que tenía que acabar el bipartidismo. Sin embargo, después nos hemos dado cuenta de que muchos de esas personas no sabían qué significaba eso. Acabar con el bipartidismo no significaba que PP o PSOE dejaran de ser la fuerza más votada, sino que, para gobernar, no pudieran hacerlo en mayoría, que España no funcionase de Real Decreto en Real Decreto y que más de una fuerza política fuese determinante para el gobierno de nuestro país.

Quienes querían que Podemos y Ciudadanos ocuparan el lugar de PP y de PSOE no querían un fin del bipartidismo, sino que hubiera otro bipartidismo. Es más, a la vista de las declaraciones, muchos de los que no querían bipartidismo no querían tampoco pactos. Obviamente, esos no saben ni lo que quieren, pues el fin del bipartidismo son los pactos, el fin de este dominio de populares y socialistas se consigue cuando otras fuerzas políticas son protagonistas de las decisiones.

La aparición de Ciudadanos y Podemos debía conseguir eso. Ese iba a ser el cambio de esta época. De hecho, hubo la posibilidad de un gran cambio ya que también hubo la ocasión de que pasáramos de un gobierno conservador en mayoría a la opción de que se diera un pacto de centro izquierda entre socialdemócratas y socioliberales. Pero no pudo ser y todos sabemos que aquello no se consiguió, única y exclusivamente, porque Podemos había hecho las cuentas de la vieja y creía que, sumando los votos de Izquierda Unida, daría el “sorpasso” a los socialistas en unas nuevas elecciones.

Pero Pablo Iglesias y los suyos se equivocaron. En política, 2+2 no siempre son 4 y las nuevas elecciones supusieron una pérdida de 3,6 puntos para Unidos Podemos y, en porcentaje, el PSOE alzó el vuelo. Finalmente, esas segundas elecciones beneficiaron al Partido Popular y dejó a España sin alternativa ninguna a que gobernara Mariano Rajoy.

Cualquiera que esté puesto en política nacional entendía que había que dejar gobernar a los populares porque, de haber unas nuevas elecciones, el partido de Mariano Rajoy aún ganaría por más. El PSOE, sin embargo, pareció no entender eso, al menos Pedro Sánchez no lo entendió y tardó mucho en darse cuenta de que había que permitir que el país arrancara. Esa tardanza y no otra cosa es lo que ha llevado a los socialistas a una crisis interna que ya veremos cómo acaba.

La mayor diferencia en este periodo entre Ciudadanos y Podemos es que Ciudadanos ha llegado a la política nacional a acabar con el bipartidismo, mientras que Podemos ha querido formar parte de él. Podemos ha querido ocupar el lugar del PSOE y eso no es ni bueno ni sano. En países con más tradición demócrata, como es el caso de Dinamarca, rara vez el partido ganador consigue más del 25% de los sufragios y, a menudo, para formar gobierno, tienen que realizar pactos de tres o cuatro partidos. En España estamos lejos de que esto pueda ocurrir pero, aunque no lo parezca, es lo ideal. No obstante, hay una diferencia enorme entre ambos países, pues en España existe el guerracivilismo, votamos a uno para que no gane el otro, mientras que ellos tienen claro que hay que votar a quien te va a representar bien, gane o no.

Lógicamente, en España estamos aprendiendo. Nuestra democracia es joven, pero ya hemos podido ver que Ciudadanos, con 32 diputados, está siendo más importante que Podemos con 71. Los de Pablo Iglesias puede que sean los mejores en Twitter o en propaganda pero, una vez en las instituciones, no saben qué hacer. Podemos ha dedicado todos estos meses a crear un clima que llevara a las terceras elecciones, a esas terceras elecciones que supondrían superar al PSOE. Ese y sólo ese ha sido su objetivo, aunque ni siquiera lo han conseguido.

Los españoles deben comprender que Podemos no quiere lo mejor para España. ¿Cómo va a querer lo mejor para un país quien quiere pactar con quien desea romperlo? ¿Cómo vamos a tomar en serio a un partido de extrema izquierda que quiere pactar con PNV y Convergència, dos partidos de derechas? ¿Cómo vamos a confiar en alguien que va de la mano con Bildu, que dice que Otegi es un hombre de paz y que los empresarios son terroristas?

Cuando el próximo Gobierno eche a rodar, tenemos una gran oportunidad para dar un paso adelante como país. Los partidos de la oposición, PSOE, Ciudadanos y Podemos, tienen la obligación de controlar al Gobierno, de ser constructivos y de hacer país teniendo algo claro: que, aunque el presidente siga siendo Rajoy, ya ha comenzado el cambio y el bipartidismo se ha acabado.