Ciudadanos del pasado al presente

Cuando me afilié a Ciudadanos, aún no había realizado su definitiva expansión nacional. Yo sabía que C’s siempre había sido un partido nacional, por más que al principio su labor se desempeñase solamente en Catalunya. En las elecciones europeas, se había obtenido un gran resultado que fue definitivo para que el partido naranja decidiese dar el gran salto. ¿Hasta dónde se podía llegar? Para este partido, no hay nada imposible. Cuando nació en Catalunya, nadie apostaba un duro por Ciutadans: un partido no nacionalista no podía tener futuro y, a pesar de ello, consiguió 3 diputados en el Parlament que llegaron a ser 9 y después 25.

Llegó la posibilidad de unirse a UPyD buscando ese gran espacio de centro entre populares y socialistas que desde la disolución del CDS estaba prácticamente vacío. El reto era ilusionante, por más que en España los partidos de centro siempre han tenido una vida corta.

Cuando Ciudadanos era un partido básicamente catalán, todos los que simpatizábamos con C’s teníamos claro cuál debía ser el objetivo de la formación si, definitivamente, acababa presentándose a las elecciones generales. Dicho objetivo no era otro que, con una nueva formación, se pudiera recoger el voto de los que habían quedado desencantados con el bipartidismo. De ese modo, habría tres fuerzas: una de derecha, otra de centro y otra de izquierda que podrían ayudarse a la hora de gobernar y, así, se conseguiría algo muy importante para el bien de España, que los nacionalistas no pintaran nada.

El problema de los nacionalistas, de Convergència y del PNV, quizá no se entienda del todo fuera de Catalunya y de Euskadi pero, verdaderamente, ha sido un lastre que PSOE y PP les necesitaran para formar gobierno, dado que estos partidos no colaboraban por el bien nacional sino que usaban su apoyo para chantajear al Gobierno. Muchas veces, cuando se comenta esto, se puede pensar que Jordi Pujol chantajeaba por el bien de Catalunya y que, así, se pensara que, “si yo soy catalán, entonces, ¿de qué me puedo quejar?”. Pero ese es el error. Jordi Pujol y demás responsables de Convergència no buscaban lo mejor para Catalunya, sino para el catalanismo y, para que el catalanismo durara, hacía falta que el pueblo catalán sintiera a Jordi Pujol como su gran líder y, para eso, nada mejor que hacer creer a Catalunya que él defendía a los catalanes del resto de una España que les odiaba.

La táctica siempre fue la misma, “avui paciència i demà independència” (hoy paciencia y mañana independencia). Para que eso ocurriera, Convergència debía mantenerse en el poder todo el tiempo que fuera necesario hasta que toda una generación, educada en el independentismo y en el odio a España, pudiera hacer que en Catalunya hubiera una mayoría independentista. Para eso, Convergència necesitaba socios: su socio natural por el lado nacionalista debía ser Esquerra Republicana pero, en los principios de la democracia, eso era imposible. Por más que hoy quizá no se entienda, CiU y ERC representaban dos formas totalmente diferentes de ver Catalunya, en esa época aún quedaban personas que habían vivido la Guerra y disputas familiares, batallas y fusilamientos entre uno y otro bando estaban muy presentes.

De modo que, curiosamente, para que Pujol y los suyos pudiesen llevar su plan, necesitaban a los partidos de Madrid. Pero, ¿cómo lograr eso? Primero, consiguieron el apoyo del PSC, que antes de las primeras elecciones estaba separado entre Convergència socialista y el PSOE en Catalunya. Joan Reventós, presidente de Convergència socialista, advirtió del “peligro de un triunfo en solitario del PSOE en Catalunya”. De este modo, Joan Reventós entiende que la única salida es aliarse con el PSOE pues, así, conseguía los votos de las personas que votaban a Felipe González y se los llevaba a una formación en realidad nacionalista. El propio Reventós escribiría en sus memorias inacabadas “Tal com ho vaig viure” (Tal y como lo viví) que “Los socialistas nos hubieran partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol”.

El PSC ya estaba desmontando, manejado por catalanistas jamás criticarían el mal gobierno de Convergència. Pero llegó otro problema: si el PSC se unía con fuerzas independentistas de izquierda, Pujol podía perder el poder, de modo que Pujol buscó un nuevo aliado, el Partido Popular. Desde ese momento, pactos del Majestic aparte, Convergència y Partido Popular encontraron algo que beneficiaba a ambos, la catalanofobia. Pujol sería odioso, los populares mostrarían odio a Catalunya y, de ese modo, la catalanofobia daría votos al PP en el resto de España y a Convergència en Catalunya.

Que se destapara la corrupción de Pujol y compañía, el mayor caso de corrupción política de España y con creces, aceleró el proceso independentista. Entonces, PP y PSC reaccionaron contra el Pujolismo, pero para ese momento ya era tarde y sólo el nacimiento de Ciutadans en Catalunya portaba la bandera contra el independentismo. De ahí que fuese tan importante que Ciudadanos consiguiera anular el poder nacionalista en el Gobierno central. Si su implantación era posible, estaría hecho, o eso pensábamos pues, de repente, en aquellas elecciones europeas aparecía un partido de extrema izquierda liderado por un telepredicador llamado Podemos.

La presencia de Podemos, a primera vista, no tenía porque ser mala, serían cuatro partidos los que debían entenderse y el bipartidismo acabaría. Sin embargo, desde ese momento a las elecciones, la metamorfosis del partido morado ponía en peligro el plan de C’s ya que los nacionalistas, de la mano de Podemos, seguirían teniendo poder. Compromís, En Marea y En Comú harían que el nacionalismo siguiera presente en el Gobierno si Podemos formaba parte de él. Tras dos elecciones, y mucho debate y polémica, se logró formar un gobierno sin que los nacionalistas pudieran seguir chantajeando al Gobierno central.

Las encuestas de antes de las elecciones de diciembre, y que Albert Rivera sea el líder más valorado por los españoles, ha supuesto que muchos estén decepcionados con los resultados, por más que el objetivo (mínimo) del partido se haya conseguido.

Pero, más allá de resultados y de sensaciones, ¿ha conseguido C’s hacer entender su idea a sus votantes? En este año de locura, he leído a personas decir que no votarían más al partido naranja porque había llegado a un acuerdo con el PSOE; otros decían lo mismo tras el acuerdo con el PP. Estas personas, desde luego, no han comprendido lo que representa este partido, del mismo modo que desde la formación no estuvieron acertados al decir antes de las elecciones que no se pactaría con nadie, sin explicar que pactar y llegar a un acuerdo de investidura no es lo mismo.

Pero, ¿ahora qué? ¿Debe acercarse el partido a la opinión de quienes les han votado o debe seguir firme en sus ideales y tratar de que más personas se acerquen? Yo, que me considero una persona idealista, tengo claro que me quedo con la segunda opción, aún y a sabiendas que la postura del partido requiere de mucha paciencia a la hora de explicar el proyecto. Desde luego, C’s no debería cambiar dependiendo de si tiene o no más votantes que vengan del PP o del PSOE. Quien sea del PP y quiera que C’s se convierta en el nuevo PP y los que sean del PSOE y quieran que Ciudadanos sea el nuevo PSOE se equivocan, así como también están confundidos los que ven en el partido una forma rancia de unidad nacional y no quieren un país diverso pero unido. Defender la diversidad siempre fue una de las banderas de C’s durante años, por más que veo simpatizantes que no acaban de entender eso.

Veremos qué es de Ciudadanos en el futuro, pero yo, personalmente, espero que mantenga los valores y principios de sus comienzos y que no por intentar coger las manzanas del suelo pierda las que ya tiene en el cesto.

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