Poca gloria para “el mal catalán” Eduardo Mendoza

Lógicamente, no esperaba yo que, por el hecho de que el catalán Eduardo Mendoza ganara el Premio Cervantes en Barcelona, la gente saliera a la calle a celebrarlo, así como tampoco que alguien fuese a Canaletas como cuando el Barça gana un título. Sin embargo, sí esperaba que los medios de comunicación catalanes alardearan algo más de ello. El catalanismo significa el amor a la identidad, a la cultura y a las costumbres catalanas, ¿no? Pues me parece muy extraño que no se le dé bombo a que un catalán se le entregue tan importante premio.

Pero, claro, ¿es Eduardo Mendoza un bon català? Pues, miren, en esta Catalunya mentalmente enferma, que diría Boadella, no. Eduardo Mendoza no es un buen catalán. Primero, porque si fuese un buen catalán, se llamaría Eduard. ¡¿Qué es eso de ponerle una “o” de más al nombre?! ¡¿Se habrá visto semejante sometimiento al imperio invasor?! Pero eso es un detalle sin importancia, comparado con el pecado mortal de este genial escritor. ¿Sabéis cuál es su pecado? En las obras de Mendoza, no se muestra la Catalunya nacionalista, es decir, no fa país.

Escribe sobre una Barcelona pluricultural, bilingüe, en la cual los personajes mezclan sin darse cuenta castellano y catalán y, para más inri, en su obra Sin noticias de Gurb tiene la osadía de escribir la historia de un extraterrestre que ve desde fuera que los catalanes estamos mentalmente enfermos.

La prensa catalana no celebra como debe el triunfo de Eduardo Mendoza porque el nacionalismo no celebra ese triunfo y no lo hace, no ya porque Eduardo sea un “charnego” (que también, además “charnego” de los peores, de los que tienen un apellido de origen castellano y otro de origen catalán), sino porque el escritor se ha mostrado siempre crítico y contrario a los nacionalismos y eso en Catalunya se paga.

Además, escribe en castellano, esa lengua colonial que hablan esos extraños colonos que viven en los barrios pobres, mientras los colonizados viven en los barrios ricos. Con lo que a Mendoza no se le considera parte de la literatura catalana porque sólo lo nacionalista es catalán. Eduardo Mendoza no es part del poble català, que diría Forcadell, sino que es part dels enemics de la nostra terra.

Cuando en los primeros años de la democracia las encuestas empezaron a decir que, la mayoría de los catalanes tenía como lengua materna el castellano, el nacionalismo comenzó la dura batalla de la inmersión lingüística que, con el pretexto de que los catalanes conocieran por igual ambas lenguas, trataba en realidad de exterminar el castellano como lengua oficial de Catalunya.

En enero de 1979 apareció en la revista Els Marges un manifiesto cuyos autores consideraban que, cuatro años después de la dictadura, la situación de la lengua catalana era peor que en la época del franquismo, así como también que era “urgente la necesidad de restituir a la lengua catalana su inalienable condición de lengua nacional de Catalunya”, como si verdaderamente hubiera lenguas propias de las extensiones de tierra y no lenguas maternas y oficiales.

En el primer discurso de investidura del Príncipe de los Ladrones, Jordi Pujol, éste anunció que actuaría firmemente para que el catalán “fuese la lengua propia de Catalunya”, mientras que al castellano lo calificó como “propia de una buena parte de los ciudadanos de Catalunya”, es decir, propia de algunos catalanes pero no de Catalunya, lo que es lo mismo que asimilarlo al nivel del Árabe, el Chino o el Alemán.

Desde entonces y hasta ahora, distintos manifiestos han clamado por la igualdad entre ambas lenguas e identidades, desde los 2.300 al Foro Babel, pasando por partidos políticos o plataformas como Sociedad Civil Catalana. Eduardo Mendoza ha cometido el “delito” de estar ahí siempre que se lo han pedido y, por eso, no es un Bon Català. 

En una tierra en la que a los valientes se les atemoriza y en la que la mayoría de personas se pone de perfil ante los asuntos del nacionalismo, catalanes ilustres, como el premiado escritor o muchos otros, no han tenido miedo y, por eso, la Catalunya nacionalista les silencia. ¿Cómo puede vender el nacionalismo el odio del resto de España a Catalunya cuando, de los últimos cinco españoles que han conseguido tan prestigioso galardón, cuatro de ellos eran catalanes? Fácil respuesta, estos no son catalanes o al menos no buenos catalanes.

Fuente de la fotografía de portada: La Vanguardia

El separatismo subconsciente

Hoy voy a escribir uno de esos artículos de los que recibo críticas de un lado y del otro pero que, de vez en cuando, sigo haciendo dado que creo que, en un mundo cada vez más extremista, es importante buscar soluciones a los problemas que existen en nuestro país, por más que muchos líderes políticos, con el Presidente Rajoy entre ellos, hayan optado por la táctica de esconder la cabeza bajo del ala y esperar a que los problemas se solucionen solos.

Muchos se hacen la pregunta “¿Qué ha llevado a catalanes que no eran independentistas a comenzar a serlo?”. Muchas veces, caemos en el error de intentar responderlo con una sola frase y, en mi opinión, simplificar tanto las cuestiones es cuanto menos difícil.

Es una obviedad que, para la opinión de muchos, Catalunya no acaba de encajar en España y que eso ha llevado a algunos a pensar en la posibilidad de crear una nueva nación. Más allá de lo legal e ilegal de esta cuestión, lo cierto es que, para arreglar los problemas de los catalanes, aquellos que de verdad importan, los del día a día, y que haya una convivencia normal entre los que piensan diferente en esta tierra, hay que encontrar una solución y hallarla de veras, si bien es cierto que no debe de ser fácil cuando, desde hace más de un siglo, existe a mayor o menor medida eso que llamamos “el problema catalán”.

El separatismo creció en los últimos tiempos (de esto ya hemos hablado muchas veces), gracias a que el gobierno autonómico utilizó la lengua, la cultura y la historia de Catalunya, aprovechando altavoces tan importantes como la prensa y la escuela, para crear una guardia pretoriana preparada para ese momento en el que salieran a la luz sus actos de corrupción. Hace ya más de treinta años que Pujol dijo aquello de “atacarme a mí es atacar a Catalunya”.

Sin embargo, hay otro foco de separatismo catalán, el que muchas veces se resume de forma inexacta en la frase “El PP es una máquina de crear independentistas“.

Obviamente, eso no es así del todo, aunque sí tiene algo de realidad. En el resto de España, hay muchas personas que son separatistas en el subsconciente, es decir, que creyendo que muestran “españolidad”, tratan a los ciudadanos de Catalunya como si, verdaderamente, esta tierra fuera otro país. Los políticos lo hacen y podemos recordar ejemplos claros, como cuando Esperanza Aguirre, preguntada por las consecuencias que podía tener la OPA de Gas Natural sobre Endesa, dijo aquello de que “es una mala noticia para la Comunidad de Madrid que la sede de una empresa eléctrica, que es multinacional y que es una de las grandes empresas españolas, se traslade fuera del territorio nacional”, cuando lo cierto es que la sede iba a ir a Barcelona. Entonces, ¿Catalunya no es España? Otro ejemplo de ello es cuando el Ministro Wert aseguró qu “hay que españolizar a los niños catalanes”, como si una persona pudiera estar más o menos españolizada.

El problema catalán tiene dos soluciones reales: el encaje en España o la independencia. Después, existe la opción de eternizar el problema, que es aquello de “Eres español porque lo pone en el DNI” o “Catalunya pertenece a España”. Esta última frase refleja, claramente, ese separatismo subsconsciente del que hablo, dado que, obviamente, Catalunya no pertenece a España, sino que forma parte de España. Y es que, si pertenecieras significaría que Catalunya es una colonia y, si es una colonia, según la resolución de la ONU, sí tendría derecho al referéndum de independencia.

De modo que centrémonos en las soluciones verdaderamente posibles y descartemos, lógicamente, la independencia, ya no sólo por ilegal y por ir en contra de las resoluciones de la ONU, además de ir contra la Constitución Española y el Estatuto, sino también porque la mayoría de los catalanes no la quiere. Asimismo, pensemos en por qué no encaja, en por qué a españoles de Catalunya les cuesta sentir España como su nación, en quién tiene la responsabilidad de que eso ocurra y, lo más importante, en cómo se puede solucionar.

Ya he escrito otras veces que, a mi modo de ver, la catalanofobia existe en la España democrática porque hay quien lo promueve y a quien le conviene políticamente. La catalonofobia se ha alimentado desde Catalunya y desde el resto de España porque, tanto primero a Convergència como después al Partido Popular, les ha dado votos. De modo que, a mi entender, es algo así como un pacto no escrito entre ambas formaciones que a los Convergents les ha dado votos en esta tierra y al Partido Popular en el resto de la geografía española.

No obstante, en lo que, en mi opinión, se equivocan los nacionalistas catalanes es en culpar a los populares y a los nacionalistas castellanos de esa falta de encaje en España, porque a quien deben responsabilizar ellos es a su gobierno, a sus dirigentes, los cuales nunca han hecho porque ese encaje ocurra.

Ya desde la redacción de la Constitución, los políticos catalanes hicieron por no encajar y lo hicieron de un modo inteligente para sus propósitos, de un modo con el que poder culpar a Madrid siempre de todos sus males y mirando por su bien y la de sus corruptelas y no por de Catalunya ni el de España. En los tiempos que se redactaba, ya nos avisaba Josep Tarradellas que tuviéramos cuidado con Jordi Pujol y sus planes a largo plazo.

Lo cierto es que, por más que CiU se ha mostrado como el partido que iba al Congreso de los Diputados y al Senado para defender los intereses de los catalanes, la realidad es que se ha aprovechado del respetable sentimiento catalanista para enfrentar a su pueblo.

Así, si Convergencia se fundó para defender la lengua y la cultura catalanas, ¿por qué no exigieron que el catalán fuera un idioma oficial en toda España? Sé que muchos pensarán que me he vuelto loco, que cómo va a ser el catalán oficial en lugares donde no se conoce la lengua. Sin embargo, no nos paramos a pensar que pertenecemos a la Unión Europea y que, por ejemplo, el finlandés es un idioma oficial en todo el territorio de la Unión, también en España, por más que, así a primeras, podríamos decir que ningún español sabe finlandés. Es decir, que sea oficial no quiere decir que todo el mundo deba conocerlo.

Pero no nos quedemos con el ejemplo de la Unión Europea, hablemos de naciones. ¿Por qué los idiomas españoles, aparte del castellano, no son idiomas oficiales de toda España? Hay casos como Suiza donde el alemán, el italiano y el francés son oficiales en todo el país, por más que, obviamente, no todas las personas que allí residen conozcan las tres lengua. El más utilizado es el alemán, pero nadie dirá jamás que el idioma oficial de Suiza es dicho idioma. ¿Por qué en España el castellano está por encima de las otras lenguas españolas? Espero que, a esta cuestión, nadie responda que eso ocurre porque ninguna de las lenguas que se hablan en Suiza son lenguas propias de la nación ya que, en ese caso, estarán haciendo otro ejercicio más de “separatismo subconsciente”, puesto que los separatistas suelen decir que el catalán es la lengua propia de Catalunya, cuando eso no es verdad.

No existen las lenguas propias de los territorios, existen la lengua materna y las lenguas oficiales y, de este modo, el castellano es tan lengua propia de Catalunya como lo es el catalán. Porque, claro, si hablamos del territorio, antes de que los romanos introdujeran el latín y éste derivara al catalán, ¿qué hablaban los habitantes de la ahora Catalunya? ¿El íbero? ¿Es entonces el íbero la lengua propia de Catalunya?

Por poner un ejemplo, en Bélgica, el servicio público de correos tiene una triple denominación lingüística: “De post” (en neerlandés), “La Poste” (en francés) y “Die Post ” (en alemán). La población belga que habla alemán es de, aproximadamente, 70.000 personas, es decir, representa el 1% de la población. ¿Es lógico que en España este tipo de cuestiones no estén escritas también en catalán, cuando lo hablan o lo entienden cerca de 14 millones de personas y el 28% de la población?

Sé que, en la situación actual, muchos dirán que no hay que ceder ante los separatistas, pero no hagamos otro ejercicio de “separatismo subconsciente” pues el catalán es un idioma español y es el idioma de todos los catalanes junto al castellano. También es el idioma de los que no lo usan. Y no voy a hablar del tan desgastado tema del bilingüismo porque, según los entendidos, solamente es bilingüe el que tiene dos lenguas maternas y no el que conoce dos idiomas. Aún así, sí voy a defender el enriquecimiento que significa conocer mientras más lenguas mejor.

Mi modo de ver no es que en Catalunya las personas deban ir cambiando de idioma según quién tengan delante, sino que ambos idiomas deben estudiarse por igual para que todos los conozcan y entiendan, de tal modo que, después, cada uno hable en la lengua que desee, dándole naturalidad, cosa que no ocurre, precisamente, porque los catalanistas no han querido encajar en España y porque, desde los tiempos de la Lliga Regionalista (con sus errores), en los que se acusaba en Catalunya a Cambó y los suyos de ser catalanistas en Madrid pero españolistas en Barcelona, no hay un regionalismo sensato que luche por mostrar al resto de España las virtudes de Catalunya y su colaboración con el resto del país.

Normalizar esta idea, que todas las culturas no castellanas sean tan españolas como cualquiera, debería ser labor de todos. En Catalunya, los que luchamos contra el separatismo sufrimos zancadillas de otros que, estando en contra del Proceso, pertenecen a ese “separatismo subconsciente” y señalan a todo lo catalán como no-nacional, unas veces sin pretenderlo y, otras, ejecutando ese nacionalismo castellano que es tan malo como cualquier otro nacionalismo. La cultura en general y el idioma en particular son usados por unos y otros como arma arrojadiza y eso hace que cuestiones tan normales, como que alguien use su lengua materna, en este caso el catalán, que es un idioma español, sean vistas como un ataque al propio país, algo en mi opinión ridículo. Les pongo un ejemplo: ¿No es Rafa Nadal y, permítanme el término, el deportista más “españolazo” que tenemos? ¿Son conscientes los españoles que Rafa Nadal es catalano hablante? ¿Y de que también lo es Pau Gasol?

Señor Romeva, tengo una pregunta para usted

Señor Romeva, en julio de 1936 y en el trascurso de unas horas, mi abuela materna perdió a su marido, a su padre y a su madre. Su marido fue montado en un camión por el ejército mal llamado nacional y nunca más se supo de él. Su padre, cuando el mismo ejército asaltó su casa, a la pregunta de quién eran unos libros sobre comunismo que se encontraron en el interior de la misma, respondió que suyos, cuando la realidad es que eran de su hijo. De este modo, fue fusilado por leer, cuando, verdaderamente, no sabía ni leer. Su madre, enferma en el hospital, fue sacada a rastras y fusilada en la misma tapia del nombrado hospital.

Mi abuela se quedó sola con sus hijos. Murió cuando yo tenía apenas seis años y, entre las cosas que recuerdo de ella, una me llama especialmente la atención: solía decir que ella “no quería sobrevivir a otra guerra”, es decir, decía que, en el caso de haber guerra, era mejor morir que sobrevivir.

Mi abuelo paterno estaba haciendo el servicio militar cuando el levantamiento le cogió en zona nacional. Tuvo que luchar en contra de lo que creía, pues mi abuelo era socialista. Cuando volvió de “ganar” la guerra, fue a pedir trabajo y el señorito le dijo, literalmente, que “si se creía que era tonto” pues, por más que hubiera ido con los nacionales, no le daba trabajo porque sabía que, en realidad, era “un rojo”. Cuando años después Franco fue a su pueblo, fue a recibirlo y, mientras el gentío gritaba “Franco, Franco”, él y sus hijos cantaban “Cabrón, Cabrón”. El día que murió el Dictador, abrió una copa de buen vino.

Mis padres cometieron el pecado de nacer en una de esas familias que perdieron la guerra, que se dedicaban a arar una tierra que daba poco fruto y que, por ello, emigraron. Mi padre fue a Colonia y mi madre a Madrid. Una casualidad hizo que decidieran encontrarse de nuevo en Barcelona, lugar en el que decidieron quedarse, a pesar de que tuviesen trabajo en Madrid. Eso sucedió en los años sesenta.

Aún en dictadura, mi padre estuvo en las luchas sindicales y tuvo que correr delante de los grises. Más tarde, colaboró con el PSC, se manifestó por el Estatuto de Autonomía de Catalunya y, según siempre cuenta, en aquellas manifestaciones había más andaluces que catalanes. Cuando yo nací, ya en democracia, mi padre y mi madre, andaluces, me inscribieron en el colegio indicando que mi primera lengua era la catalana.

Yo estuve en la manifestación del domingo en Barcelona junto a muchas personas que podrían contar una historia similar a la mía. Usted, señor Romeva, me ha llamado falangista. Y yo le pregunto, ¿es capaz usted de entender lo que significa para mí y para los míos que nos insulte de esa manera? Es una pregunta retórica, por supuesto, porque usted no lo entiende y no lo hace porque los fanáticos como usted no entienden de más verdades que la suya.

Señor Romeva, usted pertenecía a un partido de ideología comunista, ¿ha oído usted alguna vez aquello de la Internacional? ¿De verdad no sabe usted que ser nacionalista y ser de izquierdas es algo totalmente incompatible? ¿O es que quizá le da igual? A usted le han dado un carguito, una paga y tiene suficiente con eso. Señor Romeva, usted dice que yo soy un falangista, pues le pido que lo repita, que diga mi nombre y apellidos y diga que soy un falangista o, sino, si le queda algo de dignidad, pida perdón y dimita.

 

Fuente de la fotografía de portada: eldiario.es

Los Liberales de Cádiz y los valientes de Barcelona

A los políticos, a los que tienen cargo y a los que no, a los que ganan cantidades respetables y también a los que hacen política de forma altruista, hay que exigirles varias cosas. Una de ellas, coherencia. Es difícil creer en políticos incoherentes, por más que estén bien formados y dominen de forma considerable los secretos de la telegenia.

Cuando Ciudadanos decidió dar el paso y convertir en una realidad la expansión nacional, muchos se preguntaron quién podía sustituir Albert Rivera, el cual intuíamos que dejaría la lucha en Catalunya para emprender su batalla por La Moncloa. Con un Jordi Cañas apartado (esperemos que temporalmente) de la política, muchos se preguntaban si C’s iba a quedar huérfano en la tierra donde y para la que nació.

Entonces, muchos ojos miraron hacia Inés Arrimadas, esa política joven que, como Mohamed Ali, volaba como una mariposa y picaba como una avispa. Ciertamente, Inés era uno de los grandes valores de Ciudadanos y muchos pensamos que podía relevar perfectamente el trabajo como líder de C’s en Catalunya.

Lo cierto es que Arrimadas consiguió unos resultados que Albert Rivera nunca había soñado, pero no es menos cierto que, desde entonces, la lucha contra el nacionalismo se ha ido diluyendo en el Parlament de Catalunya. La lucha contra algo tan injusto como es separar catalanes por el idioma que hablan, por donde han nacido o, lo que es peor, por donde han nacido sus padres debía ser la prioridad de la formación naranja. Sin embargo, un año de locura electoral ha hecho que ese tema sea secundario para C’s y para sus líderes.

En el partido que preside Albert Rivera, que también es mi partido, nos hemos convertido en la versión política de aquel estilo de música de finales de los ochenta y principios de los noventa, el “Shoegaze”, que recibía dicho nombre porque los vocalistas de aquellas bandas se pasaban los conciertos mirando hacia abajo, hacia los pies. Eso es lo que hacemos nosotros ahora, no mirar de frente y mirarnos los zapatos. Curiosamente, a aquellas bandas también se les llamaba “La escena que se celebra a sí misma” y en eso también se parece a C’s, cuya política de hacer actos, a los que acudimos personas del propio partido, para celebrar lo listos y guapos que somos.

Ayer, Ciudadanos tenía un acto “importante”, celebrar el aniversario de la Constitución de Cádiz, porque, como ya saben, resulta que C’s viene de ahí, no de la lucha por la igualdad en Catalunya, no de aquellas gentes que primero lucharon contra el fascismo de Franco y después contra el fascismo de Pujol y Mas, sino del 19 de abril de 1812. Es decir, los mismos que criticamos que los nacionalistas recurran a épocas remotas, como el 1640, el 1714 o, incluso, el 1939, para explicar la actualidad nos convertimos en los herederos de los liberales de Cádiz.

Y que no digo yo que, para aquel tiempo, aquella fuera una Constitución muy moderna, pero eso es, para aquella época, por no hablar de que fue un fracaso y que fue sustituida solamente dos años después. Pero, bueno, que la historia no nos quite un buen relato y no hablaremos de aquellos artículos en los que los desempleados perdían la ciudadanía, o de aquellos en los que se prohibía ejercer una religión que no fuera la católica, o en el que las mujeres no podían ser diputadas.

Pues, como aquella “escena que se celebra a sí misma” del Indie Británico, ayer todos los pesos pesados de Ciudadanos, Inés Arrimadas incluida, estaban celebrando la Constitución de 1812, mientras que en Barcelona miles de valientes se manifestaban para parar el Golpe de Estado de los nacionalistas del 3%, la cual, probablemente, fue la mejor manifestación de este tipo que se ha hecho en tierras catalanas. El mensaje era bueno, integrador, lucían juntas banderas españolas, de la república, catalanas, europeas, además de que cada vez más personas populares se unían en la lucha contra el nacionalismo. Sin embargo, allí ni estaba ni se esperaba a la Jefa de la Oposición en el Parlament.

¿Piensan los líderes de Ciudadanos más en el partido que en los catalanes y en el resto de españoles? A veces parece que sí, y lo cierto es que ya llueve sobre mojado. En mi tierra, tristemente, el tema del proceso soberanista tiene enfrentados los catalanes, creando problemas entre amigos y familiares, y éste es el problema catalán, no la independencia. Porque independencia, como ya he dicho cientos de veces, no va a haber y lo sabemos todos, los nacionalistas también lo saben.

El gran problema es ese enfrentamiento que hay en la calle, ese “ellos contra nosotros”, los buenos y los malos catalanes, y eso lleva a que la lucha de los que no somos nacionalistas sea para que la normalidad vuelva a las calles de Catalunya, para que esta tierra sea integradora y que no haga distinciones por lugar de nacimiento, por idioma, ni por ideología política. ¿Debemos luchar por ello? Seguro que sí, pero si nuestros líderes políticos no están allí, pasará una de dos: o que dejaremos de luchar o que estos dejarán de ser nuestros líderes políticos.

Fuente de la fotografía de portada: La Vanguardia

La Cosa Nostra

Decía Josep Pla, un catalán universal, que “el catalán tiende al estado agradabilísimo de ser víctima”. El victimismo es el arma que ha llevado al separatismo catalán a conseguir todo lo que tiene a día de hoy. Hacer creer (y, sino creer, lograr que los independentistas repitan) que Catalunya es un pueblo oprimido, cuando la realidad es que esta tierra ha sido mimada desde tiempos inmemoriales por reyes y dictadores y lo sigue siendo todavía en democracia.

Una vez más, se ha apostado por la bandera del victimismo. Esta vez ha sido el expresidente y delfín de Jordi Pujol Artur Mas quien ha culpado a una estrategia del “Estat Espanyol” su implicación en los turbios asuntos del 3%. Sin embargo, la realidad es que todo este proceso comenzó tras una denuncia de una concejal de Esquerra Republicana de Catalunya.

Ahora ha sido un empresario, testigo protegido, el que ha mencionado directamente a Artur Mas en el caso del 3% y el que fuera President de la Generalitat se ha agarrado a la tradición catalana más popular, la del victimismo, para decir que hay un complot contra él y que es un juicio politizado.

Desde el Partit Demòcrata Català, se aprovecha todo movimiento judicial y policial que investiga el desfalco que los Pujol, Millet y demás miembros de Convergència han hecho en Catalunya y que han llevado a la situación actual, en la que la Sanidad y la Educación están tocadas de muerte, las camillas en los pasillos, las listas de espera eternas y los niños estudiando en barracones, para enfocar este victimismo.

Sobre la Sanidad y la Educación, los miembros del Govern tienen una frase hecha: “Creen que a nosotros no nos importan los problemas de los catalanes” y, claro, quién va a pensar que no. Pero la realidad es que, obviamente, la burguesía catalana no va a los hospitales y colegios públicos, de modo que esa es una realidad que les pilla muy de lejos.

La corrupción política en España es un gran problema y en Catalunya, más, o quizá debiera decir Mas. Los ciudadanos, ya hartos, protestaron hace ya algunos años en el 15 M. En aquella fecha, en Barcelona las protestas tomaron un cariz más violento que en cualquier punto de España, se atacó directamente a los políticos del Parlament, a los cuales se les roció de pintura, zarandeó y golpeó, siendo necesario que Artur Mas huyese en helicóptero.

Es a raíz de ese día que Mas, haciendo de trilero de las Ramblas, hace que el pueblo catalán fije la mirada en el independentismo. De este modo, consigue tanto su objetivo que muchas personas ya ni siquiera recuerdan ese suceso del Parlament. Desde entonces, cada acto de la sociedad civil, de los cuerpos y fuerzas de seguridad, de los jueces, etc. es defendido por el Govern como un acto contra el independentismo y, en su visión, por ende, a Catalunya.

La fotografía de esta entrada al blog es la mejor definición del patriotismo de los Pujol, Mas y Puigdemont, los cuales no creen ni en la Senyera o la Estelada, sino en el dinero y en el poder. Y, sí, sé que debería haber puesto un billete de quinientos Euros y no de veinte, pero yo no pertenezco a una de esas 400 familias burguesas que controlan Catalunya, ni siquiera pertenezco a las miles de familias de clase media alta que, por acción u omisión, han apoyado la mafia catalana porque prefieren que les robe un catalán a uno que no lo sea. Porque es la Cosa Nostra y la ley del silencio es en Catalunya, como en la Italia mafiosa, una ley sagrada, por más que mantengamos la esperanza de que algún día esos que se creen patriotas catalanes tengan que admitir que esas personas en las que han confiado, a las que han defendido, son las que han saqueado Catalunya y las causantes de que su vida y su economía hayan empeorado.

¿Tercera vía, señor Mas? No, gracias.

Fue en el final de un acto de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. El hombre que ha metido a la Catalunya política en un lío y que ha dividido a la sociedad civil abría una puerta hacia la posibilidad de una alternativa al proceso soberanista. Eso sí, dejó claro que debía ser el Estado, y no el gobierno catalán, el que moviera ficha. En realidad, todos sabemos que una gran parte de los miembros de Convergència siempre han visto el tema de la independencia como una excentricidad y que, para muchos, no era más que un “órdago a la grande”, que diría un jugador de Mus, pedir la luna para conseguir algo más terrenal.

La cuestión es que, llegado el momento de repetir el referéndum, el Govern tendrá que dar la cara, dado que el resultado del mismo ya lo conocemos: los separatistas irán a votar y los que respetan la Ley, la Constitución y el Estatuto de Catalunya, no. De este modo, ganará el Sí, con un total cercano menor a dos millones, cuando hay cinco millones y medio de catalanes con derecho a voto en las autonómicas. Llegado ese punto, ¿va a atreverse el Govern de Catalunya a declarar la independencia? Obviamente, no, porque la autodeterminación no es para el quien la quiere, sino para a quien se la reconocen y, seamos serios, ¿cuántos países van a reconocer un país que salga de un referéndum ilegal, donde la mayoría no vaya a votar y donde, además, todo eso ocurra en un país democrático y ejemplo de libertades como es España?

Obviamente, por más que en Catalunya cada vez haya más personas que reclaman que hay que llegar a un acuerdo, no es el Señor Puigdemont quién tiene la sartén por el mango, todo lo contrario. Aunque, por otra parte, después de todo el circo montado y de todas las “performances”, difícil sería la papeleta de tener que decir a su “público” que hay que olvidarse de la independencia y conformarse con una mayor inversión del Estado o un mejor sistema de financiación, el cual, por otra parte, a mi modo de ver, tampoco debería llegar ya que la política española no se puede mover a base de amenazas efectuadas por parte de los nacionalismos.

Si el Gobierno central hace un guiño a los nacionalismos, debería ser discreto, muy discreto, porque los que en Catalunya sufren el separatismo saben que a esta situación se ha llegado a causa de ir cediendo desde los comienzos de la democracia hasta ahora. Convergència y el PNV han sido durante años piezas esenciales en el espectro político, pero el multipartidismo les ha relegado al ostracismo y Podemos se ha quedado solo a la hora de defender a los nacionalistas con cierto poder, de ahí que en Catalunya y Euskadi se votase masivamente al partido morado. A pesar de ello, el panorama es el que es y con Podemos no va a pactar ningún partido fiel a la Constitución. Esa pérdida de poder por parte de los partidos nacionalistas en el Congreso de los Diputados es lo que les tiene nerviosos y es la causa de que, sobre todo en Catalunya, el Gobierno autonómico se esté apropiando indebidamente de cuestiones que, por Ley, no le pertocan.

¿Tercera vía, señor Mas? No, gracias. Lo que tiene que hacer el Govern de la Generalitat es cumplir y hacer cumplir la Ley. Una vez todo vuelva a la normalidad democrática y los señores del Junts pel Sí y la CUP acaben con el secuestro del Parlament y de los ciudadanos de Catalunya, luchen ustedes por los catalanes, por todos, también por los que no les han votado. No discriminen a nadie por la lengua que hablan, por la ciudad donde viven o por a quien votan y, a raíz de ahí, como ocurrió en la Transición, todos los catalanes se unirán para defender las necesidades de los ciudadanos de Catalunya.

Mi 1992 fue muy distinto

En una amigable charla sobre lo que acontece en Ciudadanos, alguien dijo que el partido corría el riesgo de ser una Convergència (en alusión al partido catalán) española. No voy a volver a retroceder en el tiempo y contar historias del pasado pero sí es cierto que, el nacionalismo catalán nació siendo muy españolista. Resumiendo en una frase, el catalanismo era el anhelo de los catalanes de dirigir la nación, creyendo que lo harían mejor que desde Castilla. En la I República, hubo algo de eso y Francesc Pi i Margall fracasó. Después, hubo una separación entre el catalanismo clásico y otro que, sistemáticamente, culpaba a Madrid de todos sus males, buscando hechos diferenciales lingüísticos, culturales e, incluso, raciales.

Con la deriva separatista catalana, es muy difícil explicar a las personas que leen estas líneas fuera de Catalunya que, aunque muy minoritario, aún existe ese catalanismo-españolista que opina que Catalunya, por su situación geográfica y su historia moderna, puede y debe ser la locomotora de España y que, desde estas tierras, se deben tomar las riendas para que nuestro país sea más parecido a otras naciones de Europa que admiramos. En algunos miembros de Ciudadanos, hay ese espíritu y no me parece que sea algo malo, todo lo contrario, del mismo modo que me parece algo muy positivo que se promueva la normalidad de todas las lenguas y todas las culturas, siempre que eso no se haga como signo de un hecho diferencial y siempre y cuando no sirva para crear desigualdad entre los ciudadanos de los distintos pueblos de España.

Entre los votantes de Convergència, también hay, o al menos había, personas que eran partícipes de ese catalanismo-españolista.  digo había porque el Procés separatista del 3% ha logrado que muchos hayan tenido que elegir entre lo uno y lo otro, haciéndose casi imposible lo que debería ser normal, que el amor a Catalunya y a España sea el mismo, porque Catalunya y España es lo mismo. A la Convergència de Pujol le votaban personas que no eran nacionalistas catalanes y que creían que el President de la Generalitat era un gran gestor que defendía como nadie Catalunya. Eran tiempos en los que, incluso, el ABC consideró a Jordi Pujol “Español del año” y fuera de Catalunya muchas autonomías reclamaban para sí tener un Jordi Pujol que defendiera su tierra como creían que éste hacía en Catalunya.

Al parecer, ese es el caso de Inés Arrimadas, tal y como describió en su artículo “El espíritu del 92”, publicado en el diario El Mundo (os lo añado aquí), donde dice  “Corría el año 1992. Yo tenía 11 años y vivía en Jerez de la Frontera, donde nací y crecí. Por aquel entonces, España tenía ante sí el reto de organizar los Juegos Olímpicos de Barcelona 92(…). Hace 25 años de aquello y reconozco que entonces era inimaginable que se pudiera llegar a la situación política actual en la que la Generalitat nos ha metido a todos los catalanes. Estoy convencida de que muchas personas del resto de España, que siempre han mirado a Cataluña con admiración, hoy la miran con cierta preocupación”.

Supongo que, cuando Inés dice que era inimaginable que se pudiera llegar a la situación actual, se está refiriendo a que era inimaginable para ella, una niña de once años que vivía fuera de Catalunya. Porque esa visión que hay en el resto de España de que Pujol y su Convergència eran modélicos hasta que una mañana se volvieron locos es totalmente equivocada. El Procés nació desde el primer día de la democracia, de hecho, antes ya en el franquismo bajo el lema de “Hoy paciencia, mañana independencia”.

En 1992, cuando yo tenía doce años, en mi colegio nos explicaban la Guerra de Sucesión como si fuera de Secesión, me contaron la Guerra Civil como si hubiese sido una guerra contra Catalunya (por supuesto, no me explicaron que Lluís Companys fue un golpista ni que firmó sentencias de muerte), me hablaban de países imaginarios como los Països Catalans como si de verdad existieran y, tal y como ocurría en la novela “1984” de George Orwell, en los libros de la escuela nos cambiaban el pasado y nos hablaban de la Corona Catalano-Aragonesa, incluso un profesor me dijo que yo no era un buen catalán porque simpatizaba con el Real Madrid. A mi hermano menor, que vivió un catalanismo 2.0 de mayor intensidad , le dijeron que ya no se llamaba Javier y que, a partir de ahora, se llamaba Xavi y trataron de cambiar su identidad para catalanizar su pensamiento.

Fuera de las aulas, la Policía hizo todo lo posible por acabar con la banda terrorista Terra Lliure, precisamente por la cercanía de los Juegos Olímpicos y el miedo a que pudieran cometer algún acto terrorista. En aquellos tiempos, la Generalitat ya amenazaba con multar los establecimientos que rotularan en castellano y  los jóvenes de Esquerra señalaban dichos locales con un cartel que ponía “en catalán, por favor”, que no era otra cosa que señalar los comercios como se hizo en Alemania en un tiempo ya lejano.

De modo que, de Catalunya, ese  lugar maravilloso en el que yo nací y en el que pienso vivir toda mi vida, a pesar de la presión y los intentos de meter miedo de los separatistas, hay miles de cosas buenas que contar, ¡miles!, pero la gestión de Convergència no es una de ellas, ni lo es ahora, ni lo era antes, pues la visión de ese admirado Jordi Pujol era falsa. De modo que no analicemos las cosas desde una perspectiva equivocada. El Capo del clan jamás fue un patriota catalán, quién sabe si andorrano o suizo, pero catalán seguro que no. Porque un patriota jamás robaría a su pueblo, jamás defendió a Catalunya en Madrid, jamás hizo nada por ningún catalán que no fuera de las familias burguesas que controlan la zona.

En esta tierra llevamos casi cuarenta años de adoctrinamiento promovido por el nacionalismo catalán y tolerado por el PSC e ICV, incluso por el PP, que pactaba con Convergència en Madrid y en Barcelona. De ahí nació la Plataforma Ciutadans de Catalunya con el fin de representar a los que el Estatuto de Catalunya de 2006 colocaba como ciudadanos de segunda categoría y de ahí también pensábamos que había nacido Ciudadanos hasta que nos hemos enterado de que, en realidad, nació de los liberales de Cádiz en 1812.

Inés Arrimadas tiene que tratar de ser la Presidenta de la Generalitat y le apoyaremos para que lo consiga, no hay mejor herramienta que Ciudadanos para conseguir que en Catalunya todos los que aquí vivimos lo hagamos en igualdad. Si un día lo conseguimos, deberá ser la Presidenta de todos los catalanes, de los que le han votado y de los que no, también de los separatistas pero, no tenemos que acercar posturas con quien defiende la ilegalidad.

Yo viví un 1992 muy diferente que el de Inés Arrimadas, pero coincido en que, en ese momento, todos estuvimos orgullosos de Barcelona, de Catalunya y de España; coincido en que la idiosincrasia catalana fue clave para que todo saliera bien, coincido en que Catalunya ha sido tradicionalmente un referente para el conjunto de España y en que aquellos catalanes y los de ahora son dignos de admirar. Pero no hagamos distinciones entre aquellos políticos y estos, no hablemos de este gobierno y de la situación actual como algo nuevo, porque el separatismo ha sido una carrera de fondo que ya estaba en marcha en aquellos tiempos y Jordi Pujol engañó a los de allí y traicionó a los de aquí. Seguramente en ese engaño a muchos le pareció un gran gestor y un gran defensor de Catalunya, pero ni una cosa ni otra son ciertas.