No van a conseguir que odie mi propia tierra

Escribía Jordi Juan en La Vanguardia, en su artículo titulado ¿Y si el referéndum sólo fuera un MacGuffin para despistar?, que “el objetivo final de los soberanistas catalanes no es la consulta en sí misma, sino la independencia de Catalunya. El referéndum es el instrumento para llegar a ella y lo que necesitan es cargarse de razones para convencer a una parte de la opinión pública catalana que es reticente a dar este paso. Hace ya mucho tiempo que Puigdemont y Junqueras saben que no iban a poder convocar un referéndum legal y con todas las garantías jurídicas si el Gobierno no lo autorizaba, pero han ido construyendo el relato para poder acusar al Ejecutivo de ser un sujeto pasivo y antidemocrático. Así, si el Estado español no quiere poner las urnas, contradice a buena parte de la ciudadanía catalana (siempre según todas las encuestas) y le da al soberanismo vía libre para tratar de ganar más adeptos a su causa”.

Y creo que tiene mucha razón pues, a mi parecer, el objetivo de este proceso no es conseguir la independencia, sino fingir y hacer creer a una gran parte del pueblo catalán que la lucha separatista es legítima. Para ello, necesita una España mala malísima, “malvada y opresora”, que diría el entrenador multimillonario Pep Guardiola. En ese proceso está ahora; ya lo dijo Francesc Homs, que esto era una guerra y lo es, por ahora una guerra fría que consta de batallas de dimes y diretes, de titulares y de tweets que rozan el simplismo. La revolución de las sonrisas cada vez enseña más los dientes, quizá perdiendo los papeles por primera vez, acusando, no ya a Ciudadanos y al Partido Popular de fascistas, algo que ya habíamos oído antes (de hecho, la Presidenta del Parlament los calificó de “enemigos”), sino ahora también a PSC y al Podemos catalán, por el simple hecho de que no aceptan un referéndum ilegal para escoger algo tan poco democrático como que una parte de España decida por todo el país.

A los separatistas se les está agriando el carácter y, a falta de testículos y ovarios en Puigdemont, Junqueras y compañía, mandaron a un entrenador de fútbol a dar el discurso del odio. A sabiendas de que cada vez les cuesta más mover a las personas que, poco a poco, se van dando cuenta de que la independencia no es más que una farsa, intentaron ofrecer un tono más solemne y menos festivo. Sin embargo, la realidad es que sólo 30.000 personas acudieron a Montjuïc. Se sentaron dando la espalda a la Plaza de España (qué buenos son en cuanto a simbolismo, desde la Alemania nazi no se veía una cosa igual) y, lo dicho, a falta de políticos con testiculina, intelectuales, líderes mundiales o premios nobel que apoyen la causa, fue un futbolista, que dejó el fútbol por dopaje, el encargado de dar el discurso. Josep Guardiola, que jugó con España por dinero y que fue después a jugar a una monarquía autoritaria y salpicada por el terrorismo, como es Qatar, nos habló de opresores y oprimidos.

Catalunya es un sitio peculiar; en ese sentido, sí que puede ser, verdaderamente, una tierra única y especial, pues aquí los ricos son los oprimidos y los pobres los opresores, la burguesía los colonizados y los obreros los colonizadores. En definitiva, “per pixar i no treure ni gota” que decimos por aquí.

Así, el bueno de Pep dejó atrás la revolución de las sonrisas y comenzó a atacar, a faltar el respeto, a insultar… y lo hizo como él sabe, de forma hipócrita y fingiendo ser un señor. Fue, una vez más, la vuelta al día de la marmota, ese día que se repite y del que nunca podemos salir; volvieron a utilizar los mismos argumentos para hacernos creer que un golpe de Estado puede ser democrático. “Queremos votar”, “queremos poner las urnas”… y es que es utilizando simplismos tales, como que los catalanes quieren votar porque son demócratas o que los españoles quieren impedirlo con el ejército porque la democracia española es la herencia de la dictadura de Franco, los famosos tanques con los que los separatistas sueñan con que un día entrarán por la Diagonal, que se acercan al pueblo.

Decía Rufián, quien ha conseguido ser diputado por ser el representante de los “barrigas contentas” y los “charnegos agradecidos”, que “¿dónde se ha visto que los demócratas pongan los tanques y los exaltados las urnas?”. Parece que el bueno de Rufián desconoce esos episodios en los que, a través de las urnas, Hitler llegó al poder, Austria se unió al Reich y que, gracias a los tanques de los aliados, se salvaron las democracias europeas del nazismo.

Pero no hay de qué preocuparse, en Catalunya no va a llegar la sangre al río porque no va a haber referéndum ni declaración de independencia; no va a haber soldados, ni guerra, ni tanques, pero sí va a haber muchas cosas graves.  La idea de los separatistas, lo que verdaderamente pretenden, es que cale el pensamiento de que España es un estado opresor, que rechaza la democracia catalana y que, de aquí a unos años, quién sabe, quizá se pueda volver a tensar la cuerda.

El problema es que los ataques ya no van contra el gobierno del PP ni contra esa España que no tiene cara ni ojos; los insultos ya no van a algo difuso, sino contra todos los españoles, también contra los catalanes que no somos independentistas y esas son cosas más difíciles de resolver. En ese sentido, la lucha independentista también sabe dónde está la victoria, quieren que llegue el día en el que los que no somos independentistas acabemos diciendo que ya no queremos ser catalanes. Pero Catalunya es mucho más que sus políticos separatistas y, no, no van a conseguir que odie mi propia tierra. Porque, por más que lleven décadas tratando de que no nos sintamos en casa en el lugar en el cual nacimos, los que somos hijos de obreros, que dejaron atrás sus ciudades cansados de intentar labrar una tierra que no daba frutos, no vamos a renunciar a Catalunya, así como tampoco permitir que se cuente como verdad esa leyenda que dice que en esos pisos feos del cinturón industrial de Catalunya, en los que viven personas humildes, los padres enseñaron a sus hijos a odiar a Catalunya y a amar la tierra de sus padres más que la propia. Porque eso es mentira, igual que no es verdad que esas personas no quisieran aprender catalán. La mayoría de esos padres, los míos incluidos, venían de familias que habían perdido la guerra y lucharon contra el franquismo y que salieron a la calle a reclamar el Estatut, la Autonomía de Catalunya y restablecer la Generalitat. Esos son los ciudadanos de Catalunya a los que Tarradellas agradeció su esfuerzo.

Hay que ser un necio para pensar que un catalán como yo ama más otro lugar de España que la Catalunya en la cual nació, donde se crió, donde ha vivido siempre. No han conseguido que odie mi propia tierra, pero sí han conseguido que me sienta incómodo en ella, sí han conseguido entristecerme, sí que me han hecho pensar si vale la pena estar en un lugar donde una parte de la población se cree superior racialmente a la otra. Porque a mí me gustaría seguir viviendo donde siempre lo he hecho, así como también que mis futuros hijos vivieran aquí. Pero, claro, hasta ahora, cuando me imaginaba educando a mis hijos, pensaba en hacerles ver que todas las personas somos iguales, que las banderas de los países sólo sirven para diferenciarnos en las competiciones deportivas; me veía recomendándoles leer sobre Gandhi, Mandela o Martin Luther King, a una edad más temprana de lo que lo hice yo, para que entendieran pronto que la lucha por la igualdad de las personas es muy importante. Sin embargo, cuando pienso en que si algún día tengo un hijo tendrá que ser criado en el nacionalcatalanismo de las escuelas que tratarán de adoctrinarle siento cierto agobio.

¿Tendré que decirle a mis hijos en el futuro que tengan cuidado para que el colegio no les vuelva contra su propio padre? ¿Tendré que enseñar a mis hijos una bandera española para que no olviden quiénes son y de dónde vienen? No es lo que yo querría, pues creo que la libertad es lo más preciado que tienen los seres humanos, ¿pero se puede ser libre en un lugar en el cual el odio está instaurado en los políticos, en la prensa, en la televisión, y en el que, si no eres separatista, quedas excluido?

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Un comentario sobre “No van a conseguir que odie mi propia tierra”

  1. Siempre he pensando que el plan nunca ha sido hacer un referéndum, sino que no les dejen hacerlo, y de la manera más violenta posible para garantizarse la exclusiva del victimismo durante años.

    Estos días recuerdo las semanas anteriores al 9N: la revolución de las sonrisas, el independentismo amable y simpático, que te trataba de convencer con argumentos… Qué diferencia con el discurso tan agrio que tienen hoy en día: desobediencia, desacatamiento, “que saquen los tanques”, “estoy dispuesto a ir a la cárcel”, etc. Ahora ya sólo queda aumentar la temperatura al máximo .

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