La izquierda, los moderados y los extremistas

La historia interminable de las batallas derecha-izquierda en España es, a mi opinión, uno de los grandes lastres de nuestro país. He vuelto a pensar en ello cuando, en estos días y ante los próximos Congresos Nacionales de los cuatro partidos grandes, se ha oído el debate de que, si como sucede en Francia, sería bueno que los simpatizantes pudieran elegir a los dirigentes de los partidos políticos tras previo pago de una pequeña cuota. La idea no tiene por qué ser mala, pero creo que, en el frontismo con el que vivimos en España, no serían pocos los que pagarían esa cuota solamente por votar al peor de los candidatos del rival.

Sé que esto es hacer una caricatura pero realmente creo que en este país, antes de ir a un método como el francés, necesitamos más años de experiencia democrática dado que, a día de hoy, la mayoría prefiere un mal rival y no, como sería más lógico desear, que los mejores candidatos de todas las ideologías compitieran por ser el Presidente del Gobierno.

Desde que con la Transición comenzaron las encuestas, hemos vivido la paradoja de que rara vez el candidato más valorado pertenece a la fuerza que lidera las encuestas. Es obvio que, en parte, eso se deba a que los clásicos rivales siempre puntúan bajo al líder del partido rival, favoreciendo a los que no molestan, ni a unos ni a otros. Eso llevó a que en la época del CDS de Suárez, el que fuera primer Presidente del Gobierno, puesto que era el político más valorado aunque pocos le pensaban votar, dijese aquello de: “Queredme menos y votadme más”. Algo parecido le sucede ahora a Albert Rivera, al que los españoles consideran el mejor candidato posible, a pesar de que Ciudadanos sea la cuarta fuerza más votada.

Sobre ese panorama, los partidos tienen la opción de extremarse más, lo que les puede llevar a un éxito  inmediato o, por el contrario, tratar de que ese frontismo acabe, por más que los réditos electorales traten más tiempo en llegar. Imagino que, si el fin de los partidos, sobre todo de los nuevos, es cambiar la sociedad, deberían apostar por lo segundo a pesar de esa máxima que dice que, desde la oposición, no se pueden cambiar las cosas o al menos es muy difícil.

Tras las últimas elecciones, hemos visto que las distancias entre los pensamientos ideológicos de los españoles están cada vez más distantes y que los enfrentamientos derecha-izquierda están latentes, incluso dentro de los partidos. En el Partido Popular hay voces críticas que consideran que los Populares son el partido de derechas menos de derechas de Europa y apuestan por crear una formación (muchos sueñan que capitaneada por Aznar) de verdadera derecha. En el PSOE es donde la ruptura es mayor ya que muchos ven como una ofensa haber dejado gobernar a Rajoy, mientras otros creen que lo verdaderamente inadmisible hubiera sido llegar a un acuerdo con Podemos. En el partido morado, los errejonistas no acabaron de entender por qué no permitieron que gobernara Pedro Sánchez con el apoyo de Ciudadanos, permitiendo, de este modo, un nuevo gobierno de Mariano Rajoy y en C’s hay discusiones internas sobre si el partido debe seguir proyectándose desde el centro-izquierda o, contrariamente, dar un paso a la derecha para competir con el Partido Popular.

Lo más curioso es que exista esta batalla derecha-izquierda en todos los partidos, cuando las encuestas dicen que en una escala del 1 (extrema derecha) al 10 (extrema izquierda) la mayoría se sitúa en el 5, aunque no es menos cierto que en las calles es más fácil encontrar personas que se declaran de izquierdas que de derechas. Una vez, un compañero de partido me dijo que en España había personas de izquierdas y personas que votaban a la derecha, pero que no hay casi personas que digan ser de derechas y creo que está en lo cierto.

Imagino que esto se debe a que hay una irreal forma de ver las cosas. Flota en el ambiente que la izquierda encarna la generosidad, la justicia, la cultura y la libertad y que la derecha representa el egoísmo, la avaricia, el despotismo y la opresión, lo que lleva a la izquierda a una superioridad moral que, incluso, hace que, para los extremistas de izquierda, una izquierda moderada sea en realidad derecha, es decir, a sus ojos son egoístas, avaros, déspotas y opresores. Sin embargo, en la extrema izquierda, en el lado más radical de Podemos, por no hablar ya de en la izquierda nacionalista, hay comportamientos que se acercan más a esos adjetivos que los que se pueden encontrar en la izquierda y en la derecha moderada.

Buscar el equilibrio debería ser el objetivo de la mayoría de partidos. Ciudadanos es, sin duda, quien está más cerca de ello, a pesar de que muchos, incluido yo, somos de la opinión que el nuevo ideario y algunas de las apuestas de futuro podrían hacer que lo perdiéramos. Esto se ve también como una lucha  entre el sector Liberal y el Social-Demócrata, cuando yo creo que no se trata de etiquetas, sino de no coger el camino equivocado.

Yo soy cercano a  la izquierda moderada, entendiéndola como una corriente que pretende reconstruir la sociedad sobre unos postulados racionales; una lucha por tener una sociedad mejor que la que hay, con más igualdad, más justa, teniendo en cuenta que, como izquierda, entiendo también los primeros movimientos de los liberales y su intento de sentar las bases de un Estado, secuestrado en aquel momento por la invasión francesa, pero que también lo estaba con los reyes absolutistas. Todo ello, aceptando que hay unas instituciones existentes a las que respetar, pero observándolas desde postulados racionales y siendo conocedores de la imperfecta naturaleza humana.

Sin embargo me siento muy lejos de la izquierda sectaria, dogmática y muchas veces anti-española, que fue responsable de que la Restauración no cuajara, que apoyó la dictadura de Primo de Rivera, que llevó al traste las posibilidades de la República en cuestiones como la Revolución del 34 y que fue muy responsable de que en este país hubiera una Guerra Civil, en la que el bando republicano acabó en manos del dominio soviético de Stalin y sacando del país gran parte de su patrimonio;  lejos también de la izquierda que no hizo dura oposición a Franco, que trató de llevar al traste la Transición y que ya en democracia utilizó el terrorismo de Estado, asesinando a españoles sin juicio de por medio; y, por supuesto,  lejos también de la izquierda vendida al nacionalismo, que no defiende la igualdad entre todos los españoles y que, en ciertas autonomías, apuesta porque haya ciudadanos de primera (los nacionalistas) y de segunda.

Portada: El abrazo de Juan Genovés.

Sin ética política ni periodística

Da la sensación de que, por el hecho de que ya se haya formado gobierno,  gracias al desbloqueo institucional, hay una relajación colectiva en cuanto a lo que a la política se refiere. Sin embargo, siguen muchos frentes abiertos, demasiados, y siguen ocurriendo hechos preocupantes para la sociedad española.

No obstante, en España no nos preocupamos de lo que nos acontece a día de hoy, cuando hay cuestiones tan destacables como que nos estemos acostumbrando a ver habituales que haya agresiones a personas por su ideología política, sobre todo en Catalunya donde, sí, hace unos días, era Miguel García de Ciudadanos quien era agredido, pero ahora los altercados han llegado por parte de una persona de estética skin a una carpa de la antigua Convergència.

Estas agresiones no deberían utilizarse para el “y tú más”, al contrario, deberían servir para hacernos reflexionar a todos sobre hacia dónde nos está llevando la ruptura en Catalunya, algo que, sin duda, sí es culpa de los líderes independentistas y su proceso, que no es más que un callejón sin salida en el que muchas personas van a quedar dañadas.

No hace falta ser Nostradamus para saber que en Catalunya estas agresiones, estos enfrentamientos van a ir a más. Pero, ¿cómo no los va a haber, cuando hay un Gobierno que quiere saltarse las leyes y unos gobernantes que, no sólo ya no gobiernan para todos los catalanes, sino que solamente lo hacen para los que piensan como ellos? Sino, que no se escondan a la hora de decir que los que no somos independentistas no somos verdaderos catalanes.

La ética política está por los suelos y lo está por culpa de muchos actores, tantos que no me llegaría el blog para dar todos los nombres. A pesar de eso, tengo la sensación de que, en lugar de ir a pensamientos centrados y sensatos, muchos se están radicalizando en sus ideas y eso me parece un error. Estos días hemos hablado de los regionalismos y de esas peleas dialécticas como las que hemos vivido recientemente entre las presidentas de Madrid y Andalucía.

En momentos de crisis, solamente la unión de todos los ciudadanos puede hacer que la nación salga del bache. Pero da la sensación de que en España no estamos por estas, sino que incluso la prensa está por el frontismo, hasta el punto de vivir un hecho tan poco ético como que La Sexta ofreciera unas declaraciones off the record del Presidente Adolfo Suárez, una vez fallecido y en un momento en el que ya no puede explicar lo que quiso decir.

Sin embargo, no se ha creado apenas debate sobre esto, a pesar de su gravedad. Yo nací en 1979 y no viví la Transición, pero sí he intentado informarme mucho sobre ella, ya que me parece uno de los momentos más interesantes de la historia de la España reciente, y en mi opinión, la prensa fue clave en dicha Transición, los periodistas fueron actores importantísimos a la hora de alcanzar la normalidad democrática en nuestro país.

A pesar de ello, últimamente, imagino que desde que la política se ha convertido en parte del Prime Time televisivo, estamos dirigiéndonos hacia un periodismo amarillista que no respeta ni a los muertos.

Refiriéndonos al asunto de Suárez, además ha ocurrido que una gran parte de la población no ha entendido las palabras del que fuera presidente. En los debates que tengo con mis conocidos y que son parte importante para las reflexiones que escribo en este blog, me he dado cuenta de que muchas personas entendieron que hay Rey porque Suárez lo introdujo en el referéndum que votó el pueblo el día de la Constitución. Sin embargo, no es así. Suárez se refirió al hecho de que incluyó al Rey y a la Monarquía en la Ley de la Reforma Política que las Cortes aún franquistas votaron a favor, haciéndose el harakiri y enterrando a Franco por segunda vez.

Dice Suárez que evitó el referéndum Monarquía-República que pedían las fuerzas extranjeras (aunque no lo diga en el vídeo, se está refiriendo sobre todo al gobierno alemán del SPD) pero, obviamente, ese no era el momento del debate pues en ese momento lo único que era importante era que la reforma se aprobara, dejando los debates posteriores para después.

La legitimidad del Rey para un demócrata no está en esa aprobación de las Cortes franquistas, sino que proviene del voto positivo de la Constitución que marcaba al Rey como Jefe del Estado y que fue votada por las Cortes Democráticas que surgieron tras las elecciones de 1977. Ese legitimidad se amplía aún más cuando, el 6 de diciembre de 1978, el pueblo español lo reafirma en el referéndum.

No escribo en este blog sobre si es mejor una república o una monarquía, ese es otro debate, pero sí opino que, para debatir si en ese momento era bueno o no ese debate, antes deberíamos ponernos las gafas de esa época y, obviamente, en ese momento no fue Suárez quien legitimó al Rey, sino que fue el monarca quien legitimó a Suárez y juntos trabajaron por hacer de esta una democracia con una Constitución que ha sido ejemplo para otras que se han redactado después.

En el programa de Susana Griso, Espejo Público, se preguntaban ayer cuánto prescribe un off the record. Yo opino que nunca, más cuando se habla de alguien que ha fallecido. ¿Por qué dijo eso Adolfo Suárez? Obviamente, yo no lo sé pero, como persona que he tratado de informarme sobre su figura, si me preguntaran, diría que Suárez pecó de uno de sus defectos, la vanidad.

En una entrevista hecha por una mujer, quizá quiso darse importancia de más pues no olviden que, durante la Transición, un restaurante llegó a bautizar uno de sus platos como un “Suárez”. ¿En qué consistía? En una Chuleta de Ávila poco hecha. ¿Pero quién soy yo para interpretar una pregunta de alguien que ya no está con nosotros? No soy nadie, por eso no hay que lanzar este tipo de preguntas y por eso los periodistas no tienen que mostrar grabaciones de las que el entrevistado no puede ya contestar.

 

Fuente de la fotografía de portada: lasexta.com

La loca historia del mundo

Me quedé dormido con la radio puesta, me desperté de madrugada y escuché algo sobre las elecciones de los Estados Unidos. Miré el reloj, eran las tres de la mañana. Adrián, sigue durmiendo, me dije. Cuando desperté, creí haber oído que Donald Trump era el nuevo Presidente de los Estados Unidos.

Crucé los dedos y deseé haberlo soñado. No puede ser, me dije. Un Jesús Gil americano, un hombre que parece sacado del show de Benny Hill con pelazo, maquillaje y un pequeño Adolf Hitler dentro no puede ser presidente de la primera potencia mundial.

Pero no era un sueño, ni siquiera una pesadilla: un racista, machista y misógino hombre de negocios que ha hundido varias empresas y solamente ha salido a flote aprovechándose de los inversores de bolsa, personas que se empobrecían al ritmo de que este estafador se hacía rico, es presidente de los Estados Unidos de América.

El crecimiento de las extremas derecha e izquierda en el mundo no deja de sorprenderme, pero creo que es algo a lo que debemos comenzar a acostumbrarnos. La memoria es corta, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y llevamos camino de repetir los peores momentos de la Humanidad.

Lo peor de estos es que los ultras de ambos lados se autoalimentan y van a seguir creciendo estas tendencias. Pronto Francia y Alemania tienen unas peligrosas elecciones en las que, muy probablemente, los populistas de derecha crezcan como la espuma.

En Europa, el crecimiento de partidos de extremas derecha e izquierda, como Syriza y Podemos, además del lamentable Brexit británico, nos debe poner en alerta. Un mundo desunido, a la larga, será un mundo en guerra y eso llegará antes que tarde si políticos radicales como estos llegan a los gobiernos de los países importantes.

Ante eso, los que creemos en la libertad debemos ser firmes, no ir a un bando u otro, porque precisamente nuestro deber es luchar porque no haya bandos. Que el mismo día que cayó el muro de Berlín, ese muro que reflejaba todo el mal que nacionalistas y comunistas habían hecho al mundo, nos enteremos de que Trump será presidente de los Estados Unidos es una de esas coincidencias trágicas de la historia.

Hoy la libertad ha perdido y ha vencido el proteccionismo, el egoísmo, ese pensamiento que cree que hay ciudadanos de primera y otros de segunda y que, no todos, debemos ser iguales ante la Ley.

En España hemos de luchar porque esto no pase y no hay mejor lucha que la de tratar de reformar nuestro sistema sin romperlo. Nuestro país necesita cambios y que estos lleguen sin bandos, sin frontismos. Y, sí, sé que esto parece difícil de conseguir pero, si el Presidente Suárez fue capaz de sentar alrededor de una mesa a personas que habían estado literalmente a tiros, es seguro que, a día de hoy, lo tenemos más fácil.

Eso sí, hay personas que no sé si están confundidas o si nos quieren confundir a los demás. Ver a Podemistas lamentarse de que haya ganado un presidente americano, que va a cumplir el viejo anhelo de que los americanos dejen de estar en conflictos internacionales, de que vuelvan las tropas a su país, que apuesta porque el mercado común caiga, así como oír también a separatistas catalanes lamentarse de que gane las elecciones uno que piensa que América es para lo americanos, que hay que abandonar las uniones internacionales y que hay que volver a los nacionalismos y a las viejas costumbres de cada país, es prueba de que o ellos están locos o nos quieren volver locos a los demás.

La evolución democrática y las terceras elecciones

Más allá de ideologías, de tendencias y colores, la democracia española fue en evolución hasta que llegó el punto de que el bipartidismo paró el avance natural de las cosas. Me estoy refiriendo a que nuestra joven democracia, para que vaya madurando, necesita de todo tipo de gobiernos posibles.

Para España, probablemente fue bueno que en 1977 Adolfo Suárez fuera presidente tras 40 años de franquismo ya que era la forma de entrar pausada y moderadamente. Más allá de sus virtudes y defectos, ahora, con el paso de los años, sabemos que los españoles eligieron bien ya que un gobierno de izquierdas entonces hubiera supuesto un cambio demasiado brusco para el que quizá no estábamos preparados por aquellos entonces. Si ya con un Presidente de centro, que políticamente venía del franquismo y elegido por el monarca en primera instancia, se intentó un golpe de Estado, qué podría haber pasado si el Presidente hubiera sido un socialista.

Unos años después, en 1983, Felipe González conseguía la presidencia, lo cual y, lógicamente, también con virtudes y defectos, fue bueno para la democracia española ya que superábamos miedos y estigmas y éramos capaces de tomar con total naturalidad que un partido de izquierda gobernara nuestro país. González, como Suárez antes, fue hombre de Estado y por eso los socialistas tuvieron que “endulzar” su revolución.

Insisto que, más allá de los colores de cada uno, fue también un paso de madurez que en 1996 ganara un partido de la derecha conservadora. De este modo, España declaraba que podía haber una derecha constitucionalista y que los tiempos del franquismo parecían olvidados. Pero, ¿y después? Después nada, desde 1996 España no ha vuelto a evolucionar políticamente. Desde entonces, bipartidismo, intercambio de poder y del Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas de los finales del siglo XIX.

Tras el 15M, parecía que España podía despertar, nuevas tendencias políticas podían cambiar el panorama. UPyD luchó sin éxito por acabar con el bipartidismo pero, finalmente, Ciudadanos desde el centro y Podemos desde el extremo parecían que sí iban a conseguir acabar con el bipartidismo y, no ya por los votos y escaños que iban a conseguir, sino porque parecía que, incluso, los que tenían la intención de seguir votando a PP o PSOE apostaban por una España a cuatro.

Sin embargo, parece que no estamos preparados para esta nueva evolución, sobre todo porque no acabamos de entender que los partidos deben pactar, que no hay más opciones, que lo contrario al bipartidismo es la política de pactos y, con eso, llego a la conclusión de que en España no se quiere acabar con este sistema de dos partidos, sino que hay quien quiere mantener el viejo bipartidismo y quien quiere hacer uno nuevo.

En este último caso, encontramos a Podemos, a sus políticos y a muchos de sus votantes que no quieren acabar con el bipartidismo sino que quieren formar parte de él. Más allá de si eso es buena o mala solución, lo que está demostrado es que ahora mismo no estamos preparados para eso y me temo que los votantes de Podemos reflexivos, los que han optado por la formación morada más allá del puntual enfado con la clase política y del voto de castigo, son conscientes de que han perdido la oportunidad de un cambio no aceptando el pacto de PSOE con Ciudadanos.

Tengo la sensación de que les han podido las ganas, que los aires de grandeza de Pablo Iglesias se han contagiado a muchos de sus votantes que no han sabido medir los tiempos y no han entendido que sólo había dos opciones: o PSOE+C’s o unas nuevas elecciones que favorecerían al Partido Popular.

Podemos no ha entendido que, a día de hoy, en un país como España, nadie va a pactar con la extrema izquierda por más que se disfracen de socialdemócratas. De modo que Podemos para el futuro debe apostar por dos caminos: uno, dejar el radicalismo, abandonar los nacionalismos de sus grupos catalán, valenciano y gallego y poder trabajar por estar en las decisiones, aún y perdiendo votos; y, dos, ganar por mayoría absoluta. No queda otra. Pero, claro, ganar por mayoría es imposible a día de hoy y, al abandonar el radicalismo, dejarían también de ser Podemos.

Iglesias y los suyos, refiriéndose a Ciudadanos, han dicho más de una vez que los naranjas son un recambio y no un cambio, pero la lectura correcta sería que Ciudadanos representa una evolución y no una revolución y, por más que no les guste a los podemitas, en España, a día de hoy, no se quiere una revolución y menos que esa revolución la lideren personas que son capaces de contradecirse, tanto en lo que son y como en lo que representan. Podemos dice que son el 15 M, pero el 15 M protestaba contra el gobierno de Zapatero y hoy, en cambio, Iglesias dice que Zapatero es el mejor presidente de la democracia… Entonces, ¿dónde me he perdido, señor Iglesias?

Las elecciones de diciembre supusieron un ligero paso atrás para Ciudadanos (0,8%) y un gran descalabro para Podemos (3,5%), además, y repito, más allá de tendencias políticas, quedó un panorama con sólo una posibilidad, hacer presidente a Mariano Rajoy.

Supongo que Podemos, al fin y al cabo, es utopía y, como dijo Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son” y siguen en su no, en que la revolución será Podemos o no será. Pero la realidad es que Podemos ha estado dejando siempre el dominio de la situación a otros y en política, como en el Boxeo, el que da primero da dos veces.

Políticamente, y repito olvidándonos de colores, ahora estamos en manos de PP y de PSOE y ellos pueden elegir repetir elecciones. Y, ¿qué pasaría si hay unas nuevas elecciones? Lógicamente, eso es jugar a política ficción pero, a mi modo de ver, sería la tumba de la España a 4. Me voy a “mojar” y voy a dar un pronóstico: si hay nuevas elecciones, no creo que Podemos y Ciudadanos juntos sumen más de 60 diputados, es decir, el bipartidismo, que estaba hace un año herido de muerte, estaría vivito y coleando y todo gracias a que Podemos no ha sabido medir los tiempos.

Todas las formaciones políticas insisten en que no habrá esas terceras elecciones. Pero, ¿las habrá? Jugando a ser un asesor político que no deba mirar el bien de España y sí el bien del partido, si yo estuviera a sueldo del PP, les diría: “Tratad de conseguir el Gobierno que más vale pájaro en mano pero, sino, tranquilidad con unas terceras elecciones pues con ellas rozaríais la mayoría absoluta”.

Si estuviera a sueldo del PSOE, les diría: “No nos vienen mal unas repeticiones de las elecciones, subiríamos en diputados, acabaríamos con Podemos y Ciudadanos y sólo os quedaría esperar que el péndulo del bipartidismo cambiase para gobernar”.

Si trabajara para C’s y tuviera que mirar el bien del partido, les dejaría claro que, con unas nuevas elecciones, perderían cerca de la mitad de los diputados por la dichosa ley electoral, pero que podrían ser incluso más decisivos que ahora ya que podrían dar o no la gobernabilidad al PP. Sin embargo, y aunque suene extraño, mi recomendación para Podemos hubiera sido: “Firmad una abstención junto a PSOE y C’s y, así, controlaréis a Rajoy porque sino, ya no sólo es que vuelva el bipartidismo, sino que para Podemos se habrá cerrado la posibilidad de ser la referencia de la izquierda”.

De modo que pienso esto y me pongo a temblar. Si a PP y a PSOE les pueden interesar unas nuevas elecciones y a Podemos no les vas a sacar del eterno No, ¿cómo va a hacer Ciudadanos, que es el único que está mostrando miras de Estado, por evitarlas? Difícil tarea… esperemos que la presión popular haga que los políticos miren más por el país que por ellos mismos y eviten las terceras elecciones. En la mano de Pedro Sánchez estamos.

 

Fuente de la fotografía de portada: votaycalla.com

CDS, UPyD, ¿Ciudadanos?

A mi parecer y como dije ya en otras entradas a este blog, las 0,9 décimas que ha perdido Ciudadanos en seis meses no son un paso atrás. Con dos elecciones en seis meses y cuando las del 26 J han sido vistas por muchos como una segunda vuelta, para mí, es una proeza que el partido naranja se haya mantenido prácticamente en el mismo porcentaje de voto. Eso quiere decir que Ciudadanos tiene un votante fiel y que no tiene que irse mientras el partido que preside Albert Rivera siga haciendo las cosas bien.

Hay quien ve el vaso medio vacío y, obviamente, también tiene sus argumentos ya que cierto es que el partido ha perdido porcentaje y votos. Eso hace que muchos ya estén cuestionando si, verdaderamente, hay en España un lugar para el centro político. Las comparaciones con lo que ocurrió al CDS y recientemente a UPyD comienzan a ser habituales. Pero, ¿verdaderamente hay similitudes entre las formaciones?

El CDS (Centro Democratico y Social) fue creado a toda velocidad por Adolfo Suárez, junto a Agustín Rodríguez Sahagún, Rafael Calvo Mena y Manuel Jiménez de Parga, antes de las elecciones de 1982, quien hubiera sido Presidente del Gobierno con esa amalgama de partidos que estaban bajo las siglas de la UCD. Suárez creía que no había acabado su tiempo en política y, a pesar de haber dejado la Presidencia en 1981, creaba este partido con la idea de que un partido situado en el centro pudiera mediar entre derecha e izquierda.

Solamente tres meses después, el CDS conseguía dos diputados, el propio Adolfo Suárez por Madrid y Agustín Rodríguez Sahagún por Ávila, la tierra natal del propio Suárez. Aquellas elecciones fueron las del hundimiento de UCD que pasó de 157 a 11 diputados, dejándoles prácticamente en la desaparición. Los dos diputados del CDS fueron vistos como una hazaña, que se reforzaría cuatro años más tarde cuando lograron 19, que acabarían siendo 23 con la unión con otros partidos. En ambas elecciones, el CDS no sería decisivo en las formaciones de Gobierno ya que los socialistas de Felipe González ganaron por mayoría absoluta.

En las elecciones municipales, autonómicas y europeas de 1987, el CDS alcanzó en conjunto el máximo apoyo de su historia, con un total de 1 902 293 votos, un 9,76 %, obteniendo la presidencia del Gobierno de Canarias y 684 alcaldes (entre ellos los de Ávila y Segovia). Tras esos comicios, se negó a pactar con Alianza Popular, permitiendo al PSOE gobernar en minoría en la mayoría de municipios y comunidades.

La tumba del CDS llegó en 1989 cuando perdió la indispensable equidistancia entre Socialistas y Populares al pactar con estos últimos para desalojar a los primeros del Ayuntamiento de Madrid y haciéndose Rodríguez Sahagún con la alcaldía de la capital. Este giro a la derecha, que contó con una amplia crítica interna, tampoco fue bien acogido por los electores, que le hicieron perder 5 diputados en las elecciones de ese mismo año, lo que llevó a Suárez a dimitir. Cuatro años después, el CDS no obtuvo representación.

El caso de UPyD tiene muchas diferencias. Para comenzar, su líder no venía de un partido de centro sino del PSOE, por más que sí es cierto que dentro del partido que lideraba Rosa Díez había personas de diversas tendencias. De hecho, algunos de ellos eran de Ciutadans que, por aquel entonces, prácticamente sólo existía en Catalunya. Para las elecciones de 2008, el objetivo era conseguir representación y la consiguieron: Rosa Díez obtuvo su escaño por Madrid. Desde entonces, el trabajo del partido en la lucha contra la corrupción fue admirable, pero quizá el hecho de ejercer más de fiscales que de políticos les afectó a la larga. En 2011, consiguió más de un millón de votos y 5 diputados. UPyD abrió la puerta a otras formaciones nuevas que llegarían después a reformar la política, entre ellas Ciudadanos, que compartía en grandes rasgos las ideas e ideología.

La unión entre UPyD y C’s pareció una gran posibilidad para lograr, por fin, un partido estable de centro. Sin embargo, no llegaron a acuerdo y en las europeas de 2014, midieron fuerzas y UPyD obtuvo un gran resultado ya que, a pesar de que la participación bajó en 24 puntos respecto a las generales, consiguieron subir un 2%. Las urnas dijeron que también había lugar para Ciudadanos que, sin tener apenas estructura fuera de Catalunya, conseguía 2 eurodiputados y medio millón de votos. Pero la unión entre ambas formaciones siguió sin realizarse y, finalmente, Ciudadanos acabó devorando a UPyD.

Ahora nos preguntamos si hay sitio para el centro en España y el tiempo responderá a esa pregunta. Lo que es innegable es que, a pesar de todo, el centro está en su mejor momento con más de tres millones de votantes y 32 diputados, muchos más de los que había logrado nunca ni UPyD ni el CDS de Suárez. De modo que, dentro de que sabemos que en este país es difícil que un partido con esta ideología pueda gobernar, debemos ser optimistas y saber que, sin un centro real, el bipartidismo volverá a no necesitar a nadie para poner la lupa a sus acciones.

El peligro de un partido como éste es que se acabe rompiendo por los tirones de derecha e izquierda que puedan sufrir desde sus propios integrantes. Por eso, es muy importante que las personas que se acercan a Ciudadanos tengan claro qué representa este partido y cuál es su proyecto. C’s tiene que tratar de mantenerse en su lugar y, si bien puede recibir voto de descontentos, jamás deberá acercarse por táctica política más a izquierda o derecha, porque esa sí sería su tumba, tal y como le ocurrió al CDS.

 

Fuente de la fotografía de portada: www.ciudadliberal

Pablo Iglesias sostiene el bipartidismo en España y hace virtual Presidente a Rajoy

Hace solamente tres meses, había una posibilidad de cambio para España con un gobierno formado por PSOE y Ciudadanos, un gobierno de centro izquierda que debía ser aceptable por los votantes del PP y también por los de Podemos. Sin embargo, Pablo Iglesias salvó a Rajoy, como en esas películas en las que uno de los espadachines está frente a un desarmado rival y, en lugar de acabar con él, decide darle una espada para ganarle de tú a tú.

En ese momento, el ambicioso Pablo Iglesias y los medios de comunicación afines trataron de que las nuevas elecciones fueran vistas como una segunda vuelta, como la batalla final entre PP y Podemos. Pero los morados se olvidaron de un gran detalle: Podemos no era la segunda fuerza en España, sino que lo era el PSOE. Pero, para eso, el estratega de los juegos de rol tenía un plan, comprar las almas de Izquierda Unida y, a falta de poder conseguir votos, los quiso comprar, pero en política dos más dos no son siempre cuatro.

Muchas veces he dicho, aunque parezca una frase hecha, algo que anoche quedó claro que es así. La diferencia entre Ciudadanos y Podemos es que Ciudadanos ha venido a acabar con el bipartidismo y Podemos, en cambio, a formar parte de él. Pero, esta vez, ni siquiera eso han conseguido.

Cuando uno forma un partido de extrema izquierda, un partido del más antiguo comunismo, de una ideología que contempla a 300 millones de asesinatos, debe saber que o tienen mayoría o nadie va a pactar con ellos. ¿Pactaría alguien con Amanecer Dorado? ¿Y con el Frente Nacional? Pues Podemos es lo mismo por el otro lado.

El miedo a Podemos ha hecho que personas que pretendían dejar de votar a los Populares hayan vuelto a hacerlo porque, entre el susto o muerte, han elegido susto y eso ha hecho que Unidos Podemos sea la fuerza que más ha perdido, un 3,1% comparado con los votos que Podemos e Izquierda Unida sacaron hace seis meses. Obviamente, PSOE y Ciudadanos también han perdido, pero los socialistas han ganado 0,7% y Ciudadanos, en cambio, ha bajado 0,9%, es decir, que sus escaños perdidos son más por culpa de la ley electoral que otra cosa.

Queda claro que no hay otra opción más allá de que Mariano Rajoy sea Presidente. El popular ha utilizado de señuelo a Iglesias para hacer que el miedo al comunismo, a la extrema izquierda, le diese la victoria y lo ha conseguido. Veremos a ver lo que ocurrirá en los próximos días, pero poco queda ya además de reconocer la victoria del PP y no seguir con el país bloqueado. A PSOE y Ciudadanos sólo les queda permitir la gobernabilidad y, a Podemos, poco podemos decir salvo que el plan de subir a un partido extremista para dividir el bloque de la izquierda le ha salido perfecto. Un viejo plan que ya en su día realizó Suárez, legalizando a toda prisa el Partido Comunista, para que le quitase los votos al PSOE y, así, ser Presidente del Gobierno.

Hace ya trenta y nueve años

Tal día como hoy, en 1977, los españoles eran conocedores de que en las elecciones celebradas dos días antes, el 15 de junio, la UCD de Adolfo Suárez había sido la fuerza más votada por los españoles. Muy al contrario de lo que la mayoría creía, lo cierto era que España no se dividía entre Rojos y Azules, sino que, en una prueba de madurez, nuestros compatriotas apostaban por ideologías moderadas.

El recuento duró dos interminables días. La nula experiencia y el gran número de listas ralentizó el escrutinio pero, en la tarde del día 16, ya estaba claro el ganador. La participación había sido casi del 79% y en España comenzaba a hacerse popular esa frase de que “si no votas, no puedes quejarte”. El voto quedó muy repartido entre los centristas de Suárez y los socialista de Felipe González. La Unión de Centro Democrático obtenía el 34,4% de los votos, mientras que los socialistas obtenían el 29,3%.

Aquellas elecciones que parecían a cuatro acabaron siendo a dos. El Partido Comunista solamente obtuvo el 9,3% de los votos y la Alianza Popular del exministro franquista Manuel Fraga únicamente conseguía el respaldo del 8,2% de la población española.

En cuanto el Congreso de los Diputados votó a Suárez como Presidente del Gobierno, éste se puso en marcha en la creación de la Constitución que hacía que los españoles fueran reconocidos como los soberanos del país. El Presidente Suárez fue capaz de sentar alrededor de una mesa a personas que 40 años antes habían estado literalmente a tiros.

El 88,5% de los españoles votó sí a la Constitución, poniendo, de este modo, fin a la transición española que había llevado al país de un régimen absolutista a una democracia constitucional en la que, poco a poco, nuestro país se equiparaba a las grandes democracias europeas.

Una vez la Constitución era una realidad, el Presidente Suárez volvió a combocar elecciones. Muchos miembros de su partido no entendieron que el líder centrista siguiera siendo candidato a la presidencia y  la UCD comenzó a romperse.

El Presidente Suárez sí había dicho a sus allegados que, una vez la democracia echara a andar, dejaría la presidencia pero, según sus propias palabras, cierta inestabilidad, el terrorismo de ETA y los ruidos de sables procedente de un Ejército que había jurado lealtad a Franco le hacían sentir demasiada responsabilidad con el futuro de la nación como para dejarlo en manos de otra persona.

En las elecciones de 1979, Suárez volvió a ser el más votado. La UCD subió 3 escaños pero no obtener la mayoría absoluta supuso una pequeña decepción para el líder centrista quien, solamente dos años después, debido a las presiones internas, a la tensión existente y a cierto desencanto, declinó su Presidencia a su compañero de Partido Calvo Sotelo.

Precisamente en la investidura de éste, fue cuando Antonio Tejero, acompañado de cientos de Guardia Civiles, asaltó el Congreso para dar un golpe de Estado. A los disparos de los asaltantes, los Diputados respondieron tirándose al suelo y escondiéndose tras sus escaños. Adolfo Suárez no se movió, no iba a esconderse, él era el Presidente del Gobierno, el representante del pueblo español, y no podía dejarse intimidar.

Tras el fracaso del golpe, Calvo Sotelo fue elegido Presidente y Suárez abandonó la UCD. El que fuera el Presidente de la Transición no abandonaría la política, creó el CDS y consiguió seguir siendo diputado hasta que, en 1991, dejó la política definitivamente. Una vez alejado de la vida pública, fue reconocido por su gran labor en unos tiempos difíciles para este país. Suárez fue un gran hombre de Estado que, no sólo ayudó a la prosperidad de España, sino que supo hacerse a un lado cuando intuyó que su presencia podía ser perjudicial para la presidencia. Como siempre digo, Suárez, siempre acusado de ser presumido y prepotente, tuvo el más humilde de los gestos cuando, habiendo sido Presidente del Gobierno y uno de los actores principales de la Transición, un día decidió olvidarse de todo lo que había hecho por este país, como no queriendo darle importancia.