Esta no es vuestra tierra

Mi bisabuelo estaba labrando el árida tierra de Don Tal (no voy a decir el apellido porque a día de hoy qué más da). La Guerra Civil ya estaba en marcha por entonces y el hijo del dueño, “el Señorito”, lo insultó, vejó y humilló, todo por cuestiones políticas. Mi bisabuelo se cansó, lo mandó a hacer gárgaras. El Señorito, por su lado, le mostró su autoridad. “Ésta no es vuestra tierra”. Mi bisabuelo, Juan Guisado Panadero, perdió los nervios y abofeteó al Señorito. Al día siguiente, a mi bisabuelo lo fusilaron por “rojo”.

Mi abuelo era socialista. El levantamiento nacional lo sorprendió haciendo el Servicio Militar y no le quedó otra que luchar con los mal llamados “nacionales”. Cuando volvió de la Guerra, habían matado a su padre. A su suegra también la habían fusilado porque en el treinta y uno había cosido banderas republicanas. A Rafael, mi abuelo, no le daban trabajo por “rojo”, por más que hubiera “ganado” la Guerra para los nacionales, y es que “ganar” la Guerra no era suficiente para no ser un “vencido”.

Mi padre labraba la misma tierra árida que su abuelo. Según su padre, abuelo y nieto, que compartían el mismo nombre, Juan, tenían el mismo carácter. Un día mi padre estuvo a punto de perder los nervios con un señorito que trataba de humillarlo. Su padre le pidió que estuviera tranquilo y le contó la historia de su fallecido abuelo. Ese día mi padre decidió que dejaría de labrar aquella árida tierra y marchó a Alemania. Años después, la casualidad hizo que acabara en Cataluña.

Yo nací en democracia. Mi padre era del PSOE, como mi abuelo. Luchó por las libertades y por la autonomía catalana y dedicó sus horas libres a las luchas vecinales para que en su barrio asfaltaran las calles, llegara el agua y la luz. Creía en Cataluña, así que me registró en el colegio en catalán.

Yo dejé de votar al PSC por su deriva nacionalista, mi padre haría lo mismo años después pero, para entonces, ya había votado “Sí” al Estatuto de 2006, con el cual comenzaron los problemas actuales. Se siente culpable. Me metí en política, en C’s, aunque después dejé el partido, la política nunca. Ahora los separatistas me dicen “Ésta no es vuestra tierra”, lo mismo que el Señorito le dijo a mi bisabuelo hace ochenta años.

Esta pintada es de la tienda de los padres de Albert Rivera. Podría haber estado en la casa de muchos de nuestros padres.

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Le voy a contar un secreto señor Otegi

Hola, señor Arnaldo Otegi. Usted a mí no me conoce, pero para que sepa quién le habla, le voy a decir quién soy. El día 19 de junio de 1987 yo estaba muy feliz; había sido el último día de cole y comenzaba las vacaciones. Para una niña de siete años como yo, era muy ilusionante pensar en un largo verano, en la piscina, en ir a la playa, en volver a ver a mis primos. Sin embargo, aquel verano no llegó nunca, fui con mi madre a buscar la compra al Hipercor de la Avenida Meridiana y allí acabó todo. No me dio tiempo a darme cuenta de lo que ocurrió y fue después cuando ya supe que unos señores malos habían puesto una bomba en el centro comercial. Yo ya sabía lo que era ETA por la tele; eran señores con un calcetín en la cabeza que llevaban pistolas y que mataban a militares y Guardia Civiles.

Hace ya mucho tiempo que estoy muerta, muchas horas mirando desde las alturas a mi familia, a mi madre, que se hace viejita y que sigue teniendo heridas, algunas en el cuerpo, otras en el corazón. Aún se acuerda de mí. ¿Sabe, señor Otegi? Todos los días se acuerda de mí y se pregunta cómo hubiera sido mi vida, si hubiese sido buena estudiante, si hubiese ido a la universidad, si me hubiese casado y tenido hijos. Pobrecita, no debería pensar en eso, porque lo cierto es que aquel día que los hombres malos del calcetín en la cabeza pusieron la bomba en Hipercor, acabó todo para siempre.

Señor Otegi, sé que usted era amigo de los hombres malos… ¿Qué digo amigo? Era uno de sus jefes, uno de los que dirigía lo que ustedes denominaban como guerra, esa guerra en la que los señores malos del calcetín en la cabeza estaban de un lado y las niñas de siete años, ilusionadas porque habían acabado el cole, estaban del otro. Mi madre, mi padre y mi hermanito son, cómo se dice… ¿daños colaterales? de aquella guerra. Yo, simplemente, desaparecí y desde entonces miro desde aquí, desde las alturas, a mi familia y no me entero mucho de cómo acabó la guerra.

Años después, llegó aquí a las alturas mi amigo Ernest Lluch y, como era profesor de la universidad, trató de explicarme todo y creo que, más o menos, lo entendí. Me dijo que los señores malos del calcetín, que en realidad es un pasamontañas, se llaman terroristas y que se dedican a asesinar a gente. A mi amigo Ernest también lo asesinaron, aunque creo que usted eso ya lo sabe porque, como usted era uno de los jefes de los asesinos, seguro que estaba al tanto. Cuando llegó aquí a las alturas, le pregunté si él también era una víctima de aquella guerra, pero me explicó que no había ninguna guerra en realidad y que ese término sólo lo utilizaban usted y sus amigos para justificar sus asesinatos.

El día 11 de septiembre vi que usted estaba en Barcelona y me alegré mucho, ya que pensé que venía a ver a mis padres y pedirles perdón. Lo cierto es que me asusté un poco, porque a lo mejor a ellos les costaba aceptar que usted estuviera allí, pero Ernest me dijo que no, que usted estaba allí porque ahora dice que es amigo de los ciudadanos a los que antes asesinaba. Eso no lo entendí mucho, pero debe de ser porque soy una niña de siete años que espera las vacaciones que nunca llegaron y esas son cosas de mayores.

Ernest me explicó que usted está a favor de que pongan una frontera entre Cataluña y el resto de España. Yo de esas cosas no entiendo, pero me da pena que, cuando mis primos vengan a ver a mi hermano, tengan que pasar por una frontera; pero ustedes, los de la tierra, sabrán lo que se hacen. Quien se echa las manos a la cabeza es mi amigo Vlado. ¡Ah! Perdón, que no le he presentado a Vlado. Él es un niño como yo, también tiene siete años y también espera las vacaciones que no llegan. Él es de Bosnia, ¿sabe? Y lo mataron  en una guerra que se hizo para poner fronteras dentro de un mismo país.

Él está asustado por lo que pasa en Cataluña; me ha explicado lo del nacionalismo y el profe Ernest me acabó de hacer entender lo que significa todo eso y creo que ya lo he entendido. Pero, perdone, señor Otegi, que me estoy yendo por las ramas, pues yo a lo que venía era a decirle que me ha parecido muy mal que fuese a Barcelona y no pidiera perdón a las víctimas de aquel día en el que todo se volvió negro. Y también quería decirle otra cosa, esto es un secreto, porque no se puede explicar nada de cómo son las cosas aquí, pero se lo voy a decir: desde aquí arriba, desde las alturas, las fronteras no se ven.

La Puta y la Ramoneta

Fue triste ver a los separatistas del Parlament darse golpes en el pecho cual gorila en demostración de fuerza. A la cabeza de ellos, un Presidente al que nadie votó y que sueña en estar en la memoria popular catalanista junto al “Avi” Macià y el “mártir” Companys y cuya realidad solamente es que, como ellos, va a fracasar en su intento golpista.

He escrito muchas veces que a mí la independencia no es algo que me preocupe en exceso, porque Catalunya no va a ser independiente y eso lo sé yo y también lo saben los separatistas. Sin embargo, sí me preocupa la ruptura que hay en el pueblo catalán y que cada vez es más notable en el día a día de la vida en esta tierra.

La ruptura fue escenificada en el Parlament. Por un lado, los de los golpes en el pecho y, por otro, el vacío. Los miembros de Ciudadanos, PSC y Partido Popular abandonaron la sala para no tener que asistir a una votación que pretendía saltarse la Ley, la Constitución y el Estatuto de Catalunya.

Los miembros de Catalunya Sí que es Pot (En Comú, Podemos o como les queramos llamar) hicieron su trabajo, el de la “hacer la Puta y la Ramoneta”. Para quien no entienda está expresión, la referencia más antigua de esta frase data de 1812 y, textualmente, decía: “Hacer la puta Ramoneta”.  La Puta y la Ramoneta eran, pues, la misma persona, una persona que “engaña alguien con halagos y adulaciones”.

No quedan tan lejos las Elecciones Autonómicas Catalanas en las que los miembros de Catalunya Sí que es Pot pedían el voto de los obreros con origen entre aquellos que llegaron desde otros puntos de España y con la acusación desde Junts pel Sí de hacer el mismo discurso que hacía el partido de Ciudadanos.

El problema de la sección catalana de Podemos es eterno en Catalunya. El PSC e Iniciativa en su momento ya vivieron el drama de tener dos almas, el cual se resume de un modo sencillo: los líderes son nacionalistas catalanes y los votantes constitucionalistas, de modo que en campaña dicen lo que quieren oír los votantes y, una vez en el Parlament, todo cambia.

El comunismo llamaba a los trabajadores del mundo a unirse, a la internacionalidad del pensamiento, sin embargo, en Catalunya y también en el resto de España se cree que el comunismo debe ser antiespañol porque asocian España a Franco, sabe Dios por qué, como si no hubieran sido suficientes los 40 años de secuestro del dictador para que continúe el secuestro 42 años más después de su muerte.

Esa asociación de una bandera que comenzó a utilizarse en 1785 con el dictador ha sido la excusa que utilizó la podemista Àngels Martínez para, de malos modos, sacar del Parlament las banderas constitucionales que habían dejado los miembros del Partido Popular. No creo que el republicanismo sea una escusa para hacer lo que hizo, creo que es el interminable juego de la Puta y la Ramoneta.

Una Diputada del Parlament no puede ser tan ignorante como para no saber que, precisamente en la época de la República, se pararon tres intentos de sedición por parte del gobierno catalán; no puede ser tan ignorante para no saber que en 1934 la República fue quien suspendió la autonomía catalana.

Quizá éste sea un país de malos hermanos en el que sólo se pueden resolver las cosas a tiros, eso nos dice nuestra historia. Sin embargo, creo que aún somos muchos los que queremos un Estado de personas diversas pero unidas.

El independentismo, o al menos este independentismo, no va a poder acabar con la democracia y eso yo creo que los sabemos todos, pero sí va a dejar plantada una semilla de cizaña que, tarde o temprano, brotará y, para entonces, más nos valdrá haber comenzado a entendernos.

El Monstruo de Las Ramblas

En Barcelona desde hace meses, años quizá, teníamos la sensación de que pronto nos “tocaría” vivir un atentado, como si los ataques del terrorismo islámico fueran una suerte de lotería que tarde o temprano sabes que te va a tocar. Cuando hablábamos sobre estos temas, yo siempre defendía que no debíamos vivir en estado de pánico y que, hace unas décadas, cuando eran constantes los atentados de ETA, era mucho más probable que nos “tocara” la siniestra lotería de vivir un atentado.

Considero que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado son de los mejores preparados para la lucha contra el terrorismo y no por patriotismo, sino debido a la experiencia de combatir el terror de ETA durante décadas. Eso no quita que el islámico sea mucho más difícil de combatir ya que muchos de estos ataques han sido perpetrados por personas que estaban dispuestas a morir por la causa, motivo por el cual hace que los ataques sean imprevisibles.

Cuando me enteré del ataque del Monstruo de Las Ramblas, no estaba lejos de allí; muchos de los míos estaban también cerca y, por suerte, pronto supe que todos estaban a salvo. Pronto tratas de informarte de lo ocurrido, más preocupado por el “qué” que por el “cómo”. Una furgoneta se introduce y baja las Ramblas a toda velocidad, llevándose a su paso a todo aquel que se encuentra. Después las noticias comienzan a ser contradictorias y, hasta que no pasan veinticuatro horas, no comenzamos a saber lo que pasó.

Pasados quince días, me siento abatido, no ya por el atentado en sí ni porque murieran dos vecinos míos, uno de ellos Xavi, un pequeño de tres años, sino por observar que los políticos catalanes no pueden contenerse a la hora de hacer política separatista ni en momentos como éste. Me estoy refiriendo a varias cuestiones que poco tienen que ver entre sí, pero que se resumen en que Puigdemont y sus cuatreros han aprovechado un atentado terrorista para fingir que Catalunya tiene estructuras de Estado.

Primero, se ha querido mostrar a los Mossos como una policía eficaz, cuando se ha demostrado algo que todos sabemos, que no lo es, y por supuesto, que hay agentes que son válidos y que se han portado como héroes, que lo son. Pero la ineficacia de sus capataces ha hecho que las cosas no salgan bien. En primer lugar, se da una explosión pero no dejan investigar a las fuerzas del estado porque ellos solos se valen, dado que son cojonudos. Dan por hecho que era un laboratorio de drogas y descartan que tenga algo que ver con el terrorismo, por más que el Juez les avise. “Señoría, no exagere” fue la respuesta de Trapero y los suyos. Ni siquiera se dio importancia a que hubiesen libros en árabe y escritos en el mismo idioma; uno de ellos, al parecer, explicaba que habría atentados, pero nadie en los Mossos lo tradujo.

Aquella explosión se debió a la planificación de un atentado que salió mal y llevó a que cambiaran de planes. El jueves una furgoneta, conducida por un terrorista, atropella a cien personas, sin bolardos y jardineras que lo impidan, tal y como advirtió el Ministerio del Interior que había que hacer. Cuando se le pregunta a la Señora Colau el porqué, miente diciendo que sólo se debían poner en Navidad, cuando el escrito dice textualmente “sobre todo en Navidad”, y asegura que en lugar de colocar dichos dispositivos de seguridad, prefirió que hubiera más agentes. Sin embargo, lo cierto es que fue el Airbag quien detuvo al terrorista, que condujo seiscientos metros sin que nadie le disparara.

Después, no sé si un Mosso o un Guardia Urbano pasa mal la descripción del terrorista, diciendo “camisa blanca con rayas azules”, cuando en realidad era un polo a rayas azules y blancas, más azules que blancas. Sale andando, entra a un mercado y se escapa; pasea por Barcelona y se escapa. El jefe de los Mossos se va al palco del Camp Nou y el terrorista, andando por la calle, recorre a pie durante cuatro noches Catalunya. Aún huido y gracias a unos vecinos, lo detienen, pero el jefe de la Policía catalana es un héroe porque mandó a pastar a un periodista holandés que le pidió que hablara en castellano. Ésta es la Catalunya de hoy.

Durante los días siguientes, la prensa del régimen trata de hacernos creer que la Policía Nacional sabía que iba haber el atentado y lo calló. Sin embargo, horas más tarde, los jueces y policías belgas demuestran que avisaron del peligro del Imán de Ripoll, así como también de un posible atentado, y que fueron los Mossos los que no pasaron la información a la Guardia Civil y la Policía Nacional porque “Som Collonuts” y porque, como pronto Catalunya será un país (en sus mentes calenturientas), no necesitan ayuda de nadie.

La lectura que se hace en la Catalunya constitucionalista es que Puigdemont tiene que tragar con carros y carretas por su pacto con la CUP pero, a mi forma de ver, el grado de fanatismo es igual en cuanto al tema soberanista. Sí es cierto que la Catalunya que quieren unos y otros es diferente: la CUP inició hace unas semanas una campaña terrorista contra los turistas (ya que entendemos por terrorismo los actos que crean terror) y ahora el Estado Islámico le ha hecho un favor para que los turistas no vengan ya que, desde el extranjero, pueden tener la visión de que Barcelona es un lugar inseguro, algo que en los últimos tiempos sí es más, en parte gracias a los actos de la CUP.

Pero, como digo, Puigdemont y los suyos son igual de fanáticos, hasta al punto de separar las víctimas entre catalanes y españoles, creando la polémica y la desunión en un momento en el que Barcelona está siendo atacada. Podríamos seguir haciéndonos el tonto como en los últimos cuarenta años o tratar de ser bien pensados y creer que la separación entre muertos catalanes y españoles la hacen por información, para que las familias catalanas, preocupadas por algún desaparecido, sepan si su ser querido está entre las trece personas que perdieron la vida en Barcelona, es decir, para saber a nivel regional cuántos ciudadanos de Catalunya han muerto. Pero no, los catalanes muertos son el niño de Rubí y una señora de Vic. Sin embargo, el tío del niño, que lleva viviendo en Rubí, mi ciudad, desde los años 60, no lo han considerado como ciudadano de Catalunya porque nació en Granada, por más que lleve pagando impuestos en Catalunya toda la vida. Eso demuestra que la separación entre muertos catalanes y españoles no es por información ni proximidad, es solamente por racismo.

Esta entrada al blog no acabaría nunca si escribiera todos los agravios cometidos por el gobierno de la Generalitat, que ha antepuesto el “Procés” a la resolución del caso y ocultando información a la Policía Nacional y la Guardia Civil poniendo en peligro a todos los ciudadanos. No entienden que la explosión de Alcanar tenga relación con el terrorismo, se pasean 600 metros por la Rambla sin que nadie intente abatir al terrorista, se escapa andando y sólo es abatido gracias a la colaboración ciudadana; mientras eso sucede, el Jefe de los Mossos, el señor Trapero, manda a pastar a un periodista holandés que no entendía el catalán y se convierte en héroe nacional (regional).

La maquinaria separatista se pone en marcha y, pasados unos días, la sensación que queda en el mundo cercano al separatista es que los Mossos son los mejores (de hecho, se ponen medallas ellos mismos, ¡ole tú!) y que si no pararon el atentado es porque España no les informó; que los catalanes son acogedores, que los españoles son islamófobos y anticatalanes, que quien critique a Colau o Puigdemont hace política del sufrimiento de las víctimas (pero la CUP sí puede señalar como culpables al Rey y a Rajoy) y, al fin y al cabo, que este atentado terrorista va a servir para reactivar el sentimiento independentista que estaba a la baja.

Quien les escribe está triste estos días. Primero, porque no sé si quiero vivir en esta tierra, que es la mía, porque he podido comprobar que Catalunya está totalmente enferma; segundo, porque no tengo claro querer tener a mis hijos en un lugar donde te educan para odiar al de al lado (quien dice al de al lado dice a tu propio padre); y tercero, porque me he dado cuenta de que la lucha entre separatistas y constitucionalistas no la podemos ganar hablando, dialogando, mostrando nuestra realidad, enseñando pruebas de que tenemos la razón, sino que, por triste que parezca, ésta será una cuestión de fuerza.

Un atentado terrorista islamista ha servido para observar que cualquier cosa sirve para que los adoctrinados vuelvan a sus posiciones a la hora de defender lo indefendible y esto ocurre por una razón muy simple: Catalunya tiene dos grandes núcleos. Unos representan familias de otros puntos de España con inclinaciones hacia la izquierda, hijos o nietos de los vencidos en la Guerra que un día soñaron con la República, que más tarde lucharon contra el franquismo y que ya en democracia batallaron por el Estatuto de Autonomía para Catalunya, es decir, personas que nunca han tenido nada y que han soñado con todo, que han educado a sus hijos en la libertad y en la idea de que piensen por ellos mismos. El otro gran núcleo se encuentra conformado de familias catalanistas que apoyaron o toleraron el franquismo en su momento, que han educado a sus hijos en seguir las tradiciones y que toda la libertad que tienen es gracias a la lucha de los que ahora odian. Estos últimos han sido educados con la idea de aumentar el patrimonio y conservar el negocio y hoy ese negocio es la independencia de Catalunya.

¿Hay sitio para la izquierda cívica en España?

Si nos centramos en España, la izquierda tiene un pasado al menos tan negro como la derecha. Intentonas golpistas, república sectaria, terrorismo contra y desde el estado, corrupción, paro, clientelismo, guerracivilismo… y ahora, incluso, apoyo al separatismo, que no es en realidad más que promover la desigualdad entre los españoles.

A mi modo de ver, en la actualidad nos encontramos en un marco en el que la mayoría de los ciudadanos creemos estar en una posición centrada en cuanto a ideología. Ahora parece que muchos no quieren ser ni de derechas ni de izquierdas, por más que también la mayoría asegura que el centro no existe.

En lo que a la izquierda a nivel nacional se refiere, es obvio que hay un resurgir del extremismo, representado, mayormente, por Podemos, partido que ha aprovechado para apropiarse del espíritu del 15-M, llegando a incoherencias tales como proclamarse líderes de aquel movimiento que nació contra la incompetencia de Zapatero a la vez que miembros como Pablo Iglesias afirman que el propio Zapatero es el mejor Presidente de la democracia. A mi modo de ver, el éxito de Podemos no se halla en sus buenos resultados, sino en que hayan conseguido “podemizar” la política, es decir, en que todos los partidos vayan a una lucha dialéctica, en el Congreso, los platós y las redes sociales, que sólo nos lleva al enfrentamiento, a una lucha de bandos que, además de cansina, es muy peligrosa.

Lo peor de este tema es observar cómo el PSOE, en lugar de defender sus políticas, socialdemócratas, de izquierda modera y cívicas, se está radicalizando como en la época de Largo Caballero. Pero es que los socialistas no saben bien lo que quieren, son un partido de partidos, por eso quizá apuestan por esa nación de naciones que la mayoría no entendemos qué significa. En mi opinión, en la izquierda no hay lugar para los nacionalismos, ni para los periféricos ni para el español. La defensa de la unidad de España debe ser como Estado y no como Nación. Sin embargo, en estos tiempos que corren parece que no hay representación para las personas de izquierdas que no tienen complejos con el nacionalismo.

Como catalán, he sentido aún más hondo el vacío político de los que somos de izquierda moderada, de los que nos sentimos alejados tanto de la derecha conservadora como de la izquierda revolucionaria y, por supuesto, de los nacionalismos. Históricamente, en el Partido Socialista Catalán encontramos votantes mayormente de clase obrera y constitucionalistas; sus élites, sin embargo, son burguesas y nacionalistas. En la Transición, ya contaba Oriol Bohigas en Entusiasmos compartidos y batallas sin cuartel que Joan Reventós, presidente de Convergència socialista, le advirtió del “peligro de un triunfo en solitario del PSOE en Catalunya”. En aquella época, la Federación Catalana del PSOE tenía gran implantación social, pero no era nacionalista, mientras que Reagrupament era nacionalista pero no tenía apoyo social. De este modo, Joan Reventós entendió que la única salida era aliarse con el PSOE pues, así, conseguía los votos de las personas que votaban a Felipe González, llevándoselas a una formación en realidad nacionalista. El propio Reventós escribiría en sus memorias inacabadas, Tal com ho vaig viure (Tal y como lo viví), que “los socialistas nos hubieran partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol”. Reventós escribió también en sus memorias las siguientes palabras en las cuales decía defender “la igualdad del género humano; la consciencia de la persona como sujeto de derechos y deberes; la identidad nacional de mi pueblo y mi país, Cataluña; la democracia, basada en las libertades individuales y nacionales, como mejor sistema político“. ¿La igualdad del género humano tratando a los que vinieron desde otros puntos de España como ciudadanos de segunda? ¿Socialismo y nacionalismo a la vez?

En 2006, Ciudadanos nacía, teóricamente, para representar a las personas que habían dejado de votar tanto a los socialistas como a Iniciativa por sus políticas cercanas al nacionalismo. El partido naranja nació con vocación nacional y, en sus comienzos, defendía postulados de centro izquierda. Sin embargo, cuando su expansión nacional renunció a su lado social demócrata, por más que en Catalunya tanto sus votantes como sus afiliados estaban más cerca del centro izquierda, como se demostró en el IV Congreso del partido, en el cual sus afiliados catalanes votaron mayoritariamente a los representantes de “Mejor Unidos”, que apostaban por defender los valores iniciales del partido y su posición de centro izquierda, la formación de Albert Rivera apostó por luchar por conseguir los votantes de centro o centro derecha que hasta ahora votaban al Partido Popular, llevando, así, a la formación naranja a la paradoja de que en Catalunya le votan los obreros, mientras que en Madrid obtenía más sufragios en las zonas acomodadas.

Aún es pronto para saber en qué modo afectará a Cs el cambio en el ideario; lo que sí es cierto es que hay cargos y militantes que, no sintiéndose cómodos en la nueva etapa del partido de Rivera, han decidido marchar (entre ellos quien escribe) al volver a sentirse huérfanos en su posición de izquierda moderada y cívica. En estos últimos tiempos, son muchas las plataformas y partidos que parece que quieren ocupar ese espacio. Mañana en Madrid se presenta dCIDE, aproximadamente un año después de conocer que el que fuera uno de los fundadores de Ciutadans, Antonio Robles, iniciaba una nueva aventura en CINC, Centro Izquierda Nacional, que ha pasado a ser Centro Izquierda de España.

El cambio de nombre, aunque parezca algo simbólico, creo que es positivo para acabar con el trauma de la izquierda y la identidad española. Ojalá sea el principio del fin del complejo de la socialdemocracia con el término España que, lógicamente, no pertenece a ningún partido ni a ninguna ideología. Pero, ¿hay sitio para la izquierda cívica en España? Esa es una pregunta que solamente el tiempo nos la podrá contestar pero,  a mi parecer, es necesaria porque, no nos engañemos, la radicalización de la sociedad es el mayor peligro al que los ciudadanos vamos a enfrentarnos en el futuro.

El país necesita una alternativa reformista, que se muestre contundente con los adversarios políticos pero que, a su vez, sea dialogante por el bien del interés general. Alejada de los nacionalistas y los populistas, que más allá de vivir contra el PP, pueda ofrecer una alternativa sensata y fiable, ¿logrará dCIDE  todas esas cuestiones? ¿Logrará abrirse hueco? Tiene su oportunidad, siempre y cuando entiendan que, aún siendo ambiciosos, es preferible tener pocos diputados y que representen bien los valores que ganar unas elecciones a cambio de ir mutando la ideología. Por otro lado, también considero necesario cuidarse de que entren en sus filas “derechones” y españolistas sin ideología, puesto que entiendo que la lucha de dCIDE será contra los nacionalismos, contra el gallego, el vasco, el catalán y también contra el nacionalismo español.

Crear un partido desde cero tiene que ser tarea muy difícil, pero Antonio Robles y los suyos tienen cercana la historia de Ciudadanos y ahí la guía de lo que debe y no debe hacerse. Les deseo mucha suerte, como no puede ser de otra manera, y aunque sea un partido nacional, no puedo dejar de pensar en mi tierra, Catalunya, y lo bonito que sería que los constitucionalistas de izquierda tuviesen un partido que no les fuese a traicionar, como hicieron antes el PSC e Iniciativa, y que tenga la idea del lugar que debe ocupar mucho más clara de lo que la tiene Ciudadanos.

No van a conseguir que odie mi propia tierra

Escribía Jordi Juan en La Vanguardia, en su artículo titulado ¿Y si el referéndum sólo fuera un MacGuffin para despistar?, que “el objetivo final de los soberanistas catalanes no es la consulta en sí misma, sino la independencia de Catalunya. El referéndum es el instrumento para llegar a ella y lo que necesitan es cargarse de razones para convencer a una parte de la opinión pública catalana que es reticente a dar este paso. Hace ya mucho tiempo que Puigdemont y Junqueras saben que no iban a poder convocar un referéndum legal y con todas las garantías jurídicas si el Gobierno no lo autorizaba, pero han ido construyendo el relato para poder acusar al Ejecutivo de ser un sujeto pasivo y antidemocrático. Así, si el Estado español no quiere poner las urnas, contradice a buena parte de la ciudadanía catalana (siempre según todas las encuestas) y le da al soberanismo vía libre para tratar de ganar más adeptos a su causa”.

Y creo que tiene mucha razón pues, a mi parecer, el objetivo de este proceso no es conseguir la independencia, sino fingir y hacer creer a una gran parte del pueblo catalán que la lucha separatista es legítima. Para ello, necesita una España mala malísima, “malvada y opresora”, que diría el entrenador multimillonario Pep Guardiola. En ese proceso está ahora; ya lo dijo Francesc Homs, que esto era una guerra y lo es, por ahora una guerra fría que consta de batallas de dimes y diretes, de titulares y de tweets que rozan el simplismo. La revolución de las sonrisas cada vez enseña más los dientes, quizá perdiendo los papeles por primera vez, acusando, no ya a Ciudadanos y al Partido Popular de fascistas, algo que ya habíamos oído antes (de hecho, la Presidenta del Parlament los calificó de “enemigos”), sino ahora también a PSC y al Podemos catalán, por el simple hecho de que no aceptan un referéndum ilegal para escoger algo tan poco democrático como que una parte de España decida por todo el país.

A los separatistas se les está agriando el carácter y, a falta de testículos y ovarios en Puigdemont, Junqueras y compañía, mandaron a un entrenador de fútbol a dar el discurso del odio. A sabiendas de que cada vez les cuesta más mover a las personas que, poco a poco, se van dando cuenta de que la independencia no es más que una farsa, intentaron ofrecer un tono más solemne y menos festivo. Sin embargo, la realidad es que sólo 30.000 personas acudieron a Montjuïc. Se sentaron dando la espalda a la Plaza de España (qué buenos son en cuanto a simbolismo, desde la Alemania nazi no se veía una cosa igual) y, lo dicho, a falta de políticos con testiculina, intelectuales, líderes mundiales o premios nobel que apoyen la causa, fue un futbolista, que dejó el fútbol por dopaje, el encargado de dar el discurso. Josep Guardiola, que jugó con España por dinero y que fue después a jugar a una monarquía autoritaria y salpicada por el terrorismo, como es Qatar, nos habló de opresores y oprimidos.

Catalunya es un sitio peculiar; en ese sentido, sí que puede ser, verdaderamente, una tierra única y especial, pues aquí los ricos son los oprimidos y los pobres los opresores, la burguesía los colonizados y los obreros los colonizadores. En definitiva, “per pixar i no treure ni gota” que decimos por aquí.

Así, el bueno de Pep dejó atrás la revolución de las sonrisas y comenzó a atacar, a faltar el respeto, a insultar… y lo hizo como él sabe, de forma hipócrita y fingiendo ser un señor. Fue, una vez más, la vuelta al día de la marmota, ese día que se repite y del que nunca podemos salir; volvieron a utilizar los mismos argumentos para hacernos creer que un golpe de Estado puede ser democrático. “Queremos votar”, “queremos poner las urnas”… y es que es utilizando simplismos tales, como que los catalanes quieren votar porque son demócratas o que los españoles quieren impedirlo con el ejército porque la democracia española es la herencia de la dictadura de Franco, los famosos tanques con los que los separatistas sueñan con que un día entrarán por la Diagonal, que se acercan al pueblo.

Decía Rufián, quien ha conseguido ser diputado por ser el representante de los “barrigas contentas” y los “charnegos agradecidos”, que “¿dónde se ha visto que los demócratas pongan los tanques y los exaltados las urnas?”. Parece que el bueno de Rufián desconoce esos episodios en los que, a través de las urnas, Hitler llegó al poder, Austria se unió al Reich y que, gracias a los tanques de los aliados, se salvaron las democracias europeas del nazismo.

Pero no hay de qué preocuparse, en Catalunya no va a llegar la sangre al río porque no va a haber referéndum ni declaración de independencia; no va a haber soldados, ni guerra, ni tanques, pero sí va a haber muchas cosas graves.  La idea de los separatistas, lo que verdaderamente pretenden, es que cale el pensamiento de que España es un estado opresor, que rechaza la democracia catalana y que, de aquí a unos años, quién sabe, quizá se pueda volver a tensar la cuerda.

El problema es que los ataques ya no van contra el gobierno del PP ni contra esa España que no tiene cara ni ojos; los insultos ya no van a algo difuso, sino contra todos los españoles, también contra los catalanes que no somos independentistas y esas son cosas más difíciles de resolver. En ese sentido, la lucha independentista también sabe dónde está la victoria, quieren que llegue el día en el que los que no somos independentistas acabemos diciendo que ya no queremos ser catalanes. Pero Catalunya es mucho más que sus políticos separatistas y, no, no van a conseguir que odie mi propia tierra. Porque, por más que lleven décadas tratando de que no nos sintamos en casa en el lugar en el cual nacimos, los que somos hijos de obreros, que dejaron atrás sus ciudades cansados de intentar labrar una tierra que no daba frutos, no vamos a renunciar a Catalunya, así como tampoco permitir que se cuente como verdad esa leyenda que dice que en esos pisos feos del cinturón industrial de Catalunya, en los que viven personas humildes, los padres enseñaron a sus hijos a odiar a Catalunya y a amar la tierra de sus padres más que la propia. Porque eso es mentira, igual que no es verdad que esas personas no quisieran aprender catalán. La mayoría de esos padres, los míos incluidos, venían de familias que habían perdido la guerra y lucharon contra el franquismo y que salieron a la calle a reclamar el Estatut, la Autonomía de Catalunya y restablecer la Generalitat. Esos son los ciudadanos de Catalunya a los que Tarradellas agradeció su esfuerzo.

Hay que ser un necio para pensar que un catalán como yo ama más otro lugar de España que la Catalunya en la cual nació, donde se crió, donde ha vivido siempre. No han conseguido que odie mi propia tierra, pero sí han conseguido que me sienta incómodo en ella, sí han conseguido entristecerme, sí que me han hecho pensar si vale la pena estar en un lugar donde una parte de la población se cree superior racialmente a la otra. Porque a mí me gustaría seguir viviendo donde siempre lo he hecho, así como también que mis futuros hijos vivieran aquí. Pero, claro, hasta ahora, cuando me imaginaba educando a mis hijos, pensaba en hacerles ver que todas las personas somos iguales, que las banderas de los países sólo sirven para diferenciarnos en las competiciones deportivas; me veía recomendándoles leer sobre Gandhi, Mandela o Martin Luther King, a una edad más temprana de lo que lo hice yo, para que entendieran pronto que la lucha por la igualdad de las personas es muy importante. Sin embargo, cuando pienso en que si algún día tengo un hijo tendrá que ser criado en el nacionalcatalanismo de las escuelas que tratarán de adoctrinarle siento cierto agobio.

¿Tendré que decirle a mis hijos en el futuro que tengan cuidado para que el colegio no les vuelva contra su propio padre? ¿Tendré que enseñar a mis hijos una bandera española para que no olviden quiénes son y de dónde vienen? No es lo que yo querría, pues creo que la libertad es lo más preciado que tienen los seres humanos, ¿pero se puede ser libre en un lugar en el cual el odio está instaurado en los políticos, en la prensa, en la televisión, y en el que, si no eres separatista, quedas excluido?

Y por eso me voy

Algunas personas me han hecho comentarios sobre la poca actividad de este blog en los últimos tiempos. Más allá de estar “con otras cosas”, es cierto que no he buscado unos minutos para el blog porque me era difícil ser crítico con algunas cuestiones, además de que no quería escribir sobre mí mismo, ya no por timidez o humildad, sino porque considero que no es un tema de interés. De todos modos, también es cierto que a esos lectores diarios que siguen este blog les debo una explicación, de aquí la entrada de hoy.

He dejado de pertenecer a Ciudadanos y hay dos grandes factores que dan explicación a este hecho: el giro al liberalismo del partido y, sobre todo, la situación de mi agrupación local y la poca prisa del partido por resolverla.

Hace unas semanas, decidí poner fin a mi afiliación. ¿El porqué? Bueno… eso puede tener una explicación muy corta o, contrariamente, una muy larga, según se mire. Lo cierto es que tardé mucho tiempo en afiliarme a la formación naranja porque sabía que, para una persona como yo, irremediablemente libre, iba a ser muy complicado eso a lo que llaman “la disciplina de partido”. Aún así, decidí tramitar la afiliación porque era más productivo dar mis opiniones dentro de una formación política, en la que coincidía un 90% en su ideario, que quejarme desde el sofá de la mala situación política de España y la aún peor que nos asola en Catalunya.

Los intelectuales que crearon el manifiesto de Ciudadanos eran y son en su mayoría personas a las que admiro y, cuando leo lo que ellos escriben en la actualidad, sigo creyendo que sus opiniones son muy acertadas. Sin embargo, cuando oigo y leo algunas personas que dirigen el partido, me doy cuenta de que éstas están demasiado alejadas de las ideas desde las cuales partió Ciudadanos.

Uno de esos intelectuales a los cuales me refería antes, Francesc de Carreras, catedrático emérito de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona, decía en aquellos inicios que Ciudadanos tenía dos grandes riesgos: caer en el nacionalismo español y en el populismo demagogo. En ambas cuestiones, creo que el partido está corriendo en contra dirección.

A estos hechos hemos de añadir que en la última asamblea de Ciudadanos se dejasen de lado las ideas socialdemócratas de sus inicios en un giro hacia la derecha, que quizá le dará afiliados y votos (el tiempo lo dirá), pero que, a mi modo de ver, abandonará el espíritu original del partido, ese espíritu que tan necesario era en Catalunya y en el resto de España.

Muchas veces he escrito en este blog que prefiero un partido que tenga sólo un diputado que me represente bien, que no cuarenta que no lo hagan y, sí, sé que eso suena de perogrullo, pero parece que para los dirigentes no es así y eso no me gusta, por más que entienda perfectamente que, para poder implantar tus ideas, hay que gobernar. Gobernar, pero no a cualquier precio y, sobre todo, no me vale la respuesta que todos me dan, “estas cosas pasan en todos los partidos”, porque si Ciudadanos es un partido más, puedo votarlo pero no formar parte de él.

Como pasa en las relaciones de pareja, ante una separación, no hay que buscar culpables. Y, con ello, no doy la razón a los que dicen que es mejor no meterse en política, pues considero que siempre es mejor estar en política y tratar de poner tu grano de arena, por más que sí sea posible que en la política y en las relaciones de pareja, como decía un poeta, “los mejores amores sean aquellos que nunca se confiesan, que no se viven y que sólo se imaginan”.

Lógicamente, para Ciudadanos, perder un afiliado de a pie, anónimo, que no tenía aspiraciones políticas no supone nada. Y quizá ese sea el problema, que al final los que se quedan son los que tienen aspiraciones y, tristemente, muchos de los que aspiran a algo están ahí única y exclusivamente por eso, por un sueldecito que sumar. Así que, seguramente, los que nos vamos nos estamos equivocando porque dejamos el partido en malas manos, pero si el partido no hace nada por remediar estas situaciones, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros?

Antes de afiliarme, creía que las personas que forman parte de los partidos políticos eran la “crème de la crème”; mi idea era sólo pagar la cuota y ayudar en lo que pudiera. No conocía ninguno de los miembros de la agrupación de mi población, así que asistí a una carpa; cuando conocí a los miembros de C’s Rubí, quedé bastante decepcionado. Los que aspiraban a ser concejales en las elecciones municipales del siguiente año eran personas con escasas ideas políticas y con problemas a la hora de expresarse. Más allá de un joven afiliado de 18 años, los demás parecían cualquier cosa menos políticos. Comencé a leer el blog del que iba a ser candidato, así como también las redes sociales de los primeros de la lista, y eran increíbles las faltas ortográficas que podía llegar a haber. Lo cierto es que todo eso me sorprendió mucho.

Traté de interesarme por la situación de la agrupación, por cómo habían sido las cosas hasta entonces y les creí. De modo que acepté la idea de que los primeros de la lista estaban allí porque nadie más había querido presentarse y que hacían el esfuerzo de exponerse porque no había nadie más para ello. Esa fue la misma excusa que me dieron para explicar el porqué la número 4 de la lista era la esposa del número 1 y la quinta de la lista a las municipales era la esposa del 2. Aquello se corrigió y se reestructuró.

Me decidí, pues, a ayudar ese grupo, a pesar de que que no hubiese un buen equipo. Pensé que era positivo que en el ayuntamiento entrasen las ideas de Ciudadanos y, lógicamente, que el partido moderaría las acciones del futuro grupo municipal, además de que otros miembros de la agrupación, que estaban más preparados que los punteros, les podrían ayudar. Toda la agrupación trabajó de un modo impresionante; personalmente, me pedí quince días de vacaciones en el trabajo para dedicarme en cuerpo y alma a la campaña, por más que, lógicamente, como miembro de la base, no me jugaba nada.

Se conformaban con sacar dos concejales, pero se consiguieron cuatro. Cuando habían pasado unos meses de las elecciones, ya todos sabíamos que había un problema: el grupo municipal no sólo estaba perdido, sino que también actuaba a espaldas de aquellos que durante quince días habían trabajado para ellos.

C’s ya estaba en el ayuntamiento, pero para 2019 harían falta otros nombres, otras personas para conseguir la alcaldía para la formación naranja. Eso parecía que estaba claro para todos, sin embargo, no era así y los que tenían silla ya hablaban como candidatos de 2019. Fue ahí cuando todos nos miramos perplejos. ¿Qué fue de aquello de “nos pusimos en las listas porque no había nadie más”? La agrupación sabía que, con esas personas a la cabeza, en 2019 no se podría conseguir un buen resultado y pronto el grupo municipal supo que la agrupación no pensaba seguirles. Sin embargo, dado que quedaban tres años largos para las siguientes municipales y no queríamos dejar que siguieran haciendo el ridículo, se decidió ampliar la junta: con los que entraran (fuera quien fuera), la ejecutiva ganaría en preparación.

Ahí llegó mi primera sorpresa: el candidato y el coordinador no querían que saliera en esa junta el chico de 18 años que era el único, de entre los que vi el primer día, que sabía algo de política. No entendía el porqué; me hablaron mal de él, pero yo pensé que era bueno que estuviera, motivo por el cual a todo aquel que me manifestó su intención de votarme le pedí que lo votara a él también. Así, entramos los dos junto a dos personas más en esa ampliación de la junta, mientras las diferentes elecciones que se daban en poco más de un año nos tenían a los miembros de la agrupación más pendientes de las mismas que de los temas municipales.

Cuando las elecciones acabaron, se decidió renovar la Junta Ejecutiva de C’s Rubí. Quizá en ese momento debí irme, pero para entonces aún creía que las cuestiones se podían resolver desde dentro. El coordinador y número dos, sabiendo que la agrupación no estaba con el anterior candidato, insinuó sobre la posibilidad de ser él el próximo candidato en 2019. Pronto observó que esa elección no tenía demasiados apoyos y, así, reculó. Para entonces, al actual número 1 ya le había llegado esa historia, motivo por el cual me llamó un día para informarme de su intención de no presentarse a la ejecutiva (en realidad, sabía que no lo iban a votar). Sabiendo de mis apoyos dentro de la agrupación, me pidió también que formase un grupo para realizar la junta en el cual se dejase fuera al actual número 2 y coordinador. Aquella idea no tenía nada que ver con la mía y pronto se dio cuenta de ello. De este modo, habló de ciertas personas para que entrasen en la junta, argumentando su presencia con extrañas cuestiones, como que “uno tenía un camión” y el “otro una escalera”.

Es decir, yo entiendo que, para él, la junta estaba para colgar carteles. Mi idea, sin embargo, es otra, así que propongo que se presente a las elecciones una serie de afiliados, que creo que pueden ayudar mucho, tales como un abogado, un ingeniero, un pequeño empresario innovador, un futuro historiador, una persona muy relacionada con los AMPA u otra con conocimientos de economía, es decir, personas que puedan aportar talento.

En ese momento, ambos, número uno y número dos (que se estaban traicionando poco antes), vuelven a unir fuerzas y tratan de dejar de lado la nueva ejecutiva, imagino que por miedo a que otras personas les puedan quitar la silla en el futuro. Los otros dos concejales, están en contra de que la junta “ni pinche ni corte” y, precisamente por ello, también los dejan de lado a la hora de tomar decisiones.

A raíz de ahí, llega la asamblea nacional en la cual se decide que las listas electorales no serán creadas por la agrupación, sino por el partido, el cual, claro está, en realidad no es el partido en sí, sino los miembros del Comité Territorial, es decir, los amigos de los actuales 1 y 2, que no esconden que van a conseguir con sus influencias encabezar la lista, a pesar de que su agrupación no les quiera.

Avergonzados de Cs Rubí, muchos pensamos en no abandonar el partido, sino sólo la agrupación, algo que tampoco es posible con el nuevo reglamento, que obliga a formar parte de la agrupación de la ciudad en la cual resides. De este modo, muchos nos vamos y otros están en proceso.

C’s Rubí llegó a tener 43 afiliados; ahora no llegan a la veintena, por más que han vuelto a iniciar la antigua tradición de afiliar a la familia, quedando prácticamente en él familiares, derechones, ultraderechones, algún trepa y algunas personas de honor, que mucho me temo que se acabarán marchando también.

Yo ya estoy fuera desde hace unas semanas; ésta es la última vez que hablaré de C’s Rubí, a no ser que vuelva a oír que siguen hablando de lo ocurrido, tergiversando la realidad. En ese caso, volveré a escribir, dando datos más concretos de lo que ha ocurrido en realidad.

Es difícil resumir en una sola frase lo que pienso y siento respecto a Ciudadanos Rubí. Alguien que escribe mucho mejor que yo, Andrés Parra, describió perfectamente lo que pienso: “La lucha contra la corrupción moral comienza por ser su más firme opositor dentro de tu propia ‘familia’ y contigo mismo, de lo contrario serás un cooperador necesario en la próxima tiranía”. Y yo añado “y por eso me voy”.