Esta no es vuestra tierra

Mi bisabuelo estaba labrando el árida tierra de Don Tal (no voy a decir el apellido porque a día de hoy qué más da). La Guerra Civil ya estaba en marcha por entonces y el hijo del dueño, “el Señorito”, lo insultó, vejó y humilló, todo por cuestiones políticas. Mi bisabuelo se cansó, lo mandó a hacer gárgaras. El Señorito, por su lado, le mostró su autoridad. “Ésta no es vuestra tierra”. Mi bisabuelo, Juan Guisado Panadero, perdió los nervios y abofeteó al Señorito. Al día siguiente, a mi bisabuelo lo fusilaron por “rojo”.

Mi abuelo era socialista. El levantamiento nacional lo sorprendió haciendo el Servicio Militar y no le quedó otra que luchar con los mal llamados “nacionales”. Cuando volvió de la Guerra, habían matado a su padre. A su suegra también la habían fusilado porque en el treinta y uno había cosido banderas republicanas. A Rafael, mi abuelo, no le daban trabajo por “rojo”, por más que hubiera “ganado” la Guerra para los nacionales, y es que “ganar” la Guerra no era suficiente para no ser un “vencido”.

Mi padre labraba la misma tierra árida que su abuelo. Según su padre, abuelo y nieto, que compartían el mismo nombre, Juan, tenían el mismo carácter. Un día mi padre estuvo a punto de perder los nervios con un señorito que trataba de humillarlo. Su padre le pidió que estuviera tranquilo y le contó la historia de su fallecido abuelo. Ese día mi padre decidió que dejaría de labrar aquella árida tierra y marchó a Alemania. Años después, la casualidad hizo que acabara en Cataluña.

Yo nací en democracia. Mi padre era del PSOE, como mi abuelo. Luchó por las libertades y por la autonomía catalana y dedicó sus horas libres a las luchas vecinales para que en su barrio asfaltaran las calles, llegara el agua y la luz. Creía en Cataluña, así que me registró en el colegio en catalán.

Yo dejé de votar al PSC por su deriva nacionalista, mi padre haría lo mismo años después pero, para entonces, ya había votado “Sí” al Estatuto de 2006, con el cual comenzaron los problemas actuales. Se siente culpable. Me metí en política, en C’s, aunque después dejé el partido, la política nunca. Ahora los separatistas me dicen “Ésta no es vuestra tierra”, lo mismo que el Señorito le dijo a mi bisabuelo hace ochenta años.

Esta pintada es de la tienda de los padres de Albert Rivera. Podría haber estado en la casa de muchos de nuestros padres.

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Le voy a contar un secreto señor Otegi

Hola, señor Arnaldo Otegi. Usted a mí no me conoce, pero para que sepa quién le habla, le voy a decir quién soy. El día 19 de junio de 1987 yo estaba muy feliz; había sido el último día de cole y comenzaba las vacaciones. Para una niña de siete años como yo, era muy ilusionante pensar en un largo verano, en la piscina, en ir a la playa, en volver a ver a mis primos. Sin embargo, aquel verano no llegó nunca, fui con mi madre a buscar la compra al Hipercor de la Avenida Meridiana y allí acabó todo. No me dio tiempo a darme cuenta de lo que ocurrió y fue después cuando ya supe que unos señores malos habían puesto una bomba en el centro comercial. Yo ya sabía lo que era ETA por la tele; eran señores con un calcetín en la cabeza que llevaban pistolas y que mataban a militares y Guardia Civiles.

Hace ya mucho tiempo que estoy muerta, muchas horas mirando desde las alturas a mi familia, a mi madre, que se hace viejita y que sigue teniendo heridas, algunas en el cuerpo, otras en el corazón. Aún se acuerda de mí. ¿Sabe, señor Otegi? Todos los días se acuerda de mí y se pregunta cómo hubiera sido mi vida, si hubiese sido buena estudiante, si hubiese ido a la universidad, si me hubiese casado y tenido hijos. Pobrecita, no debería pensar en eso, porque lo cierto es que aquel día que los hombres malos del calcetín en la cabeza pusieron la bomba en Hipercor, acabó todo para siempre.

Señor Otegi, sé que usted era amigo de los hombres malos… ¿Qué digo amigo? Era uno de sus jefes, uno de los que dirigía lo que ustedes denominaban como guerra, esa guerra en la que los señores malos del calcetín en la cabeza estaban de un lado y las niñas de siete años, ilusionadas porque habían acabado el cole, estaban del otro. Mi madre, mi padre y mi hermanito son, cómo se dice… ¿daños colaterales? de aquella guerra. Yo, simplemente, desaparecí y desde entonces miro desde aquí, desde las alturas, a mi familia y no me entero mucho de cómo acabó la guerra.

Años después, llegó aquí a las alturas mi amigo Ernest Lluch y, como era profesor de la universidad, trató de explicarme todo y creo que, más o menos, lo entendí. Me dijo que los señores malos del calcetín, que en realidad es un pasamontañas, se llaman terroristas y que se dedican a asesinar a gente. A mi amigo Ernest también lo asesinaron, aunque creo que usted eso ya lo sabe porque, como usted era uno de los jefes de los asesinos, seguro que estaba al tanto. Cuando llegó aquí a las alturas, le pregunté si él también era una víctima de aquella guerra, pero me explicó que no había ninguna guerra en realidad y que ese término sólo lo utilizaban usted y sus amigos para justificar sus asesinatos.

El día 11 de septiembre vi que usted estaba en Barcelona y me alegré mucho, ya que pensé que venía a ver a mis padres y pedirles perdón. Lo cierto es que me asusté un poco, porque a lo mejor a ellos les costaba aceptar que usted estuviera allí, pero Ernest me dijo que no, que usted estaba allí porque ahora dice que es amigo de los ciudadanos a los que antes asesinaba. Eso no lo entendí mucho, pero debe de ser porque soy una niña de siete años que espera las vacaciones que nunca llegaron y esas son cosas de mayores.

Ernest me explicó que usted está a favor de que pongan una frontera entre Cataluña y el resto de España. Yo de esas cosas no entiendo, pero me da pena que, cuando mis primos vengan a ver a mi hermano, tengan que pasar por una frontera; pero ustedes, los de la tierra, sabrán lo que se hacen. Quien se echa las manos a la cabeza es mi amigo Vlado. ¡Ah! Perdón, que no le he presentado a Vlado. Él es un niño como yo, también tiene siete años y también espera las vacaciones que no llegan. Él es de Bosnia, ¿sabe? Y lo mataron  en una guerra que se hizo para poner fronteras dentro de un mismo país.

Él está asustado por lo que pasa en Cataluña; me ha explicado lo del nacionalismo y el profe Ernest me acabó de hacer entender lo que significa todo eso y creo que ya lo he entendido. Pero, perdone, señor Otegi, que me estoy yendo por las ramas, pues yo a lo que venía era a decirle que me ha parecido muy mal que fuese a Barcelona y no pidiera perdón a las víctimas de aquel día en el que todo se volvió negro. Y también quería decirle otra cosa, esto es un secreto, porque no se puede explicar nada de cómo son las cosas aquí, pero se lo voy a decir: desde aquí arriba, desde las alturas, las fronteras no se ven.

El Monstruo de Las Ramblas

En Barcelona desde hace meses, años quizá, teníamos la sensación de que pronto nos “tocaría” vivir un atentado, como si los ataques del terrorismo islámico fueran una suerte de lotería que tarde o temprano sabes que te va a tocar. Cuando hablábamos sobre estos temas, yo siempre defendía que no debíamos vivir en estado de pánico y que, hace unas décadas, cuando eran constantes los atentados de ETA, era mucho más probable que nos “tocara” la siniestra lotería de vivir un atentado.

Considero que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado son de los mejores preparados para la lucha contra el terrorismo y no por patriotismo, sino debido a la experiencia de combatir el terror de ETA durante décadas. Eso no quita que el islámico sea mucho más difícil de combatir ya que muchos de estos ataques han sido perpetrados por personas que estaban dispuestas a morir por la causa, motivo por el cual hace que los ataques sean imprevisibles.

Cuando me enteré del ataque del Monstruo de Las Ramblas, no estaba lejos de allí; muchos de los míos estaban también cerca y, por suerte, pronto supe que todos estaban a salvo. Pronto tratas de informarte de lo ocurrido, más preocupado por el “qué” que por el “cómo”. Una furgoneta se introduce y baja las Ramblas a toda velocidad, llevándose a su paso a todo aquel que se encuentra. Después las noticias comienzan a ser contradictorias y, hasta que no pasan veinticuatro horas, no comenzamos a saber lo que pasó.

Pasados quince días, me siento abatido, no ya por el atentado en sí ni porque murieran dos vecinos míos, uno de ellos Xavi, un pequeño de tres años, sino por observar que los políticos catalanes no pueden contenerse a la hora de hacer política separatista ni en momentos como éste. Me estoy refiriendo a varias cuestiones que poco tienen que ver entre sí, pero que se resumen en que Puigdemont y sus cuatreros han aprovechado un atentado terrorista para fingir que Catalunya tiene estructuras de Estado.

Primero, se ha querido mostrar a los Mossos como una policía eficaz, cuando se ha demostrado algo que todos sabemos, que no lo es, y por supuesto, que hay agentes que son válidos y que se han portado como héroes, que lo son. Pero la ineficacia de sus capataces ha hecho que las cosas no salgan bien. En primer lugar, se da una explosión pero no dejan investigar a las fuerzas del estado porque ellos solos se valen, dado que son cojonudos. Dan por hecho que era un laboratorio de drogas y descartan que tenga algo que ver con el terrorismo, por más que el Juez les avise. “Señoría, no exagere” fue la respuesta de Trapero y los suyos. Ni siquiera se dio importancia a que hubiesen libros en árabe y escritos en el mismo idioma; uno de ellos, al parecer, explicaba que habría atentados, pero nadie en los Mossos lo tradujo.

Aquella explosión se debió a la planificación de un atentado que salió mal y llevó a que cambiaran de planes. El jueves una furgoneta, conducida por un terrorista, atropella a cien personas, sin bolardos y jardineras que lo impidan, tal y como advirtió el Ministerio del Interior que había que hacer. Cuando se le pregunta a la Señora Colau el porqué, miente diciendo que sólo se debían poner en Navidad, cuando el escrito dice textualmente “sobre todo en Navidad”, y asegura que en lugar de colocar dichos dispositivos de seguridad, prefirió que hubiera más agentes. Sin embargo, lo cierto es que fue el Airbag quien detuvo al terrorista, que condujo seiscientos metros sin que nadie le disparara.

Después, no sé si un Mosso o un Guardia Urbano pasa mal la descripción del terrorista, diciendo “camisa blanca con rayas azules”, cuando en realidad era un polo a rayas azules y blancas, más azules que blancas. Sale andando, entra a un mercado y se escapa; pasea por Barcelona y se escapa. El jefe de los Mossos se va al palco del Camp Nou y el terrorista, andando por la calle, recorre a pie durante cuatro noches Catalunya. Aún huido y gracias a unos vecinos, lo detienen, pero el jefe de la Policía catalana es un héroe porque mandó a pastar a un periodista holandés que le pidió que hablara en castellano. Ésta es la Catalunya de hoy.

Durante los días siguientes, la prensa del régimen trata de hacernos creer que la Policía Nacional sabía que iba haber el atentado y lo calló. Sin embargo, horas más tarde, los jueces y policías belgas demuestran que avisaron del peligro del Imán de Ripoll, así como también de un posible atentado, y que fueron los Mossos los que no pasaron la información a la Guardia Civil y la Policía Nacional porque “Som Collonuts” y porque, como pronto Catalunya será un país (en sus mentes calenturientas), no necesitan ayuda de nadie.

La lectura que se hace en la Catalunya constitucionalista es que Puigdemont tiene que tragar con carros y carretas por su pacto con la CUP pero, a mi forma de ver, el grado de fanatismo es igual en cuanto al tema soberanista. Sí es cierto que la Catalunya que quieren unos y otros es diferente: la CUP inició hace unas semanas una campaña terrorista contra los turistas (ya que entendemos por terrorismo los actos que crean terror) y ahora el Estado Islámico le ha hecho un favor para que los turistas no vengan ya que, desde el extranjero, pueden tener la visión de que Barcelona es un lugar inseguro, algo que en los últimos tiempos sí es más, en parte gracias a los actos de la CUP.

Pero, como digo, Puigdemont y los suyos son igual de fanáticos, hasta al punto de separar las víctimas entre catalanes y españoles, creando la polémica y la desunión en un momento en el que Barcelona está siendo atacada. Podríamos seguir haciéndonos el tonto como en los últimos cuarenta años o tratar de ser bien pensados y creer que la separación entre muertos catalanes y españoles la hacen por información, para que las familias catalanas, preocupadas por algún desaparecido, sepan si su ser querido está entre las trece personas que perdieron la vida en Barcelona, es decir, para saber a nivel regional cuántos ciudadanos de Catalunya han muerto. Pero no, los catalanes muertos son el niño de Rubí y una señora de Vic. Sin embargo, el tío del niño, que lleva viviendo en Rubí, mi ciudad, desde los años 60, no lo han considerado como ciudadano de Catalunya porque nació en Granada, por más que lleve pagando impuestos en Catalunya toda la vida. Eso demuestra que la separación entre muertos catalanes y españoles no es por información ni proximidad, es solamente por racismo.

Esta entrada al blog no acabaría nunca si escribiera todos los agravios cometidos por el gobierno de la Generalitat, que ha antepuesto el “Procés” a la resolución del caso y ocultando información a la Policía Nacional y la Guardia Civil poniendo en peligro a todos los ciudadanos. No entienden que la explosión de Alcanar tenga relación con el terrorismo, se pasean 600 metros por la Rambla sin que nadie intente abatir al terrorista, se escapa andando y sólo es abatido gracias a la colaboración ciudadana; mientras eso sucede, el Jefe de los Mossos, el señor Trapero, manda a pastar a un periodista holandés que no entendía el catalán y se convierte en héroe nacional (regional).

La maquinaria separatista se pone en marcha y, pasados unos días, la sensación que queda en el mundo cercano al separatista es que los Mossos son los mejores (de hecho, se ponen medallas ellos mismos, ¡ole tú!) y que si no pararon el atentado es porque España no les informó; que los catalanes son acogedores, que los españoles son islamófobos y anticatalanes, que quien critique a Colau o Puigdemont hace política del sufrimiento de las víctimas (pero la CUP sí puede señalar como culpables al Rey y a Rajoy) y, al fin y al cabo, que este atentado terrorista va a servir para reactivar el sentimiento independentista que estaba a la baja.

Quien les escribe está triste estos días. Primero, porque no sé si quiero vivir en esta tierra, que es la mía, porque he podido comprobar que Catalunya está totalmente enferma; segundo, porque no tengo claro querer tener a mis hijos en un lugar donde te educan para odiar al de al lado (quien dice al de al lado dice a tu propio padre); y tercero, porque me he dado cuenta de que la lucha entre separatistas y constitucionalistas no la podemos ganar hablando, dialogando, mostrando nuestra realidad, enseñando pruebas de que tenemos la razón, sino que, por triste que parezca, ésta será una cuestión de fuerza.

Un atentado terrorista islamista ha servido para observar que cualquier cosa sirve para que los adoctrinados vuelvan a sus posiciones a la hora de defender lo indefendible y esto ocurre por una razón muy simple: Catalunya tiene dos grandes núcleos. Unos representan familias de otros puntos de España con inclinaciones hacia la izquierda, hijos o nietos de los vencidos en la Guerra que un día soñaron con la República, que más tarde lucharon contra el franquismo y que ya en democracia batallaron por el Estatuto de Autonomía para Catalunya, es decir, personas que nunca han tenido nada y que han soñado con todo, que han educado a sus hijos en la libertad y en la idea de que piensen por ellos mismos. El otro gran núcleo se encuentra conformado de familias catalanistas que apoyaron o toleraron el franquismo en su momento, que han educado a sus hijos en seguir las tradiciones y que toda la libertad que tienen es gracias a la lucha de los que ahora odian. Estos últimos han sido educados con la idea de aumentar el patrimonio y conservar el negocio y hoy ese negocio es la independencia de Catalunya.

Ciudadanos: El partido que queremos

Llegado el momento de la IV Asamblea de Ciudadanos, los que creemos que el partido naranja es vital para resolver los problemas de España tenemos la oportunidad de defender qué partido queremos. No es que C’s deba saber qué quiere ser de mayor, pues no es una formación nueva, sino un partido que se ha curtido en Catalunya picando piedra ante el Nacional-Catalanismo que controla los medios de comunicación y, lo que es peor, la educación de los pequeños donde, sistemáticamente, se adoctrina en el odio a España.

La experiencia de estos diez años de Catalunya que hizo crecer a C’s, desde no ser más que un manifiesto firmado por intelectuales a llegar a ser líderes de la oposición con 25 diputados en el Parlament catalán, son a mi opinión los cimientos en los que el partido siempre deberá apoyarse a la hora de seguir creciendo. La lucha contra los nacionalismos es muy importante y lo es también en las regiones donde no lo hay, ya que nuestro país no podrá crecer como debe si la rémora que supone el separatismo sigue presente.

Pero Ciudadanos es mucho más que su lucha en Catalunya, debe ser un partido importante en el panorama nacional porque, al fin y al cabo, es en el Congreso de los Diputados donde se resuelven los asuntos más importantes, ya que es ahí donde también está representado el pueblo soberano de todo el territorio. Ciudadanos debe ser el inicio de una democracia 2.0, en la que se acabe con la corrupción y con la política de amiguetes. Sin embargo, el control de la dignidad de sus miembros no puede ser que perjudique otras de las banderas del partido, como es la democracia interna.

La supervisión del partido a las listas electorales, sobre todo a las municipales, me parece perfecta, pero no que haga falta una cantidad imposible de afiliados para tener autonomía en las listas dado que, de este modo, puedes tratar que entre gente que haga mal al partido, pero también mantener a personas que perjudiquen al mismo. ¿Quién mejor que los propios afiliados puede decidir a sus candidatos? ¿Verdaderamente el partido puede “desde arriba” elegir a un alcaldable al que no apoyarán sus propios compañeros de agrupación?

Y, por supuesto, está el tema del ideario. C’s se nutre del Liberalismo Progresista y de la Social-Democracia y no debería perder ese equilibrio, dado que, de ser así, podría ser peligroso. Ciudadanos debe ser un lugar de acogida para los que están indignados con las viejas políticas, pero no debe ser ni un nuevo PSOE ni un nuevo PP, así como tampoco debe caer en el nacionalismo español y en el populismo demagógico. Somos no nacionalistas, no creemos en los derechos colectivos de los pueblos mientras los ciudadanos que los componen vivan en un estado democrático.

Ciudadanos, a mi opinión, no debe encerrarse en los esquemas convencionales de derecha e izquierda, pero eso no quiere decir que pueda dar cobijo a personas de cualquier ideología, ni que el partido deba moverse buscando el caladero de votos más grande, porque eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Además, nuestras políticas deben estar basadas en la razón y no en los sentimientos. Debemos dialogar con los demás partidos constitucionalistas, pero hablándoles de tú a tú, siendo conocedores de que hay millones de votantes que han depositado su confianza en el partido naranja porque, si no es así, C’s corre el riesgo de hacerse viejo en cuatro días, como le ha ocurrido a otras formaciones que nacieron con la idea de ocupar el centro del panorama político.

Un lema de campaña de éxito para Ciudadanos fue el Mejor Unidos y debemos tenerlo presente siempre, porque C’s es un partido que debe estar para unir y no para separar y, tras este congreso, sería muy triste que una parte importante de nuestro gran equipo se sintiese excluido de lo que Ciudadanos va a ser de aquí en adelante.

La CUP, el peor dolor de cabeza de Puigdemont

He visto a niños de tres años enrabietados enfrentarse a la autoridad de sus padres con más ímpetu que los miembros de la CUP a la autoridad legal española. A partir de ahí, todo lo que se diga de estos antisistemas de Iphone 7 es poco. Creo que, a estas alturas, muchos de los votantes de la CUP ya están arrepentidos de haber depositado su confianza en un grupito de fanáticos que juegan al mayo del 68.

Artur Mas y el Señor Más de lo Mismo, Puigdemont, han dejado los destinos de la autonomía en manos de unos fanáticos, cometiendo el mismo error que tuvo Companys con los anarquistas. Por suerte, hoy no vivimos en la época del pistolerismo, pero en la CUP y en sus alrededores ya se comienza a desatar la violencia, violencia de la que son culpables los que votaron a este partido.

Entre estos votantes, empiezo a oír voces que dicen que lo votaron por su políticas sociales… que si patatín que si patatán. No hay escusas, todo el mundo sabía que votar a la CUP era votar a la Kale Borroka catalana y, que tarde o temprano, la violencia llegaría a las calles.

¿Irá en aumento? Yo opino que las últimas agresiones vividas, en las que miembros (incluso concejales) del partido de extrema izquierda han agredido a miembros de la Guardia Urbana y de los Mossos, así como también el teatral acto de quemar y guillotinar fotos del Jefe del Estado, no son más que pataletas de quienes ven que el Procés se acaba.

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En las últimas semanas, la coacción a los disidentes de Catalunya, a esa mayoría silenciosa que ha comenzado a dejar de serlo, está haciendo ver a muchos lo que pasa en Catalunya, tierra que fue de entendimiento y de acogida pero que ya no es. Hoy Catalunya es uno de esos pueblos dónde los extremistas racistas y xenófobos no sólo intentan imponer su criterio, sino que también hacen ver que no hay quién no esté de su lado.

Para más inri, lo hacen disfrazados de ser antifascistas, mientras quieren imponer el fascismo. La psique de estos lares ha hecho que muchos confundan fascismo con España y antifascismo con Catalunya y eso no es que sea una solemne tontería, que lo es, sino que además es una perversión del pensamiento.

Pero que sigan, que sigan los de la CUP porque, no sólo cada día va a haber menos independentistas, sino que pronto habrá también menos personas que apoyen la posibilidad de hacer un referéndum. Porque, si es una votación de Sí o No, se coarta la palabra a los del No. ¿Qué tipo de referéndum será ese? Yo se lo diré, será un referéndum como los de Hitler, como los de Franco; un referéndum con una sola posibilidad de voto y eso los catalanes no lo van a aceptar.

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Porque, seamos serios, ¿de verdad se creen los antisistemas de la CUP que, llegado el momento, cuando los Convergents deban elegir entre el orden y la lucha callejera, van a elegir esto último? Una cosa es que los tradicionales votantes de Convergència jueguen al independentismo para reivindicar el catalanismo y otra es que los burgueses y la clase media alta se jueguen sus acomodadas vidas por un sueño imposible.

Todo el mundo que conozca un poco el centro-derecha catalanista sabe que, como dijo Cambó, “No somos ni españolistas ni separatistas, somos de abrir el negocio los lunes por la mañana y de tener contentos a los clientes“.

La CUP pide que el gobierno de Puigdemont no acate ninguna ley, que los políticos nacionalistas no puedan ser detenidos, que no haya delitos para los separatistas, que todo valga en el nou país y, sino, ya saben, aparecen pintadas intimidadoras para los Convergents.

Llevará su tiempo pero creo que las cosas ya están cambiando pues muchos que apoyaron el independentismo, o al menos el referéndum, comienzan a ver la verdadera cara del nacionalcatalanismo y ya saben que la tranquilidad, la seguridad y la libertad que les da el marco jurídico español no se lo va a dar el gobierno de la Generalitat de las Tres Cabezas.

Un día bauticé a este Proceso como el Síndrome del Traje del Emperador, recordando ese antiguo cuento en el que, ante una supuesta tela que sólo pueden ver los inteligentes, nadie se atreve a decir que no la ven. Eso es lo que está pasando en Catalunya, muchos comienzan a ver que el Procés está desnudo, pero pocos son los que aún se atreven a decirlo. Eso sí, va a más. No es tan difícil, repitan conmigo: YO NO SOY INDEPENDENTISTA.

Educando a los niños en el odio a España

Hay entradas de este Blog que duele escribir. En Catalunya se ha utilizado todos los medios, desde prácticamente el comienzo de la Transición, para que los catalanes acaben odiando a España sin saber realmente el porqué. Sutilmente, fueron introduciendo el odio desde todos los puntos: medios de comunicación subvencionados, instituciones, asociaciones culturales, clubes deportivos, desde los colegios, etc.

Ha sido un plan cocido a fuego lento, sin prisas, “avui paciència i demà independència”. Para el plan, hizo falta seducir a una parte del enemigo: hacer de los hijos “dels nouvinguts” futuros hijos de la patria, hacer crecer el número de charnegos agradecidos hasta la cifra mágica del 50% + 1 con la que dirán al mundo que hay una mayoría que quiere un “nou país”.

La tarea no era fácil, el Franquismo había aletargado a un catalanismo burgués que jamás se sintió incómodo con el Dictador y, para más inri, el President de la Generalitat  en el exilio pisaba Catalunya entonando un mensaje de unidad y no haciendo distinción entre catalanes, hubiesen nacido dónde hubiesen nacido o se apellidaran cómo se apellidaran.

Como ocurrió en la República y en la Guerra Civil, el principal enemigo del catalanismo era la izquierda, lugar dónde podían unirse progresistas ya fuesen catalanistas o no en un frente común. Los andaluces, manchegos y murcianos pidieron el Estatuto de Autonomía para Catalunya con más ahínco que los propios catalanes.

Después llegó la inmersión linguística; todos entendían que el idioma catalán e, incluso, la historia de Catalunya estaban en desventaja en los conocimientos de los catalanes y había que igualarlas con la lengua y la historia del resto de España. Qué buena fe tuvieron nuestros padres: pronto, primero el PSUC, después el PSC y ahora Podemos se han convertido en los tontos útiles del nacionalcatalanismo.

Las escuelas debían ser también clave para formar futuros nacionalistas pero había que hacerlo poco a poco, sin que los padres se dieran cuenta. Pronto, esos andaluces, manchegos y murcianos estuvieron orgullosos de que sus hijos hablasen con soltura dos idiomas. En el mundo castellanohablante, la mayoría de padres de esos niños apenas pudieron estudiar y eso hacía que dejasen la educación en los maestros. “¡Ya los tenemos!” dijeron desde el nacionalcatalanismo.

Jordi Pujol había sido educado en colegios católicos, único refugio del nacionalismo catalán. En sus primeros años, ya Josep Tarradellas nos avisa de que estaba ejerciendo una “dictadura blanca” y nos alerta sobre él. Cuando le investigan por el caso de Banca Catalana, Jordi Pujol hace que la Generalitat deje el discurso de unidad del “ciutadans de Catalunya” de Tarradellas para hablar de “nosaltres i ells” (nosotros y ellos), somos una nación y con nosotros no se juega. Jordi Pujol copiaba, de este modo, el sistema de Franco: si para el dictador cada ataque a él era un ataque a España, un ataque a Pujol era un ataque a Catalunya.

En ese 1983, en el acto de investidura de Pujol, los asistentes agreden a los miembros del PSC y PP. Es el principio del fin de la Catalunya unida pues, a partir de entonces, todo será “nosaltres i ells” y a los niños en los colegios nos empiezan a hablar de España como “ellos”. Algunos profesores se rebelan; ya unos años antes el manifiesto de los 2.300 docentes, los profesores se quejan amargamente del efecto catalanizador de la escuela. La prensa, subvencionada, se vuelca contra estos (maestros en su mayoría), se les acusa de fascistas, por más que muchos hubiesen luchado contra al Dictadura, y hasta el FC Barcelona cede su estadio para un linchamiento público contra estos profesores y periodistas, entre otros. Uno de aquellos disidentes, Jiménez Losantos, es secuestrado por la banda terrorista Terra Lliure y le disparan en una pierna, aunque lo dejan en libertad. El objetivo ya estaba conseguido, el miedo a disentir ya estaba ahí.

Miles de maestros abandonan Catalunya en esos años y la lucha contra el nacionalismo en las escuelas se pierde para los disidentes. La siguiente generación, la de mi hermano, ya será educada desde el primer día en el odio. Lo primero de todo, el primer día, le dicen que ya no se llama Javi, sino Xavi. En ese momento creo que ninguno nos dimos cuenta de lo grave que era eso, cambiarte el nombre es el primer paso para el cambio de personalidad.

En esos años ocurre un hecho horrible que nos abrirá los ojos a muchos. La guerra de Yugoslavia y la acogida en el colegio de niños bosnios. En esos meses tenemos un curso acelerado de lo que significa el nacionalismo y comenzamos a exigirles a nuestros hermanos pequeños que no se dejen catalanizar el nombre. Pero también cometemos un error, no luchamos porque no haya “nosaltres i ells”, sino que comenzamos a aceptar que hay bandos y que nosotros somos de “ellos”, de los “otros”.

Hasta entonces, habíamos aceptado con normalidad y con gusto el idioma, la cultura y todo lo relacionado con Catalunya; a partir de entonces, de algún modo comenzamos a verlo como algo que nos quieren imponer para quitarnos nuestra propia identidad, cuestión que era cierta, sólo que desde nuestra mirada de niño no supimos exigir que no había “nosotros y ellos” y que queríamos ser catalanes y españoles a la vez.

En la mayoría de los centros de la mayoría de ciudades catalanas, la educación en el nacionalcatalanismo continúa, incluso les hacen a los niños aprenderse el Himno del Segadors en el que se les insta a coger las armas contra el enemigo (los españoles).

Más tarde, a los profesores se les pide el nivel C de catalán para poder ejercer, sin embargo, de la noche a la mañana, la Generalitat anuncia que los títulos de la escuela oficial de idiomas dejaban de ser válidos. El Procés no necesita profesores de fuera que aprendan catalán, sino profesores catalanes que ya se hayan formado bajo la influencia del régimen.

En estos últimos años ya no sé qué pasa en esos colegios porque ya no estoy allí pero; sí sé que una amiga me comentó que su hijo había venido un día diciendo que él no era español, que española era su abuela porque no sabía hablar catalán y eso, obviamente, no lo piensa un niño por sí mismo.

Ahora tenemos este vídeo para saber qué es lo que pasa en Catalunya y observar horrorizados cómo, con la excusa de una obra teatral, se les inculca a unos pequeños el odio a España:

A esas gentes de derechas e izquierdas, encerradas en sí mismas pensando: ‘a nosotros no nos conseguiréis nunca’, pienso, me da igual, a vuestros hijos sí los tendremos. A estos los educaremos desde el principio en el ideal” (Adolf Hitler)

https://www.dolcacatalunya.com/2016/12/espeluznante-clase-odio-espanya-cole-cambrils/

Los españoles no se han sentido Truebistas durante las dos horas que dura una película

Cuando Oscar Wilde escribió El Retrato de Dorian Grey, una parte de la alta sociedad londinense enjuició al artista por el contenido de la obra, que fue acusada de inmoral en su época. Esta historia sobre la búsqueda de la eterna juventud a cualquier precio sería decisiva para una crítica desarraigada contra el autor, odiado y venerado a la vez, y que acabaría en la cárcel años después, tras una farsa judicial en la que, más que juzgar a Wilde, se juzgó la para algunos obra inmoral.

Con la película La Reina de España, secuela de La niña de tus ojos, protagonizada por Penélope Cruz, se está dando un caso poco común y es que se ha creado un boicot a la película que quizá haya sido decisivo a la hora del hasta la fecha fracaso comercial del film.

El boicot se ha debido a unas declaraciones del director Fernando Trueba (que ha conseguido 4 millones del Estado en subvenciones) en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Cinematografía con las cuales dijo “Nunca me he sentido español. Ni cinco minutos de mi vida“.

Según la información de El Mundo del 20 de septiembre de 2015, los beneficios del total de sus películas podrían haber estado en 4,5 millones de €, es decir, que las películas de Trueba no son excesivamente rentables.

A mí, que el señor Fernando Trueba no se haya sentido español ni 5 minutos de su vida me da bastante igual sinceramente y, si tuviera que ver su película, por interés cultural lo haría. No creo que debamos juzgar al director y a su obra en un mismo juicio pero, ¿a qué viene una frase como esa? El cineasta ha dicho que lo que no soporta son los nacionalismos de ningún sitio. Entonces, ¿está acusando a todos los españoles de ser nacionalistas?

Ya estamos en lo de siempre. ¿Se puede ser español sin ser nacionalista? Para responder esta pregunta, tendríamos que plantearnos qué es el nacionalismo; por qué a día de hoy, cuando hablamos de nacionalismo, lo hacemos del furibundo, del desmedido digamos. Cuando alguien dice que como en España no se come en ninguna parte, ¿es eso el nacionalismo español?

Yo creo que el nacionalismo español no existe, por el simple hecho de que la mayoría de personas que me he encontrado en la vida que se autodenominaban nacionalistas españoles o bien odiaban a los vascos o a los catalanes, con lo cual no son nacionalistas españoles, porque entiendo que los nacionalistas españoles no deben odiar a una parte de su propia nación.

Yo no soy nacionalista, soy español de España, catalán de Catalunya, rubinense de Rubí y no tengo la palabra España todo el día en la boca, pero tampoco voy a avergonzarme de pronunciarla como hacen los nacionalistas catalanes, que se refieren al Estado Español porque el simple hecho de decir España les produce urticaria.

No entiendo el no sentirse español porque, para ser español, sólo es necesario tener la nacionalidad española, no es más que eso; porque ser español, como sugiere Trueba, no es ser un fascista. Durante el franquismo, creían que todo aquel que no era franquista era comunista; ahora creen que todo el que no es comunista es franquista… ese y no otro es el drama de España.

Yo no soy guerracivilista, no soy frontista, no soy sectario y no sigo el boicot pero, ¿de verdad Trueba cree que la mejor manera de acabar con él es cargar contra los que lo secundan?. “No sé si me callaré en el futuro; es probable que tenga un cierto cuidado y que en el futuro me reprima alguna vez, lo cual sería lamentable, aunque sería humano  porque sería en defensa propia“.

A lo mejor, señor Trueba, no es cuestión de boicot, a lo mejor es que los españoles no se han sentido Truebistas las dos horas que dura la película. Al ver el revuelo en las redes sociales, miré el ránking de la taquilla y no pude evitar reír pues, tras La Reina de España de Trueba estaba la película No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas. Pues eso, señor Trueba, a ver si tengo tiempo y veo las dos.