Ciudadanos: El partido que queremos

Llegado el momento de la IV Asamblea de Ciudadanos, los que creemos que el partido naranja es vital para resolver los problemas de España tenemos la oportunidad de defender qué partido queremos. No es que C’s deba saber qué quiere ser de mayor, pues no es una formación nueva, sino un partido que se ha curtido en Catalunya picando piedra ante el Nacional-Catalanismo que controla los medios de comunicación y, lo que es peor, la educación de los pequeños donde, sistemáticamente, se adoctrina en el odio a España.

La experiencia de estos diez años de Catalunya que hizo crecer a C’s, desde no ser más que un manifiesto firmado por intelectuales a llegar a ser líderes de la oposición con 25 diputados en el Parlament catalán, son a mi opinión los cimientos en los que el partido siempre deberá apoyarse a la hora de seguir creciendo. La lucha contra los nacionalismos es muy importante y lo es también en las regiones donde no lo hay, ya que nuestro país no podrá crecer como debe si la rémora que supone el separatismo sigue presente.

Pero Ciudadanos es mucho más que su lucha en Catalunya, debe ser un partido importante en el panorama nacional porque, al fin y al cabo, es en el Congreso de los Diputados donde se resuelven los asuntos más importantes, ya que es ahí donde también está representado el pueblo soberano de todo el territorio. Ciudadanos debe ser el inicio de una democracia 2.0, en la que se acabe con la corrupción y con la política de amiguetes. Sin embargo, el control de la dignidad de sus miembros no puede ser que perjudique otras de las banderas del partido, como es la democracia interna.

La supervisión del partido a las listas electorales, sobre todo a las municipales, me parece perfecta, pero no que haga falta una cantidad imposible de afiliados para tener autonomía en las listas dado que, de este modo, puedes tratar que entre gente que haga mal al partido, pero también mantener a personas que perjudiquen al mismo. ¿Quién mejor que los propios afiliados puede decidir a sus candidatos? ¿Verdaderamente el partido puede “desde arriba” elegir a un alcaldable al que no apoyarán sus propios compañeros de agrupación?

Y, por supuesto, está el tema del ideario. C’s se nutre del Liberalismo Progresista y de la Social-Democracia y no debería perder ese equilibrio, dado que, de ser así, podría ser peligroso. Ciudadanos debe ser un lugar de acogida para los que están indignados con las viejas políticas, pero no debe ser ni un nuevo PSOE ni un nuevo PP, así como tampoco debe caer en el nacionalismo español y en el populismo demagógico. Somos no nacionalistas, no creemos en los derechos colectivos de los pueblos mientras los ciudadanos que los componen vivan en un estado democrático.

Ciudadanos, a mi opinión, no debe encerrarse en los esquemas convencionales de derecha e izquierda, pero eso no quiere decir que pueda dar cobijo a personas de cualquier ideología, ni que el partido deba moverse buscando el caladero de votos más grande, porque eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Además, nuestras políticas deben estar basadas en la razón y no en los sentimientos. Debemos dialogar con los demás partidos constitucionalistas, pero hablándoles de tú a tú, siendo conocedores de que hay millones de votantes que han depositado su confianza en el partido naranja porque, si no es así, C’s corre el riesgo de hacerse viejo en cuatro días, como le ha ocurrido a otras formaciones que nacieron con la idea de ocupar el centro del panorama político.

Un lema de campaña de éxito para Ciudadanos fue el Mejor Unidos y debemos tenerlo presente siempre, porque C’s es un partido que debe estar para unir y no para separar y, tras este congreso, sería muy triste que una parte importante de nuestro gran equipo se sintiese excluido de lo que Ciudadanos va a ser de aquí en adelante.

La CUP, el peor dolor de cabeza de Puigdemont

He visto a niños de tres años enrabietados enfrentarse a la autoridad de sus padres con más ímpetu que los miembros de la CUP a la autoridad legal española. A partir de ahí, todo lo que se diga de estos antisistemas de Iphone 7 es poco. Creo que, a estas alturas, muchos de los votantes de la CUP ya están arrepentidos de haber depositado su confianza en un grupito de fanáticos que juegan al mayo del 68.

Artur Mas y el Señor Más de lo Mismo, Puigdemont, han dejado los destinos de la autonomía en manos de unos fanáticos, cometiendo el mismo error que tuvo Companys con los anarquistas. Por suerte, hoy no vivimos en la época del pistolerismo, pero en la CUP y en sus alrededores ya se comienza a desatar la violencia, violencia de la que son culpables los que votaron a este partido.

Entre estos votantes, empiezo a oír voces que dicen que lo votaron por su políticas sociales… que si patatín que si patatán. No hay escusas, todo el mundo sabía que votar a la CUP era votar a la Kale Borroka catalana y, que tarde o temprano, la violencia llegaría a las calles.

¿Irá en aumento? Yo opino que las últimas agresiones vividas, en las que miembros (incluso concejales) del partido de extrema izquierda han agredido a miembros de la Guardia Urbana y de los Mossos, así como también el teatral acto de quemar y guillotinar fotos del Jefe del Estado, no son más que pataletas de quienes ven que el Procés se acaba.

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En las últimas semanas, la coacción a los disidentes de Catalunya, a esa mayoría silenciosa que ha comenzado a dejar de serlo, está haciendo ver a muchos lo que pasa en Catalunya, tierra que fue de entendimiento y de acogida pero que ya no es. Hoy Catalunya es uno de esos pueblos dónde los extremistas racistas y xenófobos no sólo intentan imponer su criterio, sino que también hacen ver que no hay quién no esté de su lado.

Para más inri, lo hacen disfrazados de ser antifascistas, mientras quieren imponer el fascismo. La psique de estos lares ha hecho que muchos confundan fascismo con España y antifascismo con Catalunya y eso no es que sea una solemne tontería, que lo es, sino que además es una perversión del pensamiento.

Pero que sigan, que sigan los de la CUP porque, no sólo cada día va a haber menos independentistas, sino que pronto habrá también menos personas que apoyen la posibilidad de hacer un referéndum. Porque, si es una votación de Sí o No, se coarta la palabra a los del No. ¿Qué tipo de referéndum será ese? Yo se lo diré, será un referéndum como los de Hitler, como los de Franco; un referéndum con una sola posibilidad de voto y eso los catalanes no lo van a aceptar.

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Porque, seamos serios, ¿de verdad se creen los antisistemas de la CUP que, llegado el momento, cuando los Convergents deban elegir entre el orden y la lucha callejera, van a elegir esto último? Una cosa es que los tradicionales votantes de Convergència jueguen al independentismo para reivindicar el catalanismo y otra es que los burgueses y la clase media alta se jueguen sus acomodadas vidas por un sueño imposible.

Todo el mundo que conozca un poco el centro-derecha catalanista sabe que, como dijo Cambó, “No somos ni españolistas ni separatistas, somos de abrir el negocio los lunes por la mañana y de tener contentos a los clientes“.

La CUP pide que el gobierno de Puigdemont no acate ninguna ley, que los políticos nacionalistas no puedan ser detenidos, que no haya delitos para los separatistas, que todo valga en el nou país y, sino, ya saben, aparecen pintadas intimidadoras para los Convergents.

Llevará su tiempo pero creo que las cosas ya están cambiando pues muchos que apoyaron el independentismo, o al menos el referéndum, comienzan a ver la verdadera cara del nacionalcatalanismo y ya saben que la tranquilidad, la seguridad y la libertad que les da el marco jurídico español no se lo va a dar el gobierno de la Generalitat de las Tres Cabezas.

Un día bauticé a este Proceso como el Síndrome del Traje del Emperador, recordando ese antiguo cuento en el que, ante una supuesta tela que sólo pueden ver los inteligentes, nadie se atreve a decir que no la ven. Eso es lo que está pasando en Catalunya, muchos comienzan a ver que el Procés está desnudo, pero pocos son los que aún se atreven a decirlo. Eso sí, va a más. No es tan difícil, repitan conmigo: YO NO SOY INDEPENDENTISTA.

Educando a los niños en el odio a España

Hay entradas de este Blog que duele escribir. En Catalunya se ha utilizado todos los medios, desde prácticamente el comienzo de la Transición, para que los catalanes acaben odiando a España sin saber realmente el porqué. Sutilmente, fueron introduciendo el odio desde todos los puntos: medios de comunicación subvencionados, instituciones, asociaciones culturales, clubes deportivos, desde los colegios, etc.

Ha sido un plan cocido a fuego lento, sin prisas, “avui paciència i demà independència”. Para el plan, hizo falta seducir a una parte del enemigo: hacer de los hijos “dels nouvinguts” futuros hijos de la patria, hacer crecer el número de charnegos agradecidos hasta la cifra mágica del 50% + 1 con la que dirán al mundo que hay una mayoría que quiere un “nou país”.

La tarea no era fácil, el Franquismo había aletargado a un catalanismo burgués que jamás se sintió incómodo con el Dictador y, para más inri, el President de la Generalitat  en el exilio pisaba Catalunya entonando un mensaje de unidad y no haciendo distinción entre catalanes, hubiesen nacido dónde hubiesen nacido o se apellidaran cómo se apellidaran.

Como ocurrió en la República y en la Guerra Civil, el principal enemigo del catalanismo era la izquierda, lugar dónde podían unirse progresistas ya fuesen catalanistas o no en un frente común. Los andaluces, manchegos y murcianos pidieron el Estatuto de Autonomía para Catalunya con más ahínco que los propios catalanes.

Después llegó la inmersión linguística; todos entendían que el idioma catalán e, incluso, la historia de Catalunya estaban en desventaja en los conocimientos de los catalanes y había que igualarlas con la lengua y la historia del resto de España. Qué buena fe tuvieron nuestros padres: pronto, primero el PSUC, después el PSC y ahora Podemos se han convertido en los tontos útiles del nacionalcatalanismo.

Las escuelas debían ser también clave para formar futuros nacionalistas pero había que hacerlo poco a poco, sin que los padres se dieran cuenta. Pronto, esos andaluces, manchegos y murcianos estuvieron orgullosos de que sus hijos hablasen con soltura dos idiomas. En el mundo castellanohablante, la mayoría de padres de esos niños apenas pudieron estudiar y eso hacía que dejasen la educación en los maestros. “¡Ya los tenemos!” dijeron desde el nacionalcatalanismo.

Jordi Pujol había sido educado en colegios católicos, único refugio del nacionalismo catalán. En sus primeros años, ya Josep Tarradellas nos avisa de que estaba ejerciendo una “dictadura blanca” y nos alerta sobre él. Cuando le investigan por el caso de Banca Catalana, Jordi Pujol hace que la Generalitat deje el discurso de unidad del “ciutadans de Catalunya” de Tarradellas para hablar de “nosaltres i ells” (nosotros y ellos), somos una nación y con nosotros no se juega. Jordi Pujol copiaba, de este modo, el sistema de Franco: si para el dictador cada ataque a él era un ataque a España, un ataque a Pujol era un ataque a Catalunya.

En ese 1983, en el acto de investidura de Pujol, los asistentes agreden a los miembros del PSC y PP. Es el principio del fin de la Catalunya unida pues, a partir de entonces, todo será “nosaltres i ells” y a los niños en los colegios nos empiezan a hablar de España como “ellos”. Algunos profesores se rebelan; ya unos años antes el manifiesto de los 2.300 docentes, los profesores se quejan amargamente del efecto catalanizador de la escuela. La prensa, subvencionada, se vuelca contra estos (maestros en su mayoría), se les acusa de fascistas, por más que muchos hubiesen luchado contra al Dictadura, y hasta el FC Barcelona cede su estadio para un linchamiento público contra estos profesores y periodistas, entre otros. Uno de aquellos disidentes, Jiménez Losantos, es secuestrado por la banda terrorista Terra Lliure y le disparan en una pierna, aunque lo dejan en libertad. El objetivo ya estaba conseguido, el miedo a disentir ya estaba ahí.

Miles de maestros abandonan Catalunya en esos años y la lucha contra el nacionalismo en las escuelas se pierde para los disidentes. La siguiente generación, la de mi hermano, ya será educada desde el primer día en el odio. Lo primero de todo, el primer día, le dicen que ya no se llama Javi, sino Xavi. En ese momento creo que ninguno nos dimos cuenta de lo grave que era eso, cambiarte el nombre es el primer paso para el cambio de personalidad.

En esos años ocurre un hecho horrible que nos abrirá los ojos a muchos. La guerra de Yugoslavia y la acogida en el colegio de niños bosnios. En esos meses tenemos un curso acelerado de lo que significa el nacionalismo y comenzamos a exigirles a nuestros hermanos pequeños que no se dejen catalanizar el nombre. Pero también cometemos un error, no luchamos porque no haya “nosaltres i ells”, sino que comenzamos a aceptar que hay bandos y que nosotros somos de “ellos”, de los “otros”.

Hasta entonces, habíamos aceptado con normalidad y con gusto el idioma, la cultura y todo lo relacionado con Catalunya; a partir de entonces, de algún modo comenzamos a verlo como algo que nos quieren imponer para quitarnos nuestra propia identidad, cuestión que era cierta, sólo que desde nuestra mirada de niño no supimos exigir que no había “nosotros y ellos” y que queríamos ser catalanes y españoles a la vez.

En la mayoría de los centros de la mayoría de ciudades catalanas, la educación en el nacionalcatalanismo continúa, incluso les hacen a los niños aprenderse el Himno del Segadors en el que se les insta a coger las armas contra el enemigo (los españoles).

Más tarde, a los profesores se les pide el nivel C de catalán para poder ejercer, sin embargo, de la noche a la mañana, la Generalitat anuncia que los títulos de la escuela oficial de idiomas dejaban de ser válidos. El Procés no necesita profesores de fuera que aprendan catalán, sino profesores catalanes que ya se hayan formado bajo la influencia del régimen.

En estos últimos años ya no sé qué pasa en esos colegios porque ya no estoy allí pero; sí sé que una amiga me comentó que su hijo había venido un día diciendo que él no era español, que española era su abuela porque no sabía hablar catalán y eso, obviamente, no lo piensa un niño por sí mismo.

Ahora tenemos este vídeo para saber qué es lo que pasa en Catalunya y observar horrorizados cómo, con la excusa de una obra teatral, se les inculca a unos pequeños el odio a España:

A esas gentes de derechas e izquierdas, encerradas en sí mismas pensando: ‘a nosotros no nos conseguiréis nunca’, pienso, me da igual, a vuestros hijos sí los tendremos. A estos los educaremos desde el principio en el ideal” (Adolf Hitler)

https://www.dolcacatalunya.com/2016/12/espeluznante-clase-odio-espanya-cole-cambrils/

Los españoles no se han sentido Truebistas durante las dos horas que dura una película

Cuando Oscar Wilde escribió El Retrato de Dorian Grey, una parte de la alta sociedad londinense enjuició al artista por el contenido de la obra, que fue acusada de inmoral en su época. Esta historia sobre la búsqueda de la eterna juventud a cualquier precio sería decisiva para una crítica desarraigada contra el autor, odiado y venerado a la vez, y que acabaría en la cárcel años después, tras una farsa judicial en la que, más que juzgar a Wilde, se juzgó la para algunos obra inmoral.

Con la película La Reina de España, secuela de La niña de tus ojos, protagonizada por Penélope Cruz, se está dando un caso poco común y es que se ha creado un boicot a la película que quizá haya sido decisivo a la hora del hasta la fecha fracaso comercial del film.

El boicot se ha debido a unas declaraciones del director Fernando Trueba (que ha conseguido 4 millones del Estado en subvenciones) en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Cinematografía con las cuales dijo “Nunca me he sentido español. Ni cinco minutos de mi vida“.

Según la información de El Mundo del 20 de septiembre de 2015, los beneficios del total de sus películas podrían haber estado en 4,5 millones de €, es decir, que las películas de Trueba no son excesivamente rentables.

A mí, que el señor Fernando Trueba no se haya sentido español ni 5 minutos de su vida me da bastante igual sinceramente y, si tuviera que ver su película, por interés cultural lo haría. No creo que debamos juzgar al director y a su obra en un mismo juicio pero, ¿a qué viene una frase como esa? El cineasta ha dicho que lo que no soporta son los nacionalismos de ningún sitio. Entonces, ¿está acusando a todos los españoles de ser nacionalistas?

Ya estamos en lo de siempre. ¿Se puede ser español sin ser nacionalista? Para responder esta pregunta, tendríamos que plantearnos qué es el nacionalismo; por qué a día de hoy, cuando hablamos de nacionalismo, lo hacemos del furibundo, del desmedido digamos. Cuando alguien dice que como en España no se come en ninguna parte, ¿es eso el nacionalismo español?

Yo creo que el nacionalismo español no existe, por el simple hecho de que la mayoría de personas que me he encontrado en la vida que se autodenominaban nacionalistas españoles o bien odiaban a los vascos o a los catalanes, con lo cual no son nacionalistas españoles, porque entiendo que los nacionalistas españoles no deben odiar a una parte de su propia nación.

Yo no soy nacionalista, soy español de España, catalán de Catalunya, rubinense de Rubí y no tengo la palabra España todo el día en la boca, pero tampoco voy a avergonzarme de pronunciarla como hacen los nacionalistas catalanes, que se refieren al Estado Español porque el simple hecho de decir España les produce urticaria.

No entiendo el no sentirse español porque, para ser español, sólo es necesario tener la nacionalidad española, no es más que eso; porque ser español, como sugiere Trueba, no es ser un fascista. Durante el franquismo, creían que todo aquel que no era franquista era comunista; ahora creen que todo el que no es comunista es franquista… ese y no otro es el drama de España.

Yo no soy guerracivilista, no soy frontista, no soy sectario y no sigo el boicot pero, ¿de verdad Trueba cree que la mejor manera de acabar con él es cargar contra los que lo secundan?. “No sé si me callaré en el futuro; es probable que tenga un cierto cuidado y que en el futuro me reprima alguna vez, lo cual sería lamentable, aunque sería humano  porque sería en defensa propia“.

A lo mejor, señor Trueba, no es cuestión de boicot, a lo mejor es que los españoles no se han sentido Truebistas las dos horas que dura la película. Al ver el revuelo en las redes sociales, miré el ránking de la taquilla y no pude evitar reír pues, tras La Reina de España de Trueba estaba la película No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas. Pues eso, señor Trueba, a ver si tengo tiempo y veo las dos.

Ciudadanos del pasado al presente

Cuando me afilié a Ciudadanos, aún no había realizado su definitiva expansión nacional. Yo sabía que C’s siempre había sido un partido nacional, por más que al principio su labor se desempeñase solamente en Catalunya. En las elecciones europeas, se había obtenido un gran resultado que fue definitivo para que el partido naranja decidiese dar el gran salto. ¿Hasta dónde se podía llegar? Para este partido, no hay nada imposible. Cuando nació en Catalunya, nadie apostaba un duro por Ciutadans: un partido no nacionalista no podía tener futuro y, a pesar de ello, consiguió 3 diputados en el Parlament que llegaron a ser 9 y después 25.

Llegó la posibilidad de unirse a UPyD buscando ese gran espacio de centro entre populares y socialistas que desde la disolución del CDS estaba prácticamente vacío. El reto era ilusionante, por más que en España los partidos de centro siempre han tenido una vida corta.

Cuando Ciudadanos era un partido básicamente catalán, todos los que simpatizábamos con C’s teníamos claro cuál debía ser el objetivo de la formación si, definitivamente, acababa presentándose a las elecciones generales. Dicho objetivo no era otro que, con una nueva formación, se pudiera recoger el voto de los que habían quedado desencantados con el bipartidismo. De ese modo, habría tres fuerzas: una de derecha, otra de centro y otra de izquierda que podrían ayudarse a la hora de gobernar y, así, se conseguiría algo muy importante para el bien de España, que los nacionalistas no pintaran nada.

El problema de los nacionalistas, de Convergència y del PNV, quizá no se entienda del todo fuera de Catalunya y de Euskadi pero, verdaderamente, ha sido un lastre que PSOE y PP les necesitaran para formar gobierno, dado que estos partidos no colaboraban por el bien nacional sino que usaban su apoyo para chantajear al Gobierno. Muchas veces, cuando se comenta esto, se puede pensar que Jordi Pujol chantajeaba por el bien de Catalunya y que, así, se pensara que, “si yo soy catalán, entonces, ¿de qué me puedo quejar?”. Pero ese es el error. Jordi Pujol y demás responsables de Convergència no buscaban lo mejor para Catalunya, sino para el catalanismo y, para que el catalanismo durara, hacía falta que el pueblo catalán sintiera a Jordi Pujol como su gran líder y, para eso, nada mejor que hacer creer a Catalunya que él defendía a los catalanes del resto de una España que les odiaba.

La táctica siempre fue la misma, “avui paciència i demà independència” (hoy paciencia y mañana independencia). Para que eso ocurriera, Convergència debía mantenerse en el poder todo el tiempo que fuera necesario hasta que toda una generación, educada en el independentismo y en el odio a España, pudiera hacer que en Catalunya hubiera una mayoría independentista. Para eso, Convergència necesitaba socios: su socio natural por el lado nacionalista debía ser Esquerra Republicana pero, en los principios de la democracia, eso era imposible. Por más que hoy quizá no se entienda, CiU y ERC representaban dos formas totalmente diferentes de ver Catalunya, en esa época aún quedaban personas que habían vivido la Guerra y disputas familiares, batallas y fusilamientos entre uno y otro bando estaban muy presentes.

De modo que, curiosamente, para que Pujol y los suyos pudiesen llevar su plan, necesitaban a los partidos de Madrid. Pero, ¿cómo lograr eso? Primero, consiguieron el apoyo del PSC, que antes de las primeras elecciones estaba separado entre Convergència socialista y el PSOE en Catalunya. Joan Reventós, presidente de Convergència socialista, advirtió del “peligro de un triunfo en solitario del PSOE en Catalunya”. De este modo, Joan Reventós entiende que la única salida es aliarse con el PSOE pues, así, conseguía los votos de las personas que votaban a Felipe González y se los llevaba a una formación en realidad nacionalista. El propio Reventós escribiría en sus memorias inacabadas “Tal com ho vaig viure” (Tal y como lo viví) que “Los socialistas nos hubieran partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol”.

El PSC ya estaba desmontando, manejado por catalanistas jamás criticarían el mal gobierno de Convergència. Pero llegó otro problema: si el PSC se unía con fuerzas independentistas de izquierda, Pujol podía perder el poder, de modo que Pujol buscó un nuevo aliado, el Partido Popular. Desde ese momento, pactos del Majestic aparte, Convergència y Partido Popular encontraron algo que beneficiaba a ambos, la catalanofobia. Pujol sería odioso, los populares mostrarían odio a Catalunya y, de ese modo, la catalanofobia daría votos al PP en el resto de España y a Convergència en Catalunya.

Que se destapara la corrupción de Pujol y compañía, el mayor caso de corrupción política de España y con creces, aceleró el proceso independentista. Entonces, PP y PSC reaccionaron contra el Pujolismo, pero para ese momento ya era tarde y sólo el nacimiento de Ciutadans en Catalunya portaba la bandera contra el independentismo. De ahí que fuese tan importante que Ciudadanos consiguiera anular el poder nacionalista en el Gobierno central. Si su implantación era posible, estaría hecho, o eso pensábamos pues, de repente, en aquellas elecciones europeas aparecía un partido de extrema izquierda liderado por un telepredicador llamado Podemos.

La presencia de Podemos, a primera vista, no tenía porque ser mala, serían cuatro partidos los que debían entenderse y el bipartidismo acabaría. Sin embargo, desde ese momento a las elecciones, la metamorfosis del partido morado ponía en peligro el plan de C’s ya que los nacionalistas, de la mano de Podemos, seguirían teniendo poder. Compromís, En Marea y En Comú harían que el nacionalismo siguiera presente en el Gobierno si Podemos formaba parte de él. Tras dos elecciones, y mucho debate y polémica, se logró formar un gobierno sin que los nacionalistas pudieran seguir chantajeando al Gobierno central.

Las encuestas de antes de las elecciones de diciembre, y que Albert Rivera sea el líder más valorado por los españoles, ha supuesto que muchos estén decepcionados con los resultados, por más que el objetivo (mínimo) del partido se haya conseguido.

Pero, más allá de resultados y de sensaciones, ¿ha conseguido C’s hacer entender su idea a sus votantes? En este año de locura, he leído a personas decir que no votarían más al partido naranja porque había llegado a un acuerdo con el PSOE; otros decían lo mismo tras el acuerdo con el PP. Estas personas, desde luego, no han comprendido lo que representa este partido, del mismo modo que desde la formación no estuvieron acertados al decir antes de las elecciones que no se pactaría con nadie, sin explicar que pactar y llegar a un acuerdo de investidura no es lo mismo.

Pero, ¿ahora qué? ¿Debe acercarse el partido a la opinión de quienes les han votado o debe seguir firme en sus ideales y tratar de que más personas se acerquen? Yo, que me considero una persona idealista, tengo claro que me quedo con la segunda opción, aún y a sabiendas que la postura del partido requiere de mucha paciencia a la hora de explicar el proyecto. Desde luego, C’s no debería cambiar dependiendo de si tiene o no más votantes que vengan del PP o del PSOE. Quien sea del PP y quiera que C’s se convierta en el nuevo PP y los que sean del PSOE y quieran que Ciudadanos sea el nuevo PSOE se equivocan, así como también están confundidos los que ven en el partido una forma rancia de unidad nacional y no quieren un país diverso pero unido. Defender la diversidad siempre fue una de las banderas de C’s durante años, por más que veo simpatizantes que no acaban de entender eso.

Veremos qué es de Ciudadanos en el futuro, pero yo, personalmente, espero que mantenga los valores y principios de sus comienzos y que no por intentar coger las manzanas del suelo pierda las que ya tiene en el cesto.

Entre Donald Trump y Belén Esteban

Siempre me han sorprendido esas personas que, cuando van al cine, hablan de una película diciendo que se trata de un filme de Bruce Willis o de Julia Roberts o del actor que sea, por el simple hecho de que las películas no son de los actores, son de los directores. Yo voy a ver películas de Woody Allen o de Danny Boyle, pero nunca he ido a ver una película por un actor porque, como es obvio, el estilo lo pone el director o el guionista y la película la hace todo un equipo, un equipo en el que, nos gusté o no, la mayoría de las veces los actores son lo de menos. Sin embargo, cuando la gente va a ver las películas de Mario Casas o de Adriana Ugarte es porque, probablemente, desde el propio mundillo del cine se vende que el cine es de los actores y no de los directores, por más que, si reflexionamos, es obvio que no es así.

En el mundo de la política, pasa algo parecido, muchos son de este o aquel actor, es decir, de tal o cual político cuando lo que deberíamos es tratar de ser de unos ideales, de una ideología, mucho más que de un partido o de un político. Así ocurre que son más importantes los actores que, incluso, el personaje; la actuación que el contenido. Los avatares políticos de los últimos tiempos han hecho que, para muchos, la política se haya convertido en una película sencilla, de buenos y malos, de indios y vaqueros. No obstante, no nos damos cuenta de que, en esas películas, que son vistas desde el lado de los vaqueros, nos parece que los vaqueros son los buenos y ni siquiera nos hemos planteado que no pueda ser así. Nunca hemos visto el lado de los indios y, como lo desconocemos, no son los nuestros sino los otros, los de ellos.

Hay un  gran número de personas, unos por edad y otros por desgana, que nunca habían prestado atención a la política y que, sin embargo, ahora parecen ser grandes especialistas. A pesar de ello, si les preguntases qué es la socialdemocracia, el liberalconservadurismo, el socioliberalismo o cualquier otro pensamiento político, no sabrían decirte ni la historia de esos movimientos ni qué significan, ni siquiera qué partidos se asocian a esas corrientes de pensamiento. Todo es una peli de vaqueros, de buenos y malos, una peli enfocada desde un solo punto de vista. Y eso hace que haya miles de personas que, verdaderamente, se crean que el Congreso se divide entre “La Gente” y “Los Fascistas”.

Ha cuajado la idea de que, porque no todo haya salido bien, porque haya habido casos de corrupción política y judicial, la democracia no es real y esa irrealidad se achaca a ser una herencia del franquismo, por eso, todos los que piden respeto a la democracia y a la Constitución son fascistas. Pero lo cierto es que es completamente al revés. Primero, y como es obvio, porque los corruptos son los que no han respetado la Constitución y, segundo, porque esa corrupción judicial que todo el mundo achaca a que los jueces, en parte, son elegidos por los partidos políticos, en realidad muestra el desconocimiento de que, en realidad, eso fue un punto exigido por la izquierda para firmar la Constitución y que, precisamente, Alianza Popular y la UCD de Adolfo Suárez estaban en contra de ello.

Sin embargo, ahora leemos el presente como si el partido que está en el Gobierno fuese quien ha redactado esa norma. La creencia de que quien gobierna hace y deshace sin tener que rendir cuentas es muy común en nuestro país cuando, en realidad, no es así, entre otras cosas gracias a la Constitución. De este modo, en esta eterna campaña electoral que hemos vivido y que ha durado más de un año, cada vez que la policía o los medios de comunicación han sacado a la luz un caso de corrupción del PSOE, de Podemos o de un partido nacionalista, se ha achacado a que estos están dirigidos por el partido que gobierna. No obstante, si repasamos la hemeroteca, el 80% de los casos de corrupción que han salido en este tiempo pertenecían al Partido Popular.¿Entonces? ¿Hay un gobierno fascista que controla todo o vivimos en una democracia donde la policía y la prensa tienen su calendario propio y no miran, si hay elecciones o no, para destapar un caso de corrupción?

¿Entonces por qué muchos tienen la sensación de que el Gobierno dirige los jueces, la policía y la prensa? ¿Por qué ven la película sólo desde el lado del vaquero y no del indio? Por qué, sino, los de más a la izquierda y los nacionalistas no protestan cuando hay personas que rodean el Congreso de los Diputados el día en el que, democráticamente, los representantes del pueblo están invistiendo al Presidente del Gobierno, nos guste o no, sea quien sea ese Presidente que, por cierto, a mi tampoco me gusta

A partir de la investidura es cuando comienza la verdadera película. Pero muchos no quieren verla por el director que somos los españoles, los de derecha, los de izquierda, los de centro, los andaluces, los madrileños, los vascos, los conservadores, los socioliberales, los comunistas… sino que quieren ver los actores, a sus actores preferidos, aunque hagan de villanos, como fue el caso de Pablo Iglesias o de Gabriel Rufián. Eso sí, Rufián tiene una excusa, él quiere que la película sea mala, quiere que España fracase, de hecho, está en Madrid y no en el Parlament de Catalunya porque es un político mediocre. Por este motivo no está en el gobierno de Catalunya y está en el Congreso de los Diputados, pues saben que allí puede hacer perfectamente el papel de Tardà, un bufón burlesco e irrespetuoso, con la tranquilidad de que en el Congreso no tiene nada que hacer, no tiene trabajo, no ha de hacer que el país vaya a mejor, sino que solamente debe entorpecer del mismo modo que estos años ha hecho Tardà. Pero al estilo charnego, para que en Madrid vean que los hijos de los que vinieron desde otros puntos de España ya están bajo el abrazo del independentismo.

Peor es el caso de Iglesias cuando parafraseó a Primo de Rivera al decir que el Congreso no representaba al pueblo, sino que el pueblo estaba fuera. Aplaudió a Oskar Matute de Bildu y se quedó quieto cuando PP, PSOE, Ciudadanos y PNV aplaudieron a las víctimas de ETA. Eso sí, Pablo Iglesias perdió el protagonismo, no fue el malo de la peli, Rufián le ganó, consiguió dividir el Congreso entre los que para él son la gente y los fascistas, pero que en realidad son constitucionalistas y guerracivilistas. Que Rufián fuese el protagonista es lo de menos, lo peor es el estilo, entre Donald Trump y Belén Esteban, y sobre todo que haya una parte de la población que lo defienda porque ha visto la película desde el lado de los vaqueros.

Lo importante es buscar el bien de España y España no es el Rey, ni el Presidente, ni siquiera el Himno o la bandera; España son los ciudadanos que vivimos en este país y, por mucho que haya quien no le guste España, no se sienta cómodo con su historia, con su presente o con lo que sea, deben dejar de engañarse, no se puede querer el bien de los ciudadanos sin que el país vaya bien. Si a España le va bien, a nosotros nos irá bien y eso solamente se consigue uniendo fuerzas y no poniendo palos en las ruedas, como hacen Iglesias, Rufián y compañía.

Fuente de la fotografía de portada: elperiodico.com

Acabó el bipartidismo

Hace un par de años, todo el mundo parecía que estaba de acuerdo en que tenía que acabar el bipartidismo. Sin embargo, después nos hemos dado cuenta de que muchos de esas personas no sabían qué significaba eso. Acabar con el bipartidismo no significaba que PP o PSOE dejaran de ser la fuerza más votada, sino que, para gobernar, no pudieran hacerlo en mayoría, que España no funcionase de Real Decreto en Real Decreto y que más de una fuerza política fuese determinante para el gobierno de nuestro país.

Quienes querían que Podemos y Ciudadanos ocuparan el lugar de PP y de PSOE no querían un fin del bipartidismo, sino que hubiera otro bipartidismo. Es más, a la vista de las declaraciones, muchos de los que no querían bipartidismo no querían tampoco pactos. Obviamente, esos no saben ni lo que quieren, pues el fin del bipartidismo son los pactos, el fin de este dominio de populares y socialistas se consigue cuando otras fuerzas políticas son protagonistas de las decisiones.

La aparición de Ciudadanos y Podemos debía conseguir eso. Ese iba a ser el cambio de esta época. De hecho, hubo la posibilidad de un gran cambio ya que también hubo la ocasión de que pasáramos de un gobierno conservador en mayoría a la opción de que se diera un pacto de centro izquierda entre socialdemócratas y socioliberales. Pero no pudo ser y todos sabemos que aquello no se consiguió, única y exclusivamente, porque Podemos había hecho las cuentas de la vieja y creía que, sumando los votos de Izquierda Unida, daría el “sorpasso” a los socialistas en unas nuevas elecciones.

Pero Pablo Iglesias y los suyos se equivocaron. En política, 2+2 no siempre son 4 y las nuevas elecciones supusieron una pérdida de 3,6 puntos para Unidos Podemos y, en porcentaje, el PSOE alzó el vuelo. Finalmente, esas segundas elecciones beneficiaron al Partido Popular y dejó a España sin alternativa ninguna a que gobernara Mariano Rajoy.

Cualquiera que esté puesto en política nacional entendía que había que dejar gobernar a los populares porque, de haber unas nuevas elecciones, el partido de Mariano Rajoy aún ganaría por más. El PSOE, sin embargo, pareció no entender eso, al menos Pedro Sánchez no lo entendió y tardó mucho en darse cuenta de que había que permitir que el país arrancara. Esa tardanza y no otra cosa es lo que ha llevado a los socialistas a una crisis interna que ya veremos cómo acaba.

La mayor diferencia en este periodo entre Ciudadanos y Podemos es que Ciudadanos ha llegado a la política nacional a acabar con el bipartidismo, mientras que Podemos ha querido formar parte de él. Podemos ha querido ocupar el lugar del PSOE y eso no es ni bueno ni sano. En países con más tradición demócrata, como es el caso de Dinamarca, rara vez el partido ganador consigue más del 25% de los sufragios y, a menudo, para formar gobierno, tienen que realizar pactos de tres o cuatro partidos. En España estamos lejos de que esto pueda ocurrir pero, aunque no lo parezca, es lo ideal. No obstante, hay una diferencia enorme entre ambos países, pues en España existe el guerracivilismo, votamos a uno para que no gane el otro, mientras que ellos tienen claro que hay que votar a quien te va a representar bien, gane o no.

Lógicamente, en España estamos aprendiendo. Nuestra democracia es joven, pero ya hemos podido ver que Ciudadanos, con 32 diputados, está siendo más importante que Podemos con 71. Los de Pablo Iglesias puede que sean los mejores en Twitter o en propaganda pero, una vez en las instituciones, no saben qué hacer. Podemos ha dedicado todos estos meses a crear un clima que llevara a las terceras elecciones, a esas terceras elecciones que supondrían superar al PSOE. Ese y sólo ese ha sido su objetivo, aunque ni siquiera lo han conseguido.

Los españoles deben comprender que Podemos no quiere lo mejor para España. ¿Cómo va a querer lo mejor para un país quien quiere pactar con quien desea romperlo? ¿Cómo vamos a tomar en serio a un partido de extrema izquierda que quiere pactar con PNV y Convergència, dos partidos de derechas? ¿Cómo vamos a confiar en alguien que va de la mano con Bildu, que dice que Otegi es un hombre de paz y que los empresarios son terroristas?

Cuando el próximo Gobierno eche a rodar, tenemos una gran oportunidad para dar un paso adelante como país. Los partidos de la oposición, PSOE, Ciudadanos y Podemos, tienen la obligación de controlar al Gobierno, de ser constructivos y de hacer país teniendo algo claro: que, aunque el presidente siga siendo Rajoy, ya ha comenzado el cambio y el bipartidismo se ha acabado.