La CUP, el peor dolor de cabeza de Puigdemont

He visto a niños de tres años enrabietados enfrentarse a la autoridad de sus padres con más ímpetu que los miembros de la CUP a la autoridad legal española. A partir de ahí, todo lo que se diga de estos antisistemas de Iphone 7 es poco. Creo que, a estas alturas, muchos de los votantes de la CUP ya están arrepentidos de haber depositado su confianza en un grupito de fanáticos que juegan al mayo del 68.

Artur Mas y el Señor Más de lo Mismo, Puigdemont, han dejado los destinos de la autonomía en manos de unos fanáticos, cometiendo el mismo error que tuvo Companys con los anarquistas. Por suerte, hoy no vivimos en la época del pistolerismo, pero en la CUP y en sus alrededores ya se comienza a desatar la violencia, violencia de la que son culpables los que votaron a este partido.

Entre estos votantes, empiezo a oír voces que dicen que lo votaron por su políticas sociales… que si patatín que si patatán. No hay escusas, todo el mundo sabía que votar a la CUP era votar a la Kale Borroka catalana y, que tarde o temprano, la violencia llegaría a las calles.

¿Irá en aumento? Yo opino que las últimas agresiones vividas, en las que miembros (incluso concejales) del partido de extrema izquierda han agredido a miembros de la Guardia Urbana y de los Mossos, así como también el teatral acto de quemar y guillotinar fotos del Jefe del Estado, no son más que pataletas de quienes ven que el Procés se acaba.

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En las últimas semanas, la coacción a los disidentes de Catalunya, a esa mayoría silenciosa que ha comenzado a dejar de serlo, está haciendo ver a muchos lo que pasa en Catalunya, tierra que fue de entendimiento y de acogida pero que ya no es. Hoy Catalunya es uno de esos pueblos dónde los extremistas racistas y xenófobos no sólo intentan imponer su criterio, sino que también hacen ver que no hay quién no esté de su lado.

Para más inri, lo hacen disfrazados de ser antifascistas, mientras quieren imponer el fascismo. La psique de estos lares ha hecho que muchos confundan fascismo con España y antifascismo con Catalunya y eso no es que sea una solemne tontería, que lo es, sino que además es una perversión del pensamiento.

Pero que sigan, que sigan los de la CUP porque, no sólo cada día va a haber menos independentistas, sino que pronto habrá también menos personas que apoyen la posibilidad de hacer un referéndum. Porque, si es una votación de Sí o No, se coarta la palabra a los del No. ¿Qué tipo de referéndum será ese? Yo se lo diré, será un referéndum como los de Hitler, como los de Franco; un referéndum con una sola posibilidad de voto y eso los catalanes no lo van a aceptar.

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Porque, seamos serios, ¿de verdad se creen los antisistemas de la CUP que, llegado el momento, cuando los Convergents deban elegir entre el orden y la lucha callejera, van a elegir esto último? Una cosa es que los tradicionales votantes de Convergència jueguen al independentismo para reivindicar el catalanismo y otra es que los burgueses y la clase media alta se jueguen sus acomodadas vidas por un sueño imposible.

Todo el mundo que conozca un poco el centro-derecha catalanista sabe que, como dijo Cambó, “No somos ni españolistas ni separatistas, somos de abrir el negocio los lunes por la mañana y de tener contentos a los clientes“.

La CUP pide que el gobierno de Puigdemont no acate ninguna ley, que los políticos nacionalistas no puedan ser detenidos, que no haya delitos para los separatistas, que todo valga en el nou país y, sino, ya saben, aparecen pintadas intimidadoras para los Convergents.

Llevará su tiempo pero creo que las cosas ya están cambiando pues muchos que apoyaron el independentismo, o al menos el referéndum, comienzan a ver la verdadera cara del nacionalcatalanismo y ya saben que la tranquilidad, la seguridad y la libertad que les da el marco jurídico español no se lo va a dar el gobierno de la Generalitat de las Tres Cabezas.

Un día bauticé a este Proceso como el Síndrome del Traje del Emperador, recordando ese antiguo cuento en el que, ante una supuesta tela que sólo pueden ver los inteligentes, nadie se atreve a decir que no la ven. Eso es lo que está pasando en Catalunya, muchos comienzan a ver que el Procés está desnudo, pero pocos son los que aún se atreven a decirlo. Eso sí, va a más. No es tan difícil, repitan conmigo: YO NO SOY INDEPENDENTISTA.

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