Poca gloria para “el mal catalán” Eduardo Mendoza

Lógicamente, no esperaba yo que, por el hecho de que el catalán Eduardo Mendoza ganara el Premio Cervantes en Barcelona, la gente saliera a la calle a celebrarlo, así como tampoco que alguien fuese a Canaletas como cuando el Barça gana un título. Sin embargo, sí esperaba que los medios de comunicación catalanes alardearan algo más de ello. El catalanismo significa el amor a la identidad, a la cultura y a las costumbres catalanas, ¿no? Pues me parece muy extraño que no se le dé bombo a que un catalán se le entregue tan importante premio.

Pero, claro, ¿es Eduardo Mendoza un bon català? Pues, miren, en esta Catalunya mentalmente enferma, que diría Boadella, no. Eduardo Mendoza no es un buen catalán. Primero, porque si fuese un buen catalán, se llamaría Eduard. ¡¿Qué es eso de ponerle una “o” de más al nombre?! ¡¿Se habrá visto semejante sometimiento al imperio invasor?! Pero eso es un detalle sin importancia, comparado con el pecado mortal de este genial escritor. ¿Sabéis cuál es su pecado? En las obras de Mendoza, no se muestra la Catalunya nacionalista, es decir, no fa país.

Escribe sobre una Barcelona pluricultural, bilingüe, en la cual los personajes mezclan sin darse cuenta castellano y catalán y, para más inri, en su obra Sin noticias de Gurb tiene la osadía de escribir la historia de un extraterrestre que ve desde fuera que los catalanes estamos mentalmente enfermos.

La prensa catalana no celebra como debe el triunfo de Eduardo Mendoza porque el nacionalismo no celebra ese triunfo y no lo hace, no ya porque Eduardo sea un “charnego” (que también, además “charnego” de los peores, de los que tienen un apellido de origen castellano y otro de origen catalán), sino porque el escritor se ha mostrado siempre crítico y contrario a los nacionalismos y eso en Catalunya se paga.

Además, escribe en castellano, esa lengua colonial que hablan esos extraños colonos que viven en los barrios pobres, mientras los colonizados viven en los barrios ricos. Con lo que a Mendoza no se le considera parte de la literatura catalana porque sólo lo nacionalista es catalán. Eduardo Mendoza no es part del poble català, que diría Forcadell, sino que es part dels enemics de la nostra terra.

Cuando en los primeros años de la democracia las encuestas empezaron a decir que, la mayoría de los catalanes tenía como lengua materna el castellano, el nacionalismo comenzó la dura batalla de la inmersión lingüística que, con el pretexto de que los catalanes conocieran por igual ambas lenguas, trataba en realidad de exterminar el castellano como lengua oficial de Catalunya.

En enero de 1979 apareció en la revista Els Marges un manifiesto cuyos autores consideraban que, cuatro años después de la dictadura, la situación de la lengua catalana era peor que en la época del franquismo, así como también que era “urgente la necesidad de restituir a la lengua catalana su inalienable condición de lengua nacional de Catalunya”, como si verdaderamente hubiera lenguas propias de las extensiones de tierra y no lenguas maternas y oficiales.

En el primer discurso de investidura del Príncipe de los Ladrones, Jordi Pujol, éste anunció que actuaría firmemente para que el catalán “fuese la lengua propia de Catalunya”, mientras que al castellano lo calificó como “propia de una buena parte de los ciudadanos de Catalunya”, es decir, propia de algunos catalanes pero no de Catalunya, lo que es lo mismo que asimilarlo al nivel del Árabe, el Chino o el Alemán.

Desde entonces y hasta ahora, distintos manifiestos han clamado por la igualdad entre ambas lenguas e identidades, desde los 2.300 al Foro Babel, pasando por partidos políticos o plataformas como Sociedad Civil Catalana. Eduardo Mendoza ha cometido el “delito” de estar ahí siempre que se lo han pedido y, por eso, no es un Bon Català. 

En una tierra en la que a los valientes se les atemoriza y en la que la mayoría de personas se pone de perfil ante los asuntos del nacionalismo, catalanes ilustres, como el premiado escritor o muchos otros, no han tenido miedo y, por eso, la Catalunya nacionalista les silencia. ¿Cómo puede vender el nacionalismo el odio del resto de España a Catalunya cuando, de los últimos cinco españoles que han conseguido tan prestigioso galardón, cuatro de ellos eran catalanes? Fácil respuesta, estos no son catalanes o al menos no buenos catalanes.

Fuente de la fotografía de portada: La Vanguardia
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