Otro año de promesas incumplidas

Como en esos propósitos para cada año que nunca cumplimos (ponernos a dieta, ir al gimnasio, aprender inglés, etc.), en la Catalunya política el propósito que no se va a cumplir es, un año más, el de la independencia. El proceso soberanista está siendo la tumba y, a la vez, el hilo de vida que le queda a Convergència, un partido que, mientras fue regionalista, fue quien más apoyo obtuvo en Catalunya y que, sin embargo las últimas encuestas le sitúan ya como la tercera fuerza en unas hipotéticas elecciones catalanas.

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Elcharnego agradecido de Rufián ha salido raudo y veloz, ante dichas encuestas que sitúan a ERC como primera fuerza, para decir que su formación no busca ganar las elecciones, sino ganar el referéndum de independencia. Mucho me temo que será cuestión de tiempo que eso cambie. En mi opinión, el futuro de Catalunya está en un pacto ERC-Podemos-CUP en el que entrará el PSC si es necesario.

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Me sorprendería mucho que Convergència apoyase un pacto con Esquerra, liderado por estos últimos, entre otras cosas porque no creo que haya un escenario peor para los clásicos votantes de CiU que una Catalunya liderada por ERC.

Por eso, el Señor Mas De Lo Mismo, Puigdemont, no quiere mirar más allá del referéndum de septiembre, el cual anuncia a bombo y platillo como si éste fuese el final del camino, cuando la realidad es que no es más que volver a la casilla de salida, regresar a ese butirreferéndum de noviembre de 2014, en el que los separatistas tuvieron que observar cómo casi 4 millones de personas dieron la espalda a la votación y prefirieron quedarse en casa.

¿Qué hay de diferente entre aquel referéndum y éste? Ninguna, pues por más que lo repitan una y mil veces, la Generalitat de Catalunya no tiene potestad para realizar esta votación y nos quedará ver si esta vez el gobierno actúa de forma más contundente y no permite que los separatistas utilicen los datos de los catalanes de forma irregular.

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Obviamente, hasta que llegue la fecha, la demagogia nacionalista seguirá, volveremos a oír esas frases, tales como “Por qué no dejan que sepamos cuánta gente apoya el proceso”, como si después de vivir cuatro elecciones en un año no hubiéramos comprobado ya que los separatistas no sólo es que sean menos, sino que cada día van menguando.

En Catalunya todos sabemos que jamás habrá independencia, pero también sabemos que, mientras más tiempo dure el monotema del proceso, más largas serán las colas en los hospitales y mayor será la tensión en la calle, así como también el adoctrinamiento en las escuelas, donde desde hace décadas se educa a los niños catalanes en el odio a España, el cual muchas veces es también el odio hacia sus propios padres o abuelos.

El nuevo 9-N trae la novedad de que Colau, bajo la tutela de miembros de Podemos como Errejón, apoyan un referéndum que sólo va a servir para que las políticas sociales queden al margen del debate diario y que la política catalana se centre en cómo desconectar a Catalunya del resto del país.

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Podemos es el nuevo tonto útil que recoge votos de constitucionalistas para cedérselos al nacionalismo catalán. Ese trabajo antes era del PSC, pero ahora lo hace Podemos que es, sin duda, el problema con el que Catalunya se va a encontrar en los próximos años.

En fin… como hemos dicho al principio, es hora de lanzar promesas que no vamos a cumplir. Haremos dieta, nos apuntaremos al gimnasio, aprenderemos inglés y seremos independientes. Como cada año.

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Mejor una España… ¿Roja? ¿Rota? ¿O azul?

A José Calvo Sotelo se le asocia la frase: “Es mejor una España roja que una España rota”. Al parecer, la frase la dijo siendo Diputado en el Congreso, aunque hay una versión más larga de la misma cita que podría haber sido pronunciada por Calvo Sotelo en un mitín en Urumea, San Sebastián, y que dice: “Entre una España roja y una España rota, prefiero la primera, que sería una fase pasajera, mientras que la segunda seguiría rota a perpetuidad”.

Algo así pensé yo mismo cuando, en Barcelona, Barcelona en Comú sacaba del Ayuntamiento a Convergència i Unió. Ada Colau era para mí algo así como un mal menor ante un ayuntamiento separatista. Meses después, tuve que reírme, aunque no tenga gracia, cuando oí a la propia Colau y a miembros de su partido decir que en Catalunya hacía falta un partido de izquierdas catalanista, más allá de que un socialista o un comunista no puedan ser nacionalistas por ideología propia, cosa que da la impresión de que las personas de izquierdas parecen olvidarse.

¿Acaso se habla de nacionalidades en la internacional socialista? “El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser”(…) “Agrupémonos todos, en la lucha final.El género humano es la internacional”. Mundo, género humano… ¿dónde hay lugar para el nacionalismo en la izquierda?

Lo importante es que en Catalunya todos los partidos de izquierda son o catalanistas o nacionalistas o independentistas. De modo que, en todo caso, en Catalunya lo que se necesita es un partido de izquierda no catalanista, no nacionalista, no separatista. Para lo demás, ya está la CUP, ERC, Podemos, PSC, etc. etc. etc.

Más preocupante es que los partidos de izquierdas nacionales, por cierto complejo histórico, apoyen el nacionalismo. Por muchas vueltas que le queramos dar, la libertad no está en dejar que una ley la pueda votar el pueblo si esa misma ley quita libertad al pueblo. El archifamoso referéndum catalán no es más que aceptar que la soberanía no está en los ciudadanos sino en los territorios, en las expansiones de tierra, tal y como ocurría en la época feudal.

Si en alguna zona de Andalucía, Castilla o Extremadura la familia de los Duques de Alba dijeran de hacer un referendúm para que en sus tierras hubiera leyes propias, Podemos y PSOE pondrían, con razón, el grito en el cielo. Pues no es muy distinto lo que quieren hacer en Catalunya. Sin embargo, la izquierda no es capaz de quitarse el complejo. Durante 40 años Franco secuestró España, sus símbolos, sus instituciones… pero no eran suyas. ¿Entonces? ¿Por qué la izquierda no se sacude el complejo y comienza a sentir España con naturalidad? ¿Por qué le avergüenza su propio país?

Ese sentimiento de la izquierda es el que hace que se asocie al nacionalismo. Como si defender la unidad de España fuese cuestión de “fachas” y no de constitucionalistas. ¿Todavía seguimos con los traumas de la Guerra Civil? Entonces, si Podemos o algún otro partido de izquierdas se presenta como nuevo, me pregunto yo, ¿se puede ser nuevo teniendo la cabeza en la Guerra Civil? ¿Prefiere la nueva izquierda una España rota para siempre que una España azul por un tiempo?

Porque ni siquiera se puede entender que ni PSOE ni Podemos se acerquen al nacionalismo por reeditos electorales puesto que ni en Catalunya ni en el País Vasco ni en Galicia gana Podemos ni PSOE, ni siquiera entre los dos juntos pueden gobernar. ¿Por qué la izquierda puede aceptar la independencia de tres regiones españolas donde eternamente gobierna la derecha con fuerzas conservadoras como Convergència, PNV y PP? ¿Verdaderamente no se dan cuenta de que España quedaría rota y que Galicia, el País Vasco y Catalunya son azules y no rojas?

¿Por qué tratamos de ver la independencia como algo progresista y de izquierdas y que, en las llamadas “naciones históricas”, ganen una y otra vez fuerzas conservadoras? ¿Por qué personajes como Iceta, líder del PSC, dice que prefiere pactar con independentistas de derechas y no con el Partido Popular? ¿Para un constitucionalista de izquierdas no es menos mala una España azul temporalmente que una España rota para siempre? ¿Por qué Iceta no tiene narices a decir eso ante unas elecciones catalanas? Y es que, antes de las autonómicas, calcó el discurso de Ciudadanos, de hecho, hasta Podemos en Catalunya calcó dicho discurso, motivo por el cual Colau y los suyos no apoyaron a Iglesias en su momento. ¿Es lícito que Podemos quiera recoger en las autonómicas catalanas el voto de los constitucionalistas y en las generales el de los independentistas?

Yo no quiero una España azul, ni una España roja. Mi deseo es que haya una España naranja o una España de mezcla de colores. Lo que sí sé es que no quiero una España rota, que no quiero un país de pueblos enfrentados, de vecinos y de familias que no se miran a la cara y, desgraciadamente, en ese camino vamos. Lo que sí sé es que prefiero una España azul o roja temporalmente que una España rota para siempre.

Recuperar el sentido común en Cataluña

No hace tanto, el Partido Popular y Convergència i Unió eran algo así como hermanos siameses. En Catalunya muchos votantes del PP votaban a CiU y, en cambio, muchos votantes de CiU en las Elecciones Generales votaban a los Populares pues, al fin y al cabo, representan cosas similares, siendo ambos el partido que quería conservar en España los poderes que tenían desde tiempos muy lejanos. Con la deriva separatista, Convergència ha variado su ruta, pero el que fuera el partido de Pujol no dejaba de representar a esas familias que eran franquistas con Franco y monárquicas con el Rey, con tal de estar con el poder.

En realidad, la crisis política española es en gran parte a causa del divorcio del PP con CiU, dos partidos que en algunos asuntos han actuado como mafias sicilianas que tenían un pacto de no agresión, un pacto que a mí como catalán me duele especialmente ya que con él han tenido a mi tierra como campo de juego. La catalanofobia ha sido parte central del gran plan pues que los catalanes fueran mal vistos daba votos la PP en el resto de España y creaba una actitud hostil hacia Catalunya que beneficiaba a Convergència en mi tierra.

Sin embargo, el Partido Popular no cuidó a Jordi Pujol y la lucha de los medios de comunicación y de Ciudadanos en el Parlament, además de la inestimable ayuda de la ex del hijo de Pujol, Maria Victoria Álvarez, ha destapado muchos de los asuntos de la familia que durante años ha actuado (y sigue haciéndolo) en Catalunya como si de una familia real se tratara.

El independentismo de Convergència no es más que una cortina de humo, un tirar para adelante, con tal de salvar la cabeza de Jordi Pujol y los demás implicados en el saqueo que se ha hecho en Catalunya por parte de estos caraduras que se han vendido como padres de esta. Fingir que el dinero no ha “trincado” Convergència y decir que España nos roba han sido el truco de magia para que en todos estos años en mi tierra no se haya hablado del mayor caso de corrupción de Europa perpetrado por Pujol y los suyos. La independencia lo ha tapado todo.

El problema es que lo de la Independencia, que era un objetivo y para eso llevan treinta años comiendo la cabeza a los niños en los colegios y la televisión catalana, se tuvo que adelantar y, claro, nos topamos con el problema de que en Catalunya la mayoría de las personas no son independentistas y éste es en el himpas donde nos encontramos ahora, tratando de hacer tiempo hasta que los separatistas sean el 50% +1.

Para que eso ocurra, se dan todas las posibilidades: hacer votar a los menores de 18, a los extranjeros, incluso la ANC ya ha dicho que no votarán los ciudadanos de Catalunya sino el pueblo catalán, es decir, sólo votarían los nacidos en Catalunya.

Hay que reconocer que en Convergència listos son. Artur Mas se ha quitado de en medio y, como Presidenta del Parlament (que es quien verdaderamente está cometiendo irregularidades), han puesto a Carme Forcadell quien, en realidad, no es del partido.

Los que sí son de Convergència, Homs, Mas y demás personas que han tenido que ir a declarar por el butifarréndum del 9 de noviembre, tratan de hacerse los fuertes pero lo cierto es que, tras el último 11 de septiembre en el que acudieron un millón de personas menos que el año anterior, se empiezan a oír muchas voces que reculan. Desde Convergència se comienza a dudar, ya se descarta realizar el referéndum unilateral y hablan de cómo hacer uno vinculante.

La CUP, que son conscientes de que no habrá independencia y de que, probablemente, vayamos a nuevas elecciones, tratan de no romper el pacto con Junts pel Sí para que la sociedad tenga claro que ellos son los verdaderos independentistas.

Lo triste de la Catalunya que viene es que en ella quizá Podemos o el nuevo partido que creen Colau y los suyos pueden verse beneficiados cuando los que han votado independentismo en el futuro abandonen esa opción. Los partidos que apuestan por un referéndum sin decir si quieren el Sí o el No son aún más dañinos para esta tierra que los propios independentistas.

Catalunya debe volver al “seny”, al sentido común y no dejar de defender sus posturas, no dejar de defender su cultura y su lengua, pero siempre teniendo en cuenta que la cultura y la lengua castellanas son tan catalanas como el catalán. En realidad, es ese el punto de unión que los catalanes tenemos y por el cual deberíamos resolver las diferencias. No necesitamos que el PP machaque a Catalunya, no sólo porque crea independentistas, que sí los crea, sino porque quien está desinchado el globo separatista es el propio pueblo catalán.

Espero que llegue el día en el que los que están más cerca del idioma y la cultura catalanes defiendan la catalanidad de las costumbres y el idioma castellanos, así como los que estamos más cerca del idioma y la cultura castellanos tenemos que defender también la españolidad de las costumbres y el idioma catalanes. Ese es el verdadero punto de unión y no enfrentar a la sociedad como quieren hacer los separatistas y Podemos.

A Colau este año sí le interesa ir al 11 de septiembre

La buena de Ada Colau dice que irá al aquelarre separatista del 11 de septiembre. Normal, ¿acaso alguien creía que tenía algo mejor que hacer ese día? Lo curioso es que se vuelva a la pregunta “¿Es separatista Colau?”, como si no supiésemos a día de hoy quién es la alcaldesa de Barcelona, una persona que ha vivido del cuento toda su vida y que ha llegado a la alcaldía de la capital catalana “sin dar un palo al agua”.

El año pasado por estas fechas, cuando la actividad política estaba en las elecciones autonómicas catalanas, la amalgama de partidos que formaban Catalunya Sí que es Pot analizó las elecciones y pensó que, puesto que los catalanes iban a ver los comicios como un referéndum separatista y sabiendo que los independentistas estarían unidos a Junts pel Sí, lo ideal era no mostrarse partidario de la separación, eso sí, sí a favor de una consulta para votar si se quiere o no balcanizar España.

La táctica era recoger votos de los independentistras que buscaban una salida tras una votación y también las de los constitucionalistas de izquierda. Pablo Iglesias dobló turno por el llamado cinturón rojo para conseguir que, en aquellas ciudades donde a principios de la democracia dominaba el comunismo, volviera a resurgir el sentimiento.

Podemos, Barcelona en Comú y las demás formaciones que estaban asociadas  ambos habían conseguido buenos resultados en las municipales de unos meses antes. Barcelona en Comú había sido primera fuerza en la capital catalana y Ada Colau había sido aclamada como la mesías de la ciudad condal al grito (en castellano) de sí se puede.

Las encuestas al principio situaban a Catalunya Sí que es Pot como tercera fuerza, muy cerca de Ciudadanos y lejos de la unión de Convergència y ERC en Junts pel Sí. Sin embargo, tanto Pablo Iglesias hacía un discurso españolista (por el que Artur Mas llegó a compararle con José María Aznar) que el candidato de la coalición Franco Rabell (que había votado sí en el butirreferéndum del 9 N) aseguraba no ser separatista, sino que ese voto había sido de protesta contra el PP por no dejar hacer un referéndum, no importándole a Franco Rabell que fuese ilegal.

Ese no saber si eran o no eran, el sí pero no de la formación hizo que Catalunya Sí que es Pot bajara en las encuestas. Sin embargo, lo que verdaderamente les hundió a límites insospechados y no ser ya tercera fuerza sino cuarta fue el “desliz” que tuvo el teniente de alcalde y compañero de Colau, Gerardo Pisarello, cuando hubo el sainete en el balcón del ayuntamiento en plena exhibición castellera.

El separatista Alfred Bosch, concejal de ERC, exhibió una estelada, a lo que Alberto Fernández del PP respondió mostrando una bandera constitucional española. A ese comportamiento de niños, respondió de forma lamentable Pisarello, tratando de arrebatar la bandera nacional a Fernández como si esta fuese una imagen del diablo, mientras que no le importaba en absoluto que los separatistas enseñaran la bandera del odio y de la xenofobia antiespañola que representa la estelada.

El batacazo de Catalunya Sí que es Pot fue de libro obteniendo menos diputados de los que ya tenía Iniciativa per Catalunya, que formaba parte de la coalición. Tras formar el Parlament, los miembros del partido dan una de cal y otra de arena para mojarse lo menos posible a la hora de decantarse por estar con la ilegalidad o con los independentistas.

Con las elecciones Generales, Podemos descubrió la panacea en tierras catalanas. Ganó las elecciones con los votos de muchas personas situadas a la izquierda de la izquierda y otros que buscaban la revolución. Sin embargo, lo que le hizo ganar fue que los independentistas votaran a Pablo Iglesias creyendo que éste les traería el ansiado referéndum.

Y es por eso por lo que Ada Colau este año sí va al acto separatista, vislumbrando que, si fracasa  Junts pel Sí, quizá unas nuevas elecciones podrían hacer que los que hasta ahora votaban fuerzas independentistas esta vez le voten a ella. Colau no tiene ideología, no tiene principios, será lo que haga falta con tal de conseguir lo que quiere y sabiendo que, por más escándalos que cometa, por más que deje a la Policía indefensa y a los comerciantes hundidos a causa de los manteros, por más que haya enchufado a su pareja y amigos en el ayuntamiento, por más que se haya descubierto que el anterior alcalde, el señor Trias le financiaba cuando era líder de la PAH, muchos catalanes están con ella, con ellos, porque muchos siguen pensando que son los de abajo, que son el pueblo, por más que Colau y sus enchufados realmente sean de vivir del cuento.

 

Fuente de la fotografía de portada: periodistadigital.com

No es sólo un partido de fútbol, es una manifestación por la libertad

Sé que para muchas personas fuera de Catalunya no será algo noticiable que, ayer, en una ciudad española, se reunieran para ver un partido de España frente a una pantalla gigante pero, tristemente, así están las cosas por mi tierra.

Hasta hace unos años, para prácticamente nadie, la Selección Española o cualquier selección deportiva tenía tintes políticos. Todo era tan natural como que los españoles quisieran que ganara España y, salvo algún radical, la mayoría de personas, incluso las que hoy dicen que son independentistas, animaban a la Selección Española.

Pero Catalunya, como dijo Albert Boadella, está mentalmente enferma. Hoy, animar a la Selección, ponerte la camiseta de España, tristemente es significarte políticamente y algo tan natural como poner una pantalla en una ciudad española como Barcelona, cosa que incluso con gobiernos de Convergència se hizo, ahora, en la Barcelona enferma de Ada Colau y su gobierno de enchufados de Podemos, es algo prohibido.

Todo el mundo con dos dedos de frente sabe que Colau y los demás dirigentes de Podemos en Catalunya son separatistas pero, como ha hecho el PSC durante décadas, se mueven en el alambre para obtener votos de uno y otro lado. Por eso, no dejan que los aficionados al fútbol puedan poner una pantalla en Barcelona.

Electoralmente, ver en Barcelona banderas españolas no es bueno para Podemos porque, sin el voto independentista, sería quinta fuerza. Sin embargo, con el voto negativo de los que quieren romper España, unido al de la extrema izquierda, serán primera fuerza destacada, es por ello que Podemos quiere conseguir  los votos de Izquierda Unida, la CUP, Esquerra y hasta los de Convergència en Catalunya.

Lo más triste de todo es que, después de politizar Catalunya, después de menospreciar la Senyera y ensalzar ese trapo guerrillista que es la Estelada, entre los separatistas y la extrema izquierda quieran hacer ver que una bandera española o una camiseta de la Selección es signo de nacionalismo y que, además, suponga significarte políticamente, pero no lo es.

Cuando España ganó el Mundial, las calles estaban llenas de personas con camisetas de España, así como también banderas en los balcones, y en las redes sociales veías a gente celebrándolo. Algunos de estos ahora ya no lo hacen porque dicen ser independentistas. El sentimiento independentista es mayor que hace 4 años pero menor que en el último, sin embargo la confrontación y los temores se han hecho más grandes y evidentes.

Hace unos años, veía con total naturalidad llevar una camiseta de la Selección por la calle y hoy, sin embargo, no. Hoy tengo miedo de que me pueda repercutir en el trabajo o recibir una agresión porque sé que la línea de camiseta-español-nacionalista-fascista está en las cabezas de la Catalunya mentalmente enferma.

Para los nacionalistas xenófobos catalanes, que personas como yo lleven una camiseta o bandera de España es un signo de no estar adaptado, porque ellos siempre olvidan que yo nací aquí, que soy de aquí, que no he tenido que adaptarme a ningún sitio y que para mí es natural llevar la bandera catalana porque soy catalán y la española porque soy español.

En señales como estas, donde en Barcelona un partido supuestamente no separatista como Podemos se pone en manos de los de siempre y prohíbe poner una pantalla para ver a la Selección, es donde se percibe ese apartheid que existe en las instituciones catalanas, con la complacencia de una parte de la población cercana al separatismo que, a sabiendas que esto pasa, calla, mira para otro lado y disimula .

Cuestiones disparatadas como estas hicieron que surgiera una plataforma para poder poner las pantallas en Barcelona. Sin embargo, no sólo Colau y los suyos le dieron con la puerta en las narices, sino que en una carpa unas chicas fueron golpeadas cuando recogían firmas en la calle. Ayer, Ciudadanos aprovechó un acto de partido para que los barceloneses pudieran ver el partido cerca del Arco del Triunfo de Barcelona y, sí, sé que habrá quien diga que es populismo, sé que habrá quien diga eso tan absurdo de que están mezclando el fútbol y la política, pero la realidad es que, no sólo era un partido de fútbol, sino también una defensa de la libertad y una prueba más de que la mayoría silenciosa no va a callarse más, por más que nos quieran prohibir expresarnos, nos traten de atemorizar o nos boicoteen los actos.

Así están las cosas por estas tierras en las que los que somos tan raros, por ser catalanes de Catalunya y españoles de España, tenemos que mendigar para que nos dejen ver un partido de fútbol, que no es sólo un partido sino también una manifestación por la libertad.

Para Ada Colau, un Okupa vale más que un policía

Mientras Barcelona vuelve a temer que llegue la noche, no puedo por menos que escribir esta nota para dar mi apoyo a los cuerpos de seguridad, que tan mal están siendo tratados por parte de los políticos en Catalunya.

La alcaldesa de la ciudad condal, Ada Colau, en todas las declaraciones pone a un mismo nivel a los Mossos o a la Guardia Urbana que a los Okupas que vuelcan coches, queman cubos de basura y agreden a los policías.

No hay Estado de Derecho sin Ley y no hay Ley sin personas que la guarden. El servicio que hacen los miembros de seguridad a la ciudadanía es algo impagable y, sin embargo, parece ahora que tengan que justificarse por todo lo que hagan, dando la imagen de que estamos en un estado represivo, en el que los policías coartan la libertad de los ciudadanos.

Es obvio que la Policía, en un país democrático y más en el siglo XXI, no debe excederse en sus actos. Pero, ¿acaso alguien cree que alguien mejor que ellos sabe hasta dónde deben llegar? Y, sí, sé que me dirán que hay casos de policías que han abusado de su autoridad, pero ¿no hay también profesores que lo han hecho? ¿Y médicos? Y, claro, no hablemos ya de políticos.

Colau, esa cómica que hace papel de política, una persona de dudoso nivel para representar a los barceloneses y que lleva viviendo del cuento toda la vida, aprovechándose de los necesitados, no sólo ha demostrado su ineptitud como Alcaldesa, sino que además ha dicho una mamarrachada de tal nivel como que “Los vecinos deben hablar con los Okupas”, es decir, que son los pobres vecinos que han de sufrir tener una alcaldesa incompetente, los que deben solucionar el problema.

¿Y usted para qué está, además de para hacer esas cosas que dijo que no haría, como ir a los palcos a ver los partidos de fútbol acompañada de la Jet Set?

Barcelona está perdiendo toda su magia por momentos y se está convirtiendo en una ciudad sin ley, dominada por okupas que no pagan impuestos y donde los malos de la película son los contribuyentes que se levantan a las 5h de la mañana para ir a trabajar; donde los manteros y las mafias que hay tras ellos tienen bula papal por parte de la alcaldesa y los comerciantes tienen que ver cómo sus negocios se vienen abajo porque los impuestos no les dejan respirar.

¿Y la Policía qué? Ellos ponen la cara y, si se la rompen, han de quedarse quietos y callados, mientras que, contra los okupas o los manteros, no se puede hacer nada. Los llamados ayuntamientos del cambio son una especie de mundo al revés en el que los delincuentes y los vagos están bien mirados, mientras que las personas honradas, que se ganan la vida dignamente, y los miembros de seguridad son parte de la opresión.

Por favor, seamos serios, Barcelona hasta los Juegos Olímpicos no estaba en el mapa y, ahora, ya hay países que recomiendan a sus ciudadanos no viajar a la capital catalana. La Colau se está cargando esta gran ciudad y, para más inri, el PSC le da ahora apoyo. Un poquito de seriedad, por favor, a los políticos, a la política y Colau… a lo que quiera que sepa hacer.

 

Fuente de la fotografía de portada: elperiodico.com

¿Prohibir las “esteladas” en la Copa del Rey? Permítanme que no esté de acuerdo

Sé que hoy muchos de los lectores no estarán de acuerdo conmigo y, en parte, entiendo su punto de vista, pero la realidad es que estoy en contra de que no dejen entrar a los seguidores del F.C. Barcelona con “esteladas” a la final de la Copa del Rey. Y no lo estoy por varios motivos.

El primero de ellos, porque creo que estamos confundiendo cuestiones. A mí no me gusta que se esté convirtiendo en tradición que la Final de un trofeo futbolístico sea un akelarre nacionalista. Me parece deleznable que se pite al himno de España ya que representa a todos los españoles, más allá de nuestras creencias y, de hecho, aún está en los Juzgados si pitar al himno es un delito o no. Para mí, sí debería serlo.

Pero en un Estado de Derecho, no hay actuaciones morales sobre lo que está o no está bien, sino que hay reglas, leyes que hay que cumplirse y, si se debe cambiar la Ley sobre lo que se puede o no se puede llevar a un estadio deportivo, que se cambie, pero si se cambia y nos quita derechos es algo que estaremos pagando toda la sociedad española.

He escrito muchas veces que ser independentista no es un delito, no va contra la Ley ni contra la Constitución; lo que sí va contra todo eso es la independencia y contra la independencia hay que luchar con todas las armas del Estado. Pero los independentistas son libres de creer lo que quieran, por más que estén equivocados en sus pensamientos.

Sobre este tema, yo no soy dudoso. Tengo que convivir cada día con el delirio independentista, con un nacionalismo xenófobo y de corte racial que cree que las personas como yo somos ciudadanos de segunda, por el simple hecho de que mis padres no nacieron en Catalunya y de que yo no soy catalán de pleno derecho, a pesar de que he nacido en Barcelona. De hecho, yo soy seguidor del Real Madrid, de modo que no hay ningún lazo que me una a este asunto. Pero esta prohibición me parece mal por dos cuestiones: una, porque coarta la libertad de los españoles y, dos, porque le da a la “estelada” un estatus que en realidad no posee.

La estelada no significa nada, no representa a ningún pueblo. ¿Por qué prohibir un trapo que realmente no significa absolutamente nada?  ¿Por anticonstitucional? Si la declaran anticonstitucional, inventarán otra bandera al día siguiente. Más se deberían preocupar de que en Catalunya haya “esteladas” en lugares oficiales, en ayuntamientos y otras entidades, pues eso sí es un delito, eso sí debe perseguirse, como también deben perseguirse casos como que el gobierno catalán utilice manifestaciones como la del 11 de septiembre, cuando ya había comenzado la campaña, para hacer uso partidista, del mismo modo que nos debería preocupar también que los medios de comunicación financiados de Catalunya trabajen para el pensamiento único nacional-catalanista, que TV3 haga más propaganda al independentismo que el NO-DO a Franco, que en los colegios se esté educando a los niños hacia el odio a España y los españoles, que en el Parlament de Catalunya se haga apología del terrorismo y se lleve a Otegi como hombre de paz.

Todo eso es lo que hay que combatir. ¿Pero llevar un trapo a un campo de fútbol? Por ahí me temo que se están equivocando, del mismo modo que para mí es también un error que se ampare esa prohibición por el hecho de que “no hay que mezclar el fútbol con la política”. ¿Dónde está eso escrito? ¿Por qué aceptamos eso como dogma de fe? Todos mezclamos el fútbol con la política. Por eso, cuando empiece la Eurocopa, vamos con España por política. Si el deporte no se mezclara con política, podríamos desear que ganara Gales o Francia o Alemania, iríamos con quien más nos gustase o con el jugador que mejor nos cayese.

Otra cuestión es que, a través del deporte, se intente llegar a cuestiones anticonstitucionales o antidemocráticas. El fútbol siempre ha estado politizado, también los clubes de fútbol, y qué decir ya del FC Barcelona el cual, para mí, puede ser el gran damnificado en todo esto ya que, que lo asocien al independentismo catalán xenófobo y que lleva a terroristas a las instituciones no creo que le beneficie en nada.

Prohibir las “esteladas” en la final de la Copa del Rey solamente va a servir para que los nacionalistas aprovechen esta cuestión para enfocarla como un ataque a Catalunya. De hecho, Carles Puigdemont y Ada Colau ya han dicho que no acudirán a la final como protesta, lo cual es un error también por parte de ellos dado que, como digo, esa bandera no representa nada. Pero lo que hace el President de Catalunya y la alcaldesa de Barcelona sí es peligroso, porque no es politizar el deporte sino algo peor, utilizar el deporte para politizar las instituciones. Porque Puigdemont y Colau no están ahí para defender a los independentistas, sino para representar a los catalanes y barceloneses.

La postura de ERC puede parecer la más pintoresca: pedir al FC Barcelona que no juegue la final. Eso, por supuesto, no va a pasar, aunque se rumorea que quizá el Presidente del Club tampoco acuda. En este tema, sí que me van a permitir que me ponga serio y, por más que haya quien crea que hago demagogia o alarmismo, debemos recordar que los altercados que acabaron en la Guerra de Yugoslavia comenzaron  en un campo de fútbol, en plena tensión nacionalista, en un Estrella Rojavde Belgrado Dinamo de Zagreb que acabó con una batalla campal que duró más de dos horas.