Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (XVI) Companys: una muerte trágica que tapó la ineptitud de su vida política

Como hemos comentado en entradas anteriores (podéis encontrar la entrada número XV de este ciclo aquí), entre los integrantes de ERC había sentimientos contrarios. La unión de personas de diferente ideología entorno al catalanismo republicano sirvió para ganar las elecciones municipales y las posteriores a la Generalitat. Sin embargo, el aglutinar a personas de tan distinto pelaje acabaría siendo fatal para las tierras catalanas. La muerte de Macià, única personalidad respetada por todos, hizo que, tras unas intrigas palaciegas, Companys acabase siendo el candidato y posterior President de Catalunya.

Companys no gustaba ni siquiera a gran parte de sus compañeros, que recordaban cómo intentó autoproclamarse alcalde de Barcelona en 1931, por no decir que en su momento se había declarado españolista y había formado parte importante del Partido Radical de Alejandro Lerroux y que, incluso, obligó a Carrasco i Formiguera a gritar “¡Viva España!”.

Cuando en 1934 Companys declaró la República Catalana (que duró unas horas), culpó del fracaso a Dencàs y a los hermanos Badia, lo que no sirvió para que los separatistas radicales le acusaran de traidor por desentenderse de aquella proclamación. Companys, que había calentado el ambiente durante meses antes de declarar la independencia, al no verse apoyado, abandonó el propósito.

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Al comienzo de la Guerra Civil, los separatistas más radicales se reagruparon en Estat Català. Pero en Barcelona el anarquismo superaba en número ampliamente al catalanismo y, por eso, Companys quiso unir ambas fuerzas. El President entonó un discurso ante la CNT-FAI: “Hoy sois los dueños de la ciudad y de Catalunya porque sólo vosotros habéis vencido a los militares fascistas, y espero que no os sabrá mal que en este momento os recuerde que no os ha faltado la ayuda de los pocos o muchos hombres leales de mi partido(…)Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no me queréis como President decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha”.

Las tensiones entre los escamots de ERC y los anarquistas fueron a más; los separatistas decían aquello que no podían dejar Catalunya en manos de “los murcianos de la CNT”. El 4 de septiembre de 1936, el Diari de Barcelona decía que: “Hay que catalanizar la revolución y ordenarla. El pueblo de Catalunya siente un gran horror por el vacío y existe un gran vacío irresponsable en las comarcas catalanas”.

El 24 de noviembre fue detenido Andreu Rebertés, quien sería fusilado, lo que llevó a la huida de separatistas de ERC que veían sus vidas peligrar. Companys, para salvar la suya, tenía que arrodillarse ante los leninistas. Catalunya era el único lugar de España donde había una concentración grande de trotskistas. El POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) era el único partido marxista-trotskista que tenía cierto toque catalanista y pronto quedó enfrentado al PSUC (Partido Socialista Unificado de Catalunya). Desde la Unión Soviética, se pidió el apoyo al Partido Comunista y no al POUM. De este modo, todo el que no se adhería al Partido Comunista era fusilado. El 15 de mayo de 1937 el Presidente Largo Caballero acabaría dimitiendo, a petición de los comunistas, a causa de unos disturbios que habían creado ellos mismos. Así, el POUM perdía su último apoyo. El PCE buscó un hombre de paja para el cargo de Presidente y eligieron al socialista Juan Negrín, que ilegalizó el POUM.

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Catalunya se convirtió, de algún modo, en una dictadura comunista donde se perseguía a todo aquel que no era adepto a la extrema izquierda y al nacionalismo catalán. Lluís Companys, en julio de 1936, hizo fusilar 199 militares de graduación de general a teniente, de los que se sublevaron en Barcelona el 19 de julio. Companys, que en su día fue indultado cuando proclamó el Estado Catalán, no tuvo piedad. Entre las primeras firmas que pidieron su indulto en 1934, figuraba la del obispo de Barcelona, Monseñor Manuel Irurita, quien en diciembre de 1936 fue asesinado en el cementerio de Montcada por las milicias armadas que Companys había legalizado.

También firmó la ejecución de 43 periodistas que criticaban la violencia de los anarquistas y la vista gorda del President. En Catalunya, el gobierno catalán persiguió a monárquicos y religiosos. Más tarde, a contrarios políticos (muchos catalanistas de derechas tuvieron que huir a Francia, entre ellos, el líder de la Lliga Regionalista, Francesc Cambó). Al final, a manos de las juventudes de ERC, se acabó fusilando a los que hablaban castellano y a los que tenían apellidos de origen castellano. No se dejaba entrar a personas de otras regiones, sobre todo Andalucía y Murcia, que huían de sus tierras a causa de la Guerra, y se construyeron campos de concentración, como el de Omells en Urgell. Al final, y según los datos desclasificados ya en democracia, Companys mandó asesinar a 8.532 personas en Catalunya.

Sobre Companys y lo que ocurría en Catalunya el Presidente del Gobierno de la república dijo: “No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan lo que otra cosa supongan”.

Cuando la victoria del bando nacional era inevitable, Companys abandonó España huyendo a Francia. El franquismo pronto se arraigó en las capas sociales medias-altas, desapareciendo el catalanismo. Dicho de otro modo, las familias que apoyaban a la Lliga ahora apoyaban al Caudillo, tal y como se pudo comprobar en el recibimiento de las tropas nacionales en Barcelona.

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Como ya hemos contado en otras entregas, Companys fue encarcelado y fusilado en Montjuïc. El gobierno de la Generalitat continuó de modo simbólico en el exilio a manos de Josep Irla. Aún en vida y también tras el fusilamiento de Companys, muchos catalanistas son críticos con la vida política del que fuera President de la Generalitat. Su muerte trágica ante un pelotón de fusilamiento y sus pies descalzos pisando su tierra han evitado que la historia le juzgue como político y, en la psique catalanista, el hecho de que se fusilara al President ha servido para vender la historia de que aquella fue una guerra de Catalunya contra España.

En el libro de Ucelay-Da Cal, titulado Contra Companys, 1936, se asegura que el diputado de ERC Joan Solé i Pla calificó a Companys como: Un enfermo mental, un anormal excitable y con depresiones(…) fobias violentas de envidia y grandeza violenta, seguidas de fobia de miedo, de persecución”.

Otro de sus compañeros, Puig i Ferreter, habla de Companys de este modo: Era pequeño, voluble, caprichoso, inseguro y fluctulante, sin ningún pensamiento político, intrigante y sobornador, con pequeños egoismos de vanidoso y sin escrúpulos para ascender“.

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Claudi Ametlla de Acció Catalana recordó en sus memorias: Lluís Companys no reunía el mínimo de condiciones requeridas para ser President. Los que le elegimos cometimos un error“.

José Maria Xammar de Estat Català escribió en el exilio: Le eché en cara al vileza de la dejación de poder (ante los anarquistas) para someterse al vilipendio de unas fuerzas incontraladas, enemigas de Catalunya e incompatibles con todo sentido de responsabilidad(…)me alejé de Companys con el convencimiento de que Catalunya no tenía un President sino un granuja dispuesto a mantenerse en su cargo”

Ferran de Pol diría que: “Hay que vigilar la interpretación que en el futuro se dé de la muerte de Companys. Sospechamos que se querrá hacer servir para miserables intereses partidistas e incluso electorales y hay que, desde ahora, prevenir forzadas interpretaciones“.

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