Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (XIII) Del autogobierno al apoyo a Primo de Rivera

Los desastres de la Semana Trágica, que hoy los separatistas venden como una reivindicación catalanista pero que, como pudimos leer en nuestra anterior entrada, fueron totalmente al contrario, sirvieron para que los catalanistas de la Lliga reclamaran que la región catalana tuviese un gobierno propio para, así, no volver a suceder algo parecido a lo acontecido en aquellos días.

Realmente, en la Lliga Regionalista siempre fueron artistas a la hora de conseguir beneficio de cualquier hecho que acontecía. La protesta internacional por el “caso Ferrer” (condenado a muerte por un consejo de guerra que lo acusó de haber sido uno de los instigadores de los sucesos de la Semana Trágica) fue aprovechada por el partido liberal para promover una campaña con los republicanos en contra del gobierno de Maura.

Moret pidió la dimisión del Gobierno y apeló al Rey para que le hiciese entender a Maura que debía irse. El 22 de octubre Maura acudió a Palacio para plantear la continuidad de su gobierno al Rey pero, cuando Maura le presentó la dimisión de forma protocolaria, éste la aceptó. El Rey nombró en su lugar a Moret, quien poco después convocaría elecciones para mayo de 1810. En estas, venció el liberal Canalejas por delante del conservador Maura.

En 1911 Enric Prat de la Riba, presidente de la Diputación Provincial de Barcelona desde 1907 y uno de los dos líderes de la Lliga junto a Cambó, decidió impulsar una vieja reivindicación catalanista, aglutinar las cuatro diputaciones catalanas en un único ente regional. El 16 de octubre los cuatro organismos provinciales aprobaron conjuntamente las Bases de la Mancomunidad. Semanas después, el proyecto fue entregado al presidente Canalejas, quien lo presentó el 1 de mayo de 1912 a las Cortes como proyecto de Ley de Mancomunidades.

No lo tuvo fácil Canalejas ya que un sector de su misma formación se oponía al proyecto. De hecho, cuando el 5 de julio de 1912 se aprobó la Ley de Mancomunidades, diecinueve diputados de su propio partido votaron en contra.

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Canalejas apoyaba la idea de los catalanistas ya que opinaba que los anarquistas eran el mayor peligro para España, por encima de los nacionalistas, de hecho, antes de que el Senado ratificara la Ley, el propio Canalejas fue asesinado por el anarquista Manuel Pardiñas Serrano quien, acto seguido, se suicidaría delante de la Puerta del Sol.

La Macomunitat de Catalunya se constituyó a principios de 1914 bajo la presidencia de Enric Prat de la Riba, formada por 96 diputados de las cuatro diputaciones. La Presidencia era ocupada por el presidente de la Diputación Provincial de Barcelona. Las diputaciones provinciales cedieron sus competencias pero el Estado, presidido ahora por el conservador Eduardo Dato, no cedió ninguna.

La Mancomunitat fomentó obras, impulsó las redes de carreteras, teléfonos y los servicios de asistencia social. Con el apoyo de los ayuntamientos, mejoró el suministro de agua potable, además de organizar el Institut d’Estudis Catalans y reconocer la normativa ortográfica de Pompeu Fabra. Todas estas cuestiones lograron que el catalanismo aumentara en tierras catalanas. Además, los miembros de la Lliga no desaprovecharon la casualidad de que, precisamente ese año, hacía 200 años de la caída de Barcelona en manos borbónicas, motivo por el cual decían haber devuelto a Catalunya el autogobierno.

Sin embargo, la Mancomunitat comenzaba a veces como si fuese un gobierno nacional, sobre todo en lo que se refiere a la lengua. A menudo, cuando mandaba escritos a diputaciones del resto de España, lo hacían en catalán y eso hizo que las de Segovia y Ciudad Real protestaran. La polémica llegó al Senado y precisamente un catalán, Francesc Bartomeu i Colom, fue quien protestó por lo que hacían sus paisanos: “Mientras haya una patria sola, una e indivisible, que es España, no puede haber más que un idioma”. La Lliga protestó y dijo que era el idioma que se hablaba en las casas catalanas, a lo que el también catalán Joan Ferrer i Vidal afirmó en el Congreso: “Yo también soy catalán y en mi casa se habla la lengua de Cervantes”. Desde el diario La Veu de Catalunya, se criticó a Ferrer diciendo que quien no hablaba catalán no era catalán.

Era el mejor momento para la Lliga que, mientras colaboraba con los conservadores en el gobierno de Madrid, en Catalunya iba implantando una mentalidad catalanista que, estratégicamente, no sólo debía mantenerlos en el gobierno, sino que a la larga podría servir para reclamar más autonomía.

Prat de la Riba moría en 1917 y Cambó era el único líder. Así se inició un proyecto de Estatuto para Catalunya que fue aprobado por la Mancomunitat, presidida en ese momento por Josep Puig i Cadafalch. Sin embargo, no fue aceptado por el gobierno central.

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Puig i Cdafalch

Puig i Cadafalch tuvo que lidiar contra el pistolerismo, el cual se convirtió en el mayor problema, sobre todo en las crecientes zonas industriales de Barcelona. El poder de la CNT en los centros de trabajo fue en aumento, lo que dio lugar a numerosos conflictos laborales por las reivindicaciones de mejoras laborales por parte de los obreros, logrando el gran éxito de la huelga de La Canadiense en 1919, que consiguió que España se convirtiera en el primer país en promulgar la jornada de ocho horas.

Los empresarios respondieron despidiendo a numerosos trabajadores por sus actividades, condenándoles a la pobreza. Comenzaron a haber atentados contra empresarios, políticos, religiosos y policías. Los empresarios contrataron a pistoleros que perseguían a los líderes sindicales. El gobierno conservador de Madrid y el de Barcelona en manos de la Lliga protegieron a los empresarios con leyes como la de “Fugas”.

Ante ese panorama y cuando la Lliga pierde su apoyo de los conservadores del Gobierno, ya que los liberales de Garcia Prieto ganan las elecciones, los catalanes tratan de exigir tener sus propias leyes en cuanto a seguridad, cuestión que la Ley no permite. Es entonces cuando, extraoficialmente, comienzan los encuentros entre la Lliga y el Capitán General de la IV Región Militar, Miguel Primo de Rivera, llegando al punto de que casi a diario había cenas en las que, además del militar, asistían Ferran Fabra i Puig, alcalde de Barcelona, Milà i Camps y Eusebi Bertrand i Serra, entre otros. 

Reclamaron a Primo de Rivera que acabara con la violencia social, pero éste ya avisaba que “sólo con un gobierno fuerte” se resolvería el problema. La burguesía catalana forma una comisión encabezada por Joaquín Cabot, President del Orfeó Catalá y miembro de la Lliga, que solicita al gobierno español la intervención militar.

Finalmente, Primo de Rivera se levantaría en armas el 13 de septiembre de 1923. Al día siguiente, el gobierno legítimo pidió al Rey la destitución inmediata de los generales sublevados,  pero el monarca no apoyó la medida y el Gobierno tuvo que dimitir. Poco después, Alfonso XIII nombró a Primo de Rivera Presidente del Gobierno.

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Miguel Primo de Rivera

Ese mismo día, la Cámara de Comercio de Barcelona, en un acta, se adhería al General: “La Cámara puede y debe asociarse al movimiento, justificándose plenamente su actitud por interpretar la opinión de todos los industriales”.

El Presidente de la Mancomunitat Catalana, Josep Puig i Cadafalch, redactó un documento con las reivindicaciones catalanistas que Primo de Rivera aceptó sólo pidiendo que calificara en dicho escrito a Catalunya como región y no como nación. El 1 de diciembre de 1923, en el Hotel Ritz, el President, el rey Alfonso XIII y Primo de Rivera cenaban juntos y brindaban por “La España nueva”.

Lo cierto es que Primo de Rivera no cumpliría lo prometido, siendo quien más luchó contra la cultura catalana e, incluso, prohibiendo la Mancomunitat. Para la Lliga, sería casi su defunción y, a raíz de ahí, comenzaría un catalanismo separatista radical que hasta entonces no había tenido muchos apoyos.

En la obra de Joan Esterlich Catalunya endins, se escribiría que Pocas semanas después del golpe de estado, un simple escrito destruyó toda la organización del catalanismo”. Lo cierto es que, más allá de alguna protesta de cara a la galería, ni la Lliga ni la burguesía catalanista en definitiva protestó contra el golpe y el regionalismo catalán moría. Pero nacía algo que aún traería más quebraderos de cabeza, el separatismo catalán, que comenzaba a admirar a un exmilitar que había dejado el ejército para ayudar a la causa catalanista, Francesc Macià.

Visto con perspectiva, el cambio que Primo de Rivera tuvo hacia el catalanismo le perjudicó a él y, además, supuso que aumentara el radicalismo separatista. El dictador, que en mi opinión fue quien más hizo en contra la cultura catalana, realmente tampoco persiguió el catalán del modo que los separatistas han hecho ver después y prueba de ello son publicaciones en catalán como La paraula cristiana, La Publicitat, La Veu de Catalunya, La Nau o El Matí que siguieron publicando en su momento, además de que se publicaron también obras en catalán como Historia Nacional de Catalunya de Rovira i Virgili. En 1927 se celebró en Madrid la Exposición del Libro Catalán y en 1928 nació la colección A tot vent, que traducía al catalán novelistas foráneos.

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