Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (XII) La semana tragica

Solidaridad Catalana era, como hemos explicado en entradas anteriores (podéis encontrar la última publicada aquí), una confluencia de pensamientos demasiado diferentes como para que esa coalición saliera bien. Además, el presidente Antonio Maura trataba desde el Gobierno central romper la formación. Para ello, siempre atendía por separado a los miembros de la Lliga respecto al resto ya que con ellos, sobre todo con Cambó, se entendía mejor, al ser sus ideales más cercanos. Por más que el político catalán fuese catalanista, dado que los intereses de Catalunya y los del resto de España eran los mismos, ambos siempre coincidían en la política a seguir.

La idea de un partido transversal como era Solidaridad podía valer para un momento puntual, pero que la extrema derecha carlista, los regionalistas, los nacionalistas y la izquierda catalana estuvieran juntos no podía durar.

Además, Francesc Cambó y los miembros de la Lliga sabían que los obreros no estaban con la izquierda catalana sino con Alejandro Lerroux. Éste había conseguido el apoyo de los trabajadores no tratando de ser uno de ellos; no trató de hacerse pasar por proletario y eso les hacía sentir más confianza. Lerroux se preocupaba más por honrar a sus seguidores que por conquistarlos, incluso aseguran que conocía a cientos de militantes por el nombre y, como escribió en 1906 en El Progreso, El pueblo sólo sigue lo que entiende”.

El nuevo Partido Radical de Lerroux apostaba por una España autonómica y defendía las particularidades de las provincias, por más que los catalanistas le acusaran de españolista tradicional.

En 1908 se publicó un proyecto de ley de terrorismo del gobierno de Maura en el que se ponía a periodistas y oradores de extrema izquierda a merced del Gobierno, además de leyes morales que exigían el cumplimiento del descanso dominical, la prohibición del juego y el cierre de tabernas y sociedades de baile.

Antonio Maura

Todas estas medidas no son populares entre el Gobierno, pero sí son aprobadas por el catalanismo burgués, lo que supone que Lerroux comience a tener aún más simpatías en Catalunya. Es entonces cuando la Lliga recibe críticas y se le acusa de ser la filial del partido conservador en Barcelona. Cuando se les acusa de ser catalanistas en Madrid y españolistas en Barcelona, Cambó simplemente responde que él es “de que los negocios vayan bien y se puedan abrir cada día“.

Pero eso no vale para el pueblo y la Lliga necesita no perder apoyos, de modo que necesita evidenciar que representa a los catalanes y sigue con la táctica de mostrarse nacionalista y asegurar que quienes no lo son no son buenos catalanes.

La Lliga vuelve a las críticas que hizo a finales del siglo XIX, críticas al idioma castellano, a las corridas de toros, a la zarzuela y a los que, como publicó La Veu de Catalunya, “Se peinan como gitanos y llevan ropa ceñida que les da aspecto de chulo”. 

El sentimiento de superioridad es clave en el pensamiento nacionalista, no hay nacionalismo que no se crea superior a los demás, en este caso los castellanos, los españoles y también a los que, aún siendo catalanes de cuna, seguían costumbres que ellos calificaban de no catalanas.

“Ser catalanista quiere decir ser un buen catalán” decía Folguera i Duran en La Veu de Catalunya. O, como se escribió en La Veu de Montserrat, que llamaba a los que no eran catalanes de nacimiento “desarraigados”, opinando de los nacidos en Catalunya que “Si no siguen los dos principios absolutos del trabajo y del ahorro, ni siquiera el nativo es realmente un obrero catalán.”

Las diferencias entre los burgueses y católicos catalanistas de la Lliga y los obreros seguidores de Lerroux cada vez eran más evidentes. Además, los llegados de fuera de Catalunya, en ese momento mayoritariamente aragoneses, se unen al Partido Radical, unos por convicción y otros por rechazo a la xenofobia catalanista.

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De este modo, los regionalistas tenían como rivales a los obreros Lerrouxistas, a los que criticaban por su supuesta baja cultura. A ello, Lerroux dijo en el diario La Rebeldía: 

“Para ellos (que nos atacan en nombre de la cultura) la cultura quiere decir haber leído mucho y tener memoria para repetirlo aunque esa lectura no haya prendido en la conciencia por reflexión… Inteligencia y voluntad: eso, antes que la cultura”.

En septiembre de 1908, murió Salmerón, diputado por Barcelona, y el Gobierno decidió convocar elecciones parciales en Barcelona. Solidaridad Catalana estaba enfrentada y prácticamente disuelta, de modo que pidió aplazar las elecciones, pero no lo consiguieron. Las elecciones fueron el 13 de diciembre. Los solidarios consiguieron 39.000 votos en Barcelona, 14.000 menos que en 1907, mientras que Lerroux conseguía 30.500.

Sin embargo, Solidaridad se rompería pronto. En las municipales de 1909, los izquierdistas de la formación querían presentarse por separado ya que, para ellos, el partido catalanista unido sólo tenía sentido de cara a unas generales. De este modo, el Partido Radical de Lerroux ganó las municipales consiguiendo 25 concejales por 14 de la Lliga Regionalista y 11 de la coalición de izquierdas que había salido de Solidaridad Catalana.

No obstante, socialistas y anarquistas no dejaron casi que el gobierno municipal comenzara a andar cuando trató de preparar una huelga. El PSOE, que llamaba “republicanos burgueses” a los miembros del Partido Radical, se opuso al Gobierno y consiguió aliarse con los anarquistas en una formación llamada Solidaridad Obrera.

El 9 de julio una partida armada atacaba a los trabajadores españoles del ferrocarril de Melilla. Tres días después, un Real Decreto daba al Ministro de Guerra plenas atribuciones para llamar a los reservistas. Pronto embarcarían soldados desde Barcelona.

Lerroux acusa que sólo Comillas, Güell y Romanones tienen intereses financieros y que están utilizando el ejército para intereses personales: “El pueblo no irá a la guerra porque está escarmentado de las últimas guerras coloniales“.

Sin embargo, la Lliga Regionalista apoyaba (por intereses financieros) la Guerra de Melilla. Cambó aseguraba que “Es la única guerra con sentido que ha sostenido España”.

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Los soldados fueron a Melilla y, lógicamente, fue un error dejar a Barcelona casi sin militares. El 26 de julio comenzó la Semana Trágica. El comité de huelga primero y grupos espontáneos de obreros después no permiten la entrada a las fábricas. Se cierran las tiendas y se retiran a cocheras los tranvías.

El Capitán General de Catalunya escribe un telegrama a Madrid en el que se queja de que tiene pocas fuerzas disponibles y que, además, estos fraternizan con los huelguistas. El Ministro de Guerra exige que se usen cañones para poner fin a la revuelta, pero el Capitán General se limitó a poner guardias en los edificios públicos.

Entre la burguesía catalana, unos huyen a sus casas de verano y otros se quedan en casa arma en mano. Pero los huelguistas no fueron contra los burgueses, ni los patronos, ni siquiera contra las fábricas y talleres. Básicamente, atacaron iglesias y lugares religiosos: ardieron 21 de las 58 iglesias de la ciudad y 30 de los 75 conventos. Cuando los refuerzos de los soldados y de la Guardia Civil acabaron con las revueltas una semana después, ya habían muerto 104 civiles, 2 guardias, 5 miembros del ejército y un miembro de seguridad.

Semana trágica en Barcelona
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