Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (X) Barcelona se divide entre el Catalanismo y el Republicanismo

Tras “El Catalanismo Monárquico y el Catalanismo Hispanista“, proseguimos con una nueva entrada en esta serie de “Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán”:

El deseo de hacer de Barcelona la capital de España, o al menos del mercado Hispano-Americano, fue determinante para que se iniciara un proyecto de expansión. Las calles de Barcelona llegaban ya a la entrada de una serie de poblaciones adyacentes es por ello que vino entonces la campaña en pro de la agregación de esos municipios. La Real Orden de 20 de abril de 1897 agregó a Barcelona Les Corts, Gràcia, Sant Andreu del Palomar, Sant Gervasi de Cassoles, Sant Martí de Provençals y Sants, con lo que Barcelona pasaba de 334 mil habitantes a 508.000, equiparando, así, su población a la de Madrid.

Entre los burgueses catalanistas había pensamientos encontrados, pues la mayoría veía con buenos ojos que Barcelona fuera la primera ciudad de España, pero los más precavidos temían que la mayor proporción de obreros pudiese destruir la hegemonía burguesa de Barcelona. Sin embargo, y sobre todo desde la Lliga Regionalista, supieron aprovechar la psicología de gran capital para aumentar los sentimientos catalanistas. Los de la Lliga se quejaban con razón de que, siendo una ciudad tan grande como Madrid, en el sistema centralizado español, Barcelona tuviese la misma dependencia de la capital que cualquier capital de provincia de 15.000 habitantes.

Los mensajes del Regionalismo eran claros para la población y, además, no tenían apenas oposición política. Los partidos republicanos estaban desmembrados y, por más que sus líderes asegurasen que “el pueblo es republicano, pero no les dejan votar”, lo cierto era que tampoco estaban bien organizados. En 1898 había en Barcelona dos clubs republicanos destacables: el Centro de Fusión Republicana de Eusebio Corominas, quien había sido diputado durante la I República, y el Centre Català Republicà Federal de Vallès i Ribot. Pero la mayoría de nombres importantes que habían luchado por la República ya estaban retirados de la vida pública. De hecho, en el resto de España, los partidos republicanos tampoco estaban mucho mejor, pues el más destacado, el Partido Progresista, no pasaba por sus mejores momentos.

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Eusebio Corominas

Del mismo modo que los regionalistas sí supieron aprovechar la pérdida de las colonias para atacar al gobierno español, los republicanos no supieron hacer lo propio para atacar a la monarquía. Pi i Margall fue el único destacable republicano que se opuso a la guerra colonial. Su hijo, Pi i Arsuaga, llegó a manifestar alivio por la derrota española: “¿Qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos vencido?“, dijo en el Mitin Federal del Teatro Gran Vïa en Barcelona, tal y como recoge el diario La Publicidad. Los demás republicanos lloraron al derrota mostrándose antes españoles que republicanos.

Los obreros no participaban de la vida política y la fuerza del caciquismo barcelonés controlaba el ayuntamiento. En 1899 el Gobierno de Francisco Silvela tuvo que nombrar alcalde a un Regionalista, a cambio de que la Lliga le siguiera apoyando, y nombró al Doctor Robert quien, a pesar de ser alcalde gracias al caciquismo, haría después una violenta campaña contra ellos, sobre todo cuando se acercaron las elecciones.

Los Federalistas se dirigieron a sus trabajadores y pidieron que designasen un candidato a su gusto. Nombraron a un joven militante director de El Progreso: se llamaba Alejandro Lerroux. Éste se negó en principio, pero aceptó estar finalmente en la lista si en ellas también estaban el expresidente Pi i Margall y Vallès i Ribot. En dichas elecciones, los Conservadores consiguieron el 60% de los votos y la victoria de Silvela pero, de ahí en adelante, habría un gran cambio en la sociedad barcelonesa, pues ya nunca más se abstendrían de votar.

Los regionalistas comenzaron a distanciarse abiertamente del Gobierno y a mostrarse muy críticos en sus discursos, sobre todo Francesc Cambó. Tan grandes fueron las diferencias que, para no tener que embargar a los comerciantes morosos, dimitió el Doctor Robert de la alcaldía .

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Doctor Robert, Alcalde de Barcelona

Los republicanos no querían que los regionalistas se mostrasen como los únicos críticos con el Gobierno. Desde el periódico La Publicidad, las críticas a los regionalistas van en aumento y en agosto de 1899 hablan del movimiento nacionalista catalán como “Mera distracción“. El 11 de marzo de 1900, Lorenzo Ardid los califica como “Hipócritas y reaccionarios(…)carlistas disfrazados que no tienen valor de ir a la montaña“, además de, desde el mismo periódico, reiterar que lo de la Lliga no es Catalanismo sino Barcelonismo, porque solamente piensan en el bien de la Ciudad Condal.

Se avecinaban nuevas elecciones por la falta de acuerdos. Algunos pidieron república, sin embargo, los republicanos no levantaban cabeza, como dijo Cambó, “En una constitución Liberal, poco le importa a la gente que el Rey tenga o no corona“. El dilema republicano era claro: intentar disputar el voto a los regionalistas o tratar de ganarse la única masa disponible, el proletariado. Optaron por esta última y, para conseguirlo, se pusieron en manos de Alejandro Lerroux.

Lerroux se calificaba a sí mismo de demagogo y, ciertamente, lo era. Pero consiguió dos cosas importantes: una, que los obreros despertaran a la política catalana y, dos, dejar bien a las claras que el catalanismo no era más que un truco de trileros de los burgueses barceloneses para que, pidiendo lengua y Juegos Florales, se distrajesen de lo verdaderamente importante, la paz, el trabajo y los servicios. Tal fue el éxito de Lerroux que, en un mitín revisionista en el que participaban él y el fundador y líder del PSOE Pablo Iglesias, se recoge el diario Las Noticias que “Al terminar Lerroux, hubo delirio en el público. Pablo Iglesias sólo recogió unos aplausos corteses”.

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Pablo Iglesias, fundador del PSOE

Lerroux, que se autodenominaba “carne del pueblo”, estaba muy lejos de las ideas más izquierdistas de socialistas y anarquistas. Se afilió al Centro de Fusión y República y toda su propaganda iba encaminada a ganarse a los obreros. Fue tiroteado en un mitín en Sants por parte de los anarquistas y muchos se preguntaban si iría al día siguiente al mitín que debía realizar en el Teatro Gran Vía. Lerroux, de modo valiente, llegó a pié y, sacándose a los anarquistas a empujones, pudo dar su discurso, centrado en la sustitución de la monarquía, la separación de Iglesia y Estado y el establecimiento de una administración autónoma regional y municipal.

El día de las elecciones, los interventores caciquistas volvían a estar rondando, pero se votó. Lerroux pidió a sus votantes que esperaran frente a la Plaza de Sant Jaume mientras se producía el recuento. Tal y como recoge el diario La Publicidad, Lerroux dijo: Si triunfamos, saldré por la puerta; si quieren atropellar mi derecho, saldré por el balcón”.  Lerroux permaneció sentado frente al presidente de la junta. Cuando los resultados se dieron, los regionalistas habían sido la fuerza más votada en Barcelona por delante de los republicanos. Los caciques de los partidos monárquicos perdían la Ciudad Condal para siempre y, viendo los resultados por zonas, se supo que los obreros habían estado con Lerroux y el futuro podía ser de él ya que había 60.000 obreros en edad y condiciones para poder figurar en el censo electoral.

Fuera de la ciudad de Barcelona, los resultados habían sido muy diferentes: los liberales habían conseguido sacar más diputados que nadie, siendo mayoría absoluta en Lleida y Tarragona, aunque se sospechaba que los caciques manipulaban los votos en las zonas rurales. Sea como fuera, todos esperaban que lo que había ocurrido en Barcelona en aquellas históricas elecciones pronto se trasladase a toda Catalunya y que regionalistas y republicanos fuesen las opciones más fuertes en tierras catalanas.

La lucha obrera comenzó a hacerse fuerte, el trabajador urbano solía estar en peor posición que el trabajador rural. Además, con la unión de las ciudades colindantes a Barcelona, los obreros habían perdido representación política ya que, donde antes había 200 concejales, ahora solamente había cincuenta. Pero, como hemos comentado, Lerroux había sacado a algunos obreros de su apatía política y había conseguido mover las masas. Aún así, Lerroux no era más que un diputado a Cortes y no tenía tras de sí un partido bien organizado. De modo que empeñó sus esfuerzos en organizarlo y basó su discurso republicano en el anticatalanismo.

Lerroux recordaba que los regionalistas habían sido antes monárquicos y que no era más que carlismo disfrazado y enemigos del verdadero pueblo catalán, los autonomistas. De este modo, se presentaron los republicanos a las elecciones municipales para las cuales consiguieron el apoyo de los obreros. La Coalición Republicana consiguió casi dos mil votos más que los regionalistas y más de cinco mil que los liberales. Los obreros despertaban y, tres meses después, hubo en Barcelona una increíble huelga general que, en cierto modo, sería el inicio del anarcosindicalismo.

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