Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (VIII) El nacionalismo catalán es hijo del patriotismo español

En el repaso que hemos hecho hasta ahora entorno a la historia del nacionalismo catalán, muchos habrán visto con sorpresa algunos de los temas tratados desde la “Oda a la Patria“, donde descubrimos cómo el inicio del catalanismo fue escrito entre españolistas y borbónicos, hasta el último episodio en el que explicamos cómo los burgueses catalanes fueron instigadores del Golpe de Estado de Primo de Rivera, pasando por cómo “El catalanismo se escribió en Castellano” y cómo alguno de los que ahora consideran “Padres del nacionalismo tenían a España como su nación“. En este primer repaso, prácticamente hemos descrito lo ocurrido en 100 años, tratando de hacer entender cómo la Renaixença es un lícito despertar de las tradiciones catalanas que, al ir politizándose, inventa un pasado para Catalunya.

En lo explicado sobre estos casi cien años, nos hemos ceñido a algunos de los hechos más trascendentales acontecidos pero, para entender bien la compleja sociedad de la época, barcelonesa sobre todo, pero también catalana, se han de comentar algunos datos y curiosidades que pasaron por aquellos entonces y, de ese modo, poder observar los cambios del día a día desde el poema de Aribau en 1833 al fin de la Dictadura de Primo de Rivera en 1930.

Un día, hablando con una amiga no nacionalista pero bastante neutral, me decía que las cosas cambiaban y que, fuera bueno o malo, quizá un día Catalunya tendría que afrontar una nueva realidad y que, quién sabe si esta sería la independencia. Decía que, si esta llegara por naturalidad, quizá no sería nada traumática pero que, a día de hoy, eso no podía ser porqué era imposible que Catalunya pudiera tener un buen futuro con una independencia basada en el odio y en una tradición inventada.

Decía Joaquin Samaruc que “nada más nacer el catalanismo político, moría el catalanismo puro e ideal de los inicios que no había salido, ni querido salir, del ámbito literario y cultural”. Sin embargo, aún a día de hoy, hay muchas personas que, por tradición o por que asocian la política con el amor a Catalunya, votan a partidos nacionalistas sin querer la independencia, incluso sin querer que Catalunya sea una nación, sino solamente porque creen que “los de aquí” lucharán más por la cultura catalana, cuando en realidad, a mi parecer, la cultura catalana será fuerte cuando los catalanes sepamos mostrarla sin frontismo al resto de los españoles.

Cien años de Catalanismo La Mancomunidad de Cataluña (Joaquin Samaruc)

Sin embargo, en los principios del catalanismo político, con la Lliga Regionalista se fomentó una política anti-española, si bien es cierto que en ese momento no era por odio o menosprecio, sino por una calculada estrategia política que ha llevado a que el catalanismo odie España sin saber realmente el porqué.

La Lliga intentó recoger todos los sentimientos catalanistas y en 1901 consiguió ser la primera fuerza en Barcelona, aunque por un extrecho margen y no logrando que el catalanismo cuajara ya que, solamente dos años más tarde, la primera fuerza en Catalunya fue el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, claramente españolista y anticlerical.

Alejandro Lerroux

El catalanismo poco había avanzado en setenta años y es que la cuestión no era fácil. Poemas, leyendas y una historia inventada eran una buena táctica, pero no para la mayoría de catalanes que, como ocurría en toda España, eran también analfabetos  y, por tanto, difícilmente convencencibles de la importancia de la patria, al ser personas a las cuales lo único que les importaba era sobrevivir en su día a día. De modo que, en términos de política, la mayoría de los catalanes sólo conocían lo que habían vivido en sus tiempos y lo que los más viejos del lugar podían contar. Por ese motivo, los acontecimientos vividos en el siglo XIX eran importantes para comprender lo que pensaban los catalanes de finales del XIX y principios del XX.

Vamos atrás en el tiempo, porque es importante entender los hechos previos a La Renaixença; porque, si hemos contado que el nacionalismo catalán tenía a España por nación al principio, ¿de dónde nació? Pues, como en el resto del país, sobre todo de a raíz de las Guerras Napoleónicas, de la Guerra de Independencia, que es cuando los españoles comienzan a tener sentido de Estado. Ahí y no antes comienzan los nacionalismos, cuando toda España defiende a su rey por español y no por buen rey para, una vez recuperado, entender que debe acabar el absolutismo. Tras la expulsión del ejército de Napoleón y la ola de patriotismo española, que se estableció en Catalunya y también en el resto de España, se quiso acabar con el absolutismo. El patriotismo español se vivió especialmente en Catalunya por su situación geográfica cercana a Francia y por toda su historia de conflictos con estos.

Sin embargo, en Catalunya poco o nada se habla o se sabe de la Guerra de Independencia, verdadero inicio del nacionalismo español y, por ende, del catalán. Estos hechos, más allá de la historia/leyenda del Tamborilero del Bruc (cuenta la leyenda que la reverberación del sonido del tambor, al chocar con las paredes de Montserrat, hizo creer que el número de soldados españoles era muy superior al que realmente había. La identidad real del tamborilero se atribuye a Isidre Lluçà i Casanoves, nacido en Sampedor (Barcelona) en 1791 y muerto en 1809), en la que, obviamente, siempre se dice que luchó por Catalunya y no por España. Todo lo que debería significar para Catalunya la Guerra de Independencia se traslada a la Guerra de Sucesión para mostrar algo falso: que nunca hubo patriotismo español en Catalunya.

Estatua del Timbaler del Bruc

Los liberales aplicaban en 1812 la Constitución de Cádiz, una de las constituciones de cariz liberal más modernas del mundo pues, con dicha Constitución, el Rey pasaba a tener una presencia casi testimonial, recayendo la soberanía en el pueblo y pasando los españoles de ser siervos a ser ciudadanos. En esa época, Catalunya aún estaba ocupada por los franceses y fueron muchos los catalanes que estuvieron en las Cortes de Cádiz. Catalunya contó con 22 diputados, siendo, por tanto, una de las circunscripciones, junto con Galicia, con representación parlamentaria más numerosa.

Se distinguieron desde el primer momento por su moderantismo y la ausencia de cualquier extremismo intransigente, mostrando una especial preocupación por las cuestiones hacendísticas y económicas respecto al Plan de Hacienda elaborado por el Gobierno que, no sólo debía de acatarse, sino que también hacía una llamada para que se socorriera “con prontos y abundantes caudales… a todas las plazas fuertes que restaban del Principado”. En cuestiones religiosas, cuando propusieron retardar el debate sobre la abolición de la Inquisición, alegando que tenían que consultar con el Principado, esta actitud fue interpretada por las Cortes como una prueba de favoritismo hacia este tribunal.

No dejaron de reconocer las ventajas políticas que resultarían de uniformar la legislación y los derechos de todos los españoles. Dicha exposición también hizo especial hincapié en que Catalunya que, a toda costa, debería conservar los privilegios y fueros de los cuales gozaba, sin perjuicio, incluso, de recobrar los que disfrutó durante la monarquía de los Reyes de la Casa de Austria. Por tanto, no mostraron demasiado entusiasmo ante el proyecto centralista que se implantó en España con la Constitución de 1812. En cambio, pusieron mucho hincapié en el esfuerzo bélico, es decir, querían una España unida, fuerte, bélica, pero no centralizada.

El catalán Antonio Capmany i Montpalau, secretario de la Real Academia de la Historia, era un reformista que propuso que, a partir del 19 de marzo de 1812, todas las plazas mayores de los pueblos y ciudades de España cambiaran sus nombres por el de Plaza de la Constitución. Por cierto, destacar también que dicho diputado se mostró un gran y entusiasta partidario de las corridas de toros, ganando por muy pocos votos de diferencia el único debate que, en tal sentido, tuvo lugar en las Cortes.

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Antoni de Capmany i Montpalau

Pero pronto,  en 1814, la monarquía autoritaria volvió a las manos de Fernando VII, al que, además de fuerzas extranjeras, ayudaron los campesinos españoles, sobre todo los de Castilla y el Sur. Este hecho suele ser mostrado como prueba y leyenda negra de los nacionalistas catalanes de que el resto de España es una sociedad cerrada y orgullosa, que repudia las ideas modernas, pero la realidad es que la necesidad económica del momento es la clave del fracaso liberal. España pasaría, en poco más de un siglo, de ser la primera potencia europea a ser la vigésima y la subida de impuestos al campo de la época liberal hizo que los campesinos desearan la vuelta del absolutismo.

Este hecho sería aprovechado siempre por el nacionalismo catalán de finales de siglo, como prueba de que el pensamiento castellano no permitió crecer a Catalunya y a España como era menester.

Sin embargo, se habla menos de la Guerra de los Agraviados o dels Malcontents, que se desarrolló mayoritariamente en Catalunya y que comenzó en 1827. En estas batallas, voluntarios catalanes pedían leyes absolutistas, la vuelta de la Inquisición, el poder de la Iglesia y la muerte de los Liberales y sus ideas. 30.000 hombres se movilizaron en Catalunya para defender el poder absoluto del Rey de España.

Tampoco hablan mucho los nacionalistas catalanes de lo que sucedió tras la muerte de Fernando VII y la deriva que llevó a la Guerra Carlista, una guerra civil entre los partidarios de que el trono estuviese en manos de la reina Isabel II y los partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón. Este último defendía el absolutismo, la España más rancia, en la que la nobleza y la Iglesia estaban por encima del resto de la población y en la cual había siervos y lacayos. La guerra comenzó en 1833, en el mismo año que Aribau escribió “Oda a la Patria“, momento en el que nos quieren vender que comenzó el nacionalismo catalán. Sin embargo, en ese mismo año, la mayoría de catalanes se posicionaron al lado del Carlismo.

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Bandera de España con el lema carlista “Dios, Patria, Rey”

Es decir, de los que estaban en contra del liberalismo, de las ideas progresistas, de una España de ciudadanos iguales, la mayoría de los catalanes, les guste o no a los independentistas hoy en día, defendían la monarquía tradicional, resumida en su lema “Dios, Patria, Rey”, al que más tarde se le añadió “Fueros”. Precisamente la lucha por los fueros, por las leyes y tradiciones propias de las tierras de lo que muchos catalanes consideraban la España real es el principio de la lucha nacionalista catalana hija del patriotismo español.  

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