Conversos y renegados. La historia del nacionalismo catalán (VI) Más se perdió en Cuba

Tras nuestra quinta entrada, “El sueño catalanista de liderar España”, proseguimos con nuestro viaje por la historia del nacionalismo catalán.

La pérdida de las colonias de España, sobre todo la de Cuba, fue decisiva para el nacionalismo catalán y su radicalización. Pero no como venden los separatistas, no porque la libertad de Cuba fuese tomada como ejemplo de lo que podría ser la independencia de Catalunya, sino porque los burgueses catalanes, temerosos ante la posibilidad de perder su estatus gracias a los negocios en las colonias, decidieron entrar en política con más ahínco.

Los catalanistas animaban a España a expandirse pero la imposibilidad de colonizar llevó a muchos catalanes a la idea de que Portugal y España se hicieran un solo país. El Iberismo siempre fue uno de los sueños catalanes, de hecho, autores como Ribera i Rovira, autor de Iberismo (1907), escribieron en un anhelo de un mercado mayor para poder comerciar.

Perder ese comercio y no otra cosa, que España se debilitara, es lo que atormentaba a los burgueses conservadores catalanistas, los cuales, por supuesto, culpaban a los castellanos y sus políticas de todo lo malo que acontecía en España. “Desde que el centro del gobierno se establece en Madrid, la desmembración de los dominios de España no ha parado nunca” se quejaba Enric Prat de la Riba . “Hace siglos que el pueblo catalán vive cerrado en su casa, concentrando su energía en el comercio, en la industria, en el trabajo (…), pero ¿qué sacaremos de que los productores catalanes creen una industria poderosa, orgullo de nuestra raza si una política interior y exterior (…) pone a cada punto en peligro de muerte todas las creaciones del genio catalán?”(…) “Ahora (…) verá el pueblo catalán (…) que nuestras ideas eran la solución única para desarrollar sus maravillosas energías, ahora verá si resulta peligroso para su prosperidad el actual desequilibrio existente entre nuestra gran fuerza económica y la nulidad política de España”(…) “una política (…) que vende por un puñado de oro las migajas de su imperio colonial”.

Como observamos en estos extractos de la obra completa del propio Enric Prat de la Riba, éste no censuraba el colonialismo, ni mucho menos apoyaba a los independentistas cubanos, sino que criticaba la política del ejército y la administración española. Los nacionalistas catalanes quisieron aprovechar la derrota militar española para convencer a los catalanes de su idea y conseguir un mayor apoyo social a sus políticas.

¿Y no apoyaban los catalanistas la independencia de Cuba? Todo lo contrario, pues lo cierto es que, ya de lejos, en 1868, los barceloneses que tenían intereses en la isla caribeña (Círculo Hispano Ultramarino, Liga Nacional o la Agrupación de Hacendados de Ultramar) quisieron defender su economía basados mayormente en los aranceles de aduana y la comercialización del tabaco.

Cuando se desató la primera Guerra de Cuba, un número destacado de comerciantes e industriales de Barcelona creyó que debían organizarse para que la Diputación de Barcelona se implicase en el conflicto cubano. Los diputados provinciales decidieron organizar un cuerpo de voluntarios catalanes para combatir en la Isla. Con un telegrama a Víctor Balaguer, que vivía en Madrid, trataron de ponerse en contacto con el Gobierno, que agradeció pero declinó la oferta barcelonesa ya que aseguraba que la situación en Cuba no era grave.

Joan Mañé i Flaquer escribió entonces que “No permitir que el espíritu patriótico en Catalunya se manifestara vivo y ardiente de manera que el eco de las manifestaciones llegase hasta los rebeldes de Cuba y les convenciera de que España está dispuesta a todo linaje de sacrificios para conservar a sus preciosas Antillas“. Las presiones recibidas desde Catalunya forzaron al gobierno de Prim a acabar aceptando un mes después. El 18 de febrero de 1869, se tomó el acuerdo de organizar un batallón de voluntarios de Catalunya compuesto por mil hombres. Además, la propia Diputación abrió una cuenta para recaudar fondos consiguiendo 200.000 pesetas solamente en Barcelona.

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Joan Mañe i Flaquer

Para el alistamiento, las colas fueron numerosas y alcaldes de toda Catalunya avisaron de que llegarían jóvenes hacia Barcelona con el fin de alistarse. Llegaron hombres de fuera de Catalunya pero la Diputación no permitió su inscripción ya que aquellos tercios debían ser únicamente catalanes. Según recoge el Diario de Barcelona del 6 de marzo de 1869, los soldados catalanes portaban “faja del país de distintos colores, gorro catalán encarnado, polainas también del país y alpargatas”.

El Diario de Barcelona, el día 22 del mismo mes, recogió que en discurso del Diputado Provincial Narcís Gay “Iban a contribuir a la represión de una insurrección desalentada(…) a evitar la perdida de una joya envidiada por su valor inestimable, a defender la integridad del territorio, a pelear para que España viva contra los que allí claman muera España”. Más tarde, irían dos batallones de voluntarios más con 3.600 catalanes que fueron a luchar contra el independentismo cubano.

La burguesía de Catalunya se había dirigido a la Diputación por el simple hecho de que consideraba comprometidos sus intereses en Cuba. Si se analiza la implicación de la sociedad civil, observaremos la importante presencia de personas residentes en Barcelona que se habían enriquecido en Cuba, entre ellos Antonio López, José Canela, Josep Amell, Josep Munné o Jose Antonio Salom. Asimismo, había también diputados provinciales, como Josep de Jesús Puig, Pere Collaso i Gil y Antonio Ferratge de Mesa.

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Estatua a Antonio López en Barcelona

Del mismo modo, la misma burguesía catalana fue quien (en realidad por el trasfondo cubano) prestó ayuda financiera para el golpe de Arsenio Martínez Campos en Sagunto y que acabó con la restauración de los Borbones y con Alfonso XII como monarca. Sí, han oído bien, los burgueses catalanes financiaron la restauración borbónica.

En 1875 y para terminar definitivamente con las revueltas cubanas, Cánovas del Castillo envió a 43.000 militares a la isla. Para reactivar la economía, se ayudó a empresas españolas en la zona con créditos. El barcelonés Antonio López dirigió dicha operación de préstamos en una potente entidad financiera, llamada el Banco Hispano Colonial, que obtuvo unos beneficios de 76 millones de pesetas de la época, lo que deja a las claras el porqué del afán colonialista de la burguesía catalana. Lo mismo que sucedió en Cuba también ocurrió en Filipinas y la Compañía General de Tabacos, así como también en los conflictos de las Carolinas y de Melilla.

Tanto luchó la burguesía catalana por las colonias españolas que también tenemos que hablar del padre del nacionalismo catalán, Valentí Almirall, quien formó parte de la Comisión encargada de redactar el manifiesto unitario que convocó la manifestación en protesta por la ocupación alemana de las Carolinas y que llevó, según La Vanguardia, a 125.000 barceloneses a la calle. Aquí nadie admite siquiera discusión sobre el perfecto derecho que tiene el pueblo español a todo el territorio nacional”. Del mismo modo, Bernat Torroja escribió que: “Ofrecemos nuestro apoyo al gobierno de la nación, puesto que entre los españoles de corazón, no tenemos que faltar los catalanes a defender la honra y la integridad de la patria”.

Pero las colonias se perdieron, lo cual conllevó cierta deshonra y provocó una profunda crisis identitaria, social, política y cultural en España. La generación del 98 escribió y mucho sobre la pérdida de personalidad histórica de España y los nacionalismo vascos y catalán tuvieron auge pero, no porque Cuba trajera aires de libertad, sino porque la crisis de España fue aprovechada por el catalanismo para atacar al país (a Castilla en realidad) y reclamar, no ya dirigir la nación como hasta ahora, sino crear una de nueva. Y qué mejor forma de reclamar una patria que asegurar ser superiores a los castellanos.

Es un tópico afirmar que el nacionalismo catalán no se basa en la raza como fuente de identidad. Sin embargo, filósofos como Francisco Caja en La Raza Catalana y Stephen Jacobson en Identidad nacional en España aseguran que la raza era una base primordial del catalanismo de la época y que el racismo y la xenofobia contribuyeron a configurar un discurso antiespañol con la intención de construir un enemigo imaginario y justificar su superioridad.

Así, nombres como Domènec Martí i Julià escribieron en Per Catalunya (1913) que “Si los catalanes perdían su idiosincrasia, su personalidad natural, se verían reducidos a la condición de hombres inferiores”. Más envalentonado estaba Pompeu Gener, que aseguraba que “En el centro domina la sangre semítica y bereber, con todo lo que ello conlleva: morosidad, desprecio del tiempo, mala administración, caciquismo…”(…)los catalanes de sangre aria no se limitan a las buenas palabras: actúan”(…)La patria como yo la entiendo no es otra cosa que el sentido de la raza y la cultura superior”(…)”creemos que nuestro pueblo es una raza superior a la mayoría de las que forman España.

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Monumento a Martí i Julia en Barcelona

Rovira i Virgili aseguraba que “si en el nordeste de la península predomina un tipo craneano diferenciado , los catalanes no vamos a deformarnos el cráneo en aras de la unidad española”,  así como que el resto de españoles, en Catalunya, deben ser considerados extranjeros y por tanto no disfrutar de derechos nacionales“.

Rosell i Vilar escribirá en su obra La Raça (1930) “Ser catalán no se reducirá al lugar de nacimiento, sino a hacer profesión de unos determinados rasgos. Los mestizos son peligrosos precisamente porque pueden inclinarse por su cincuenta por ciento foráneo, en detrimento de su catalanidad”.

En 1933 el President de la Generalitat y miembro de Esquerra Republicana de Catalunya, Lluís Companys, dijo “Notáis que no hay manera de parar la inmigración, que no hay manera de que Catalunya pueda definirse de esta oleada migratoria. Contra este hecho, yo creo que tiene que llegar la acción popular, que se manifiesta como una defensa de la raza catalana, en el sentido de no dejarse absorber por el elemento forastero. Si nos dejamos absorber por esta afluencia continua de emigración, corremos el peligro de que la cultura catalana sufra un gran golpe, como ocurre siempre que se mezclan las razas”.

Sí, supongo que estaréis pensando que eso era lo que pensaban los nacionalistas de entonces. Bien, suprimid lo de “de entonces” pues eso es lo que piensan los nacionalistas. Es cierto que la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial hizo que, durante un tiempo, nadie se atreviera a hacer declaraciones sobre las razas superiores. Sin embargo, pronto los líderes nacionalistas, tanto de la derecha como la izquierda, siguieron con su discurso racial, casi siempre en dirección a la emigración, mayoritariamente andaluza, que llegó a Catalunya desde los años cincuenta. Así, el que fuera Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, afirmaba que “El hombre andaluz no es coherente, es anárquico, es un hombre destruido, es un hombre poco hecho, un hombre que vive en un estado de miseria cultural, mental y espiritual, es un hombre desarraigado incapaz de tener un sentido amplio de comunidad, constituían la muestra de menos valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes, es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar sin haber superado su propia perplejidad destruiría Catalunya”.

En ERC conocida es la xenofobia de Heribert Barrera: “Conseguimos superar las olas de andaluces, pero ahora estamos en peligro(…)a mí me gustaría una Catalunya como la de la República, sin emigrantes”(…) “No son conciudadanos, sino colonos enviados por Franco. Instrumentos de su política desnacionalizadora”. 

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Para Oriol Junqueras, también es la raza un signo definitivo para el nacionalismo catalán asegurando que “los catalanes tenemos más proximidad genética con los franceses que con los españoles”.

Para terminar, destacar la Presidenta del Parlament quien, en un mitin de ANC, aseguró que “Nuestro enemigo es el Estado Español, los partidos de españoles que hay en Catalunya, el Partido Popular y Ciudadanos. Estos son nuestros enemigos, el resto somos el pueblo catalán“.

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