La fiesta de la nación inventada

El 11 de septiembre es un día triste para muchos catalanes porque no es el día en el que todos nos juntamos a celebrar el día de nuestra tierra sino que se trata del día en el que una parte (la más pequeña) nos dice a otra parte (la más grande) que no somos bienvenidos en el sitio donde hemos nacido. El separatismo catalán se sostiene en una parte de racismo, una parte de clasismo y una gran parte de ignorancia y, aclaro, ignorancia no en tono despectivo sino de ignorar gran parte de la historia de su propia tierra, en parte por que el adoctrinamiento escolar y los medios de comunicación del régimen nacional-catalanista cuentan sólo una parte de lo que ocurrió, dan un titular sin explicar el contenido.

Un día ya escribí que el separatismo se divide en tres partes: los que inventaron el cuento, los que se creen el cuento y los más peligrosos, los que viven del cuento. El 11 de septiembre no ha sido una fecha histórica como Día de Catalunya sino que ha sido en democracia cuando se escogió como tal, de igual modo que ya en democracia es cuando se le da oficialidad al beligerante, violento y sectario himno de Els Segadors. Que este día y este himno, que sirven para dividir y no para unir a los catalanes, tengan oficialidad democrática es una demostración más de que en el tema separatista no hay nada que pactar con el gobierno de la Generalitat porque cada concesión que se hace a la oligarquía catalana es usada por estos para agredir a una parte de su propio pueblo.

El 11 de septiembre se considera que es el día en el que Catalunya cayó totalmente en manos borbónicas en la Guerra de Sucesión. Pero hasta eso es mentira pues ese día cayó Barcelona pero aún hubo otras ciudades que estuvieron en manos austricistas unas semanas más. Para la oligarquía  burguesa barcelonesa, Catalunya es Barcelona, ríanse ustedes del centralismo español pero, bueno, eso es sólo una anécdota, hay cuestiones mucho más importantes en ese 11 de septiembre que los separatistas venden como el día que se perdió la nación catalana, cuando en realidad era una guerra simplemente para decidir quién sería rey de España.

La defensa de Barcelona por parte de los austricistas fue militarmente heroica, pero esos héroes no luchaban por Catalunya ni como región, ni como país, ni como nada de nada. De hecho, en el bando que se lee ese día a los barceloneses no se nombra a Catalunya en ningún momento, sino que siempre se habla de España.

“quedando esclavos con los demás engañados españoles y todos en esclavitud del dominio francés ; pero con todo se confía en que todos , como verdaderos hijos de la Patria , amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados , a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”.

Éste es un extracto de ese pregón, pero pueden buscarlo en las redes entero si quieren y verán que no hay ni una sola referencia a Catalunya, a la nación catalana y menos aún al separatismo.

Hay otros separatistas que sí reconocen que no había nada relacionado con el catalanismo en esa defensa de Barcelona, pero que también señalan esa fecha como en la que el catalán comenzó a prohibirse en tierras catalanas. Lo cierto es que estos tienen parte de razón, pero manipulan también lo que ocurrió ya que se refieren al Decreto de Nueva Planta que Felipe V aplicó a todos los antiguos reinos, condados y señoríos, convirtiéndolos en regiones, tal y como todos los reinos de Europa hicieron en su día, centralizando sus posesiones.

José Patiño y el catalán Francesc Ametller fueron quienes redactaron dicho decreto. A raíz de ahí, las causas de la Real Audiencia se redactaron en castellano, pero no supliendo al catalán, sino al latín, que es como se redactaban hasta entonces. El castellano era la lengua que se utilizaba en las instituciones de gobierno, por los funcionarios y por determinadas élites que consideraban su uso un factor de prestigio social y cultural, mientras que el catalán quedaba reducido al ámbito privado y familiar. Más doloroso fue en realidad para Catalunya el hecho de que que se cerraran todas su universidades, a excepción de la Cervera, donde las clases y los escritos eran en castellano.

El toque nacionalista a ese día se dio pasado más de un siglo cuando el renacimiento literario catalanista, “La Renaixença”, reescribió antiguas historias y leyendas para que el catalanismo literario tuviese éxito. Del literario se pasó al catalanismo político que en estos últimos días, convertido en separatismo, trata de dividir la sociedad en buenos y malos catalanes. El renacimiento del catalanismo se suele dar como punto de inicio con el poema de Aribau “Oda a la Partria”, en realidad un poema escrito por un catalán hacia otro que, fuera de su tierra, la añora. Realmente, pues, no hay ningún toque nacionalista en dicho poema, además de que Aribau no sólo no era nacionalista catalán sino que ese poema iba destinado al Marqués Gaspar de Remisa, un noble borbónico con grandes lazos con la entonces reina regente María Cristina.

Aribau no es el único padre del catalanismo que no era nacionalista y mucho menos independentista. De hecho, todos los grandes mitos del catalanismo dejaron claro en sus escritos que defender el catalán, defender las costumbres de esta tierra y defender a Catalunya no debían verse como un ataque a España. De ese modo, Milà y Fontanals dijo en su discurso de los Juegos Florales de 1859:

Con un entusiasmo mezclado de un poco de tristeza, le damos aquí a esta lengua una fiesta, le dedicamos un filial recuerdo, le guardamos la menos un refugio. A los que no hagan memoria de las ventajas que trae olvidarla, diremos que a estas ventajas preferimos retener un sentimiento en un rincón de nuestro pecho, y si en este sentimiento alguien quisiera ver peligros, discordias o una disminución del amor a la patria común, podríamos responder que eran bien catalanes muchos de los que ensangrentaron la sangre de Lepanto y de los que cazaron las águilas francesas; y podríamos repetir un aforismo ya usado al tratar de uno de los mejores catalanes y más ardientes españoles (se refiere a Antonio Capmany) que nunca ha habido: No puede querer a su nación, quien no ama a su provincia”.

O Víctor Balaguer que en su libro “Añoranzas” escribió:

“¿Soy yo por ventura regionalista como ahora se dice? No lo sé. Creo que sí, pero en el sentido y con el alcance que yo doy a la voz regionalismo, que todavía no ha definido ni fijado la Academia. Soy, sí, regionalista; pero no de esos al uso. No lo soy hasta el punto de faltar a mi patria española por mi hogar catalán, que la patria está por encima de todo”.

Muchos de estos que se creen separatistas a día de hoy seguro que, incluso, desconocen lo que pensaban los padres del catalanismo político, personas como Valentí Almirall o Prat de la Riba, nombres de cabecera del separatismo de hoy. Así, Almirall escribió en sus últimos años de vida:

“Que los separatistas por odio y malquerencia sigan los procedimientos que crean que mejor les lleve a su objetivo, pero no finjan, ni mientan, ni pretendan engañarnos. El odio y el fanatismo sólo pueden dar frutos  de destrucción y tiranía; jamás de unión ni concordia. Pretender buscar la armonía entre las regiones españolas que han de vivir unidas, por el camino de los insultos o al menos de los recelos (…) nuestra propaganda siempre ha tenido el mismo ideal. Jamás hemos entonado ni entonaremos Los Segadors, ni usaremos el insulto ni el desprecio para los hijos de ninguna de las regiones de España”.

O cómo Prat de la Riba, en el diario “La Veu de Catalunya”, aseguraba que ya antes del Decreto de Nueva Planta los catalanes de la época habían aceptado el castellano como lengua propia:

“El castellano no se ha impuesto por decreto en Catalunya , sino por adopción voluntaria, lenta, de nuestro pueblo, efecto del gran prestigio que iba adquiriendo la lengua castellana. Éramos libres, teníamos completa autonomía política, con cortes más soberanas que las propuestas por las bases de Manresa y ya se hablaba y se escribía en castellano, y en castellano hemos de leer uno de los discursos más ardientes que  se hicieron en el Salón de Sant Jordi en las ultimas cortes catalanas”. 

El 25 de octubre de 1979, día que se votó el Estatuto de Catalunya, sería un buen día para celebrar el Día de Catalunya, así como también el 23 de abril, Día de Sant Jordi y quizá el día más bonito para todos los catalanes. Pero el 11 de septiembre no significa nada para la mayoría de nosotros. Aún así, lo hemos respetado, como también respetamos un himno que nos amenaza con cortarnos el cuello pero, dada la deriva separatista de los últimos tiempos, sólo podemos decir que no es nuestro día, que este es el día de los que se avergüenzan de la bandera milenaria de Catalunya y han inventado una nueva, esa “estelada” que no significa nada. Es el día de los que deben sentir cierto complejo por ser catalanes y han inventado una Catalunya nueva.

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