Los políticos españoles deben aprender a tender la mano al que piensa diferente

Ahora que parece que vivimos en una eterna campaña electoral, parece lejano ver cuándo comenzó todo esto. Obviamente, el 15 M cambió mucho las cosas, pero los cambios no se produjeron instantáneamente y tuvimos que esperar hasta tres años para ver el verdadero cambio que llegó en las Elecciones europeas de 2014. En ese tiempo, me di cuenta de que el espíritu de aquello que se llamó la Spanish Revolution había cambiado mucho.

De hecho, ya en los primeros días del 15 M, decidí dejar de asistir a aquellas plazas porque vi que aquello no era indignación, sino una comedia y un circo. La última vez que asistí a la Plaza de Catalunya, al irme para casa, una chica joven de estética okupa me dijo “No, nos vamos, compañero, nos tenemos que quedar aquí, la plaza es del pueblo”. Yo le contesté que tenía que dormir que al día siguiente tenía que ir a trabajar y ella me llamó esclavo.

Ese día me di cuenta de qué iba todo aquello. Mi indignación no comenzó el 15 M, yo ya lo estaba muchos años antes en los que, en charlas familiares o con conocidos, muchos no acababan de entender que criticara al PP, al PSOE y a los nacionalistas a la vez. Era como si, para los demás, fuese obvio que no hubiese más posibilidades que esas tres.

En esas fechas, hubo una manifestación por recortes en sanidad. Pasé por allí por casualidad y en la Plaza de Sant Jaume oí un discurso en el que se criticaba la democracia española por no ser real. En dicho discurso, escuché también cómo decían que en una democracia no se puede juzgar a Otegi por injuriar al Rey. No tuve que oír nada más; a mí me parece perfecto que las personas prefieran a un Presidente de la República a un Rey, ¿pero a un terrorista por encima de quien sea? Hasta ahí podíamos llegar.

En televisión vi cómo, en una manifestación similar en Madrid, los manifestantes se reían de Cristina Cifuentes diciendo que dejase el hospital público para ir a uno privado mientras, en ese preciso momento, la popular estaba en coma entre la vida y la muerte después de sufrir un accidente de moto.

Ver esas cosas me hizo estar más indignado con los indignados que con los políticos. No entendía esas burlas a una mujer que, como único pecado, tenía pertenecer al PP, es más, yo mismo, que jamás he votado a los populares en unas elecciones generales, siempre había visto a Cifuentes como de mente más abierta; no estando en contra del divorcio ni del matrimonio homosexual, siempre la había visto como una de las personas que más futuro podía y debía tener en el Partido Popular.

La diferencia es que, para mí, no hay bandos, no hay un ellos ni un nosotros. Hay políticos que lo hacen bien o lo hacen mal, pero nada más. Nunca he entendido eso de creer que los que no piensan como yo son mis enemigos.

En las elecciones europeas de 2014, menos de la mitad de los españoles iba a votar y, de ellos, menos de la mitad lo hacía a PP y PSOE. Ese día, muchos pensamos que algo iba a cambiar. Yo, personalmente, ya hacía 8 años que votaba otras opciones, pero muchos comenzaban a cambiar entonces.

En ese momento, comenzaba esta larga campaña electoral en la que parecía que la ciudadanía iba a acabar con ese bipartidismo que, no sólo se repartía el poder y las corruptelas, sino que tampoco hacía nada para que eso cambiara. De ahí en adelante, por más que hubiera por medio municipales y autonómicas en gran parte de España, todos esperaban ver si verdaderamente habría el zarpazo al bipartidismo.

Pero no, el Bipartidismo sube del 49,1% de las europeas al 50,7% de las generales, lo que demuestra que sí ha cambiado algo, pero que aún la mitad de los españoles confían en los dos partidos tradicionales. Eso no me decepcionó, pero sí lo que vi en los días posteriores y lo que sigo viendo a día de hoy y es que la nueva política no ha servido para dar un salto democrático, para madurar políticamente, ya que, a día de hoy, los españoles están más enfrentados de lo que lo estaban antes y esa es la parte que no puedo entender, lo que me decepciona de todo esto.

Más allá de las diferencias, sigo pensando que todos deberíamos tener un objetivo común como nación, pero esto no va ser posible si las cosas no cambian. No puede ser que haya fuerzas políticas sectarias, que busquen el enfrentamiento, que tengan vocabulario guerracivilista… pero, claro, luego recuerdo lo de Otegi, recuerdo que esas personas reían la posible muerte de Cristina Cifuentes y te das cuenta de que todo cuadra.

El mal hacer de algunos de nuestros políticos hace que vayamos a unas nuevas elecciones y ya estamos oyendo los primeros vetos y ese no es el camino o no debería de serlo. Podemos y PSOE son seguramente los que más lo están haciendo, pero los moderados están siendo más listos y quizá pronto superen a los socialistas que están siendo las grandes víctimas de esa pinza PP-Podemos que llevaron a que, uno negándose a hacer gobierno y otro negándose a pactar, volvamos a tener que ir a las urnas.

Curioso país tenemos en el que nos quejamos de unas nuevas elecciones y, sin embargo, si hacemos caso a las encuestas, vamos a premiar a quienes las han provocado. El 26 de junio, el pueblo hablará y el 27 tendrán que hacerlo los políticos. Para entonces, esperemos tener un gobierno lo más fuerte posible, que renueve la Constitución, que luche contra la corrupción, que suprima los aforados y que comience una nueva era para la enseñanza de los jóvenes que son nuestro futuro. Pero, para eso, habrá que llegar a acuerdos y, como ocurre en las mejores democracias europeas, espero que los acuerdos se vean claros antes de las elecciones porque, sino, quizá el cuento no acabará el 26 de junio.

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