¿Qué es ser Liberal Progresista? (3ª parte)

Proseguimos con la respuesta a la pregunta “¿Qué es ser Liberal Progresista?”, un ciclo de entradas cuya segunda parte podéis encontrar clickando aquí:

Para tratar de indicar el origen del pensamiento Liberal, que acabaría dando lugar al Liberalismo Progresista, deberíamos, a mi entender, ir atrás hasta el tiempo en el que el Imperio Romano se divide pero, obviamente, trataré de resumir lo más posible para no enredarnos en temas que ocurrieron hace muchos años.

Cuando el Imperio Romano se separó, en la parte oriental quedó el Imperio Bizantino y, por otro lado, Occidente se rompió en pequeños reinos. Europa estaba dividida, pero entre esas tierras había un punto en común que, de algún modo, la mantenía unida, el Cristianismo. La religión cristiana marcó el camino socio-político en Europa. Las sociedades cristianas en gran medida creían que la historia se desarrollaba de acuerdo a un plan divino sobre el cual los seres humanos tenían poco control. La Iglesia dio a los reyes la autoridad para gobernar, mientras que estos últimos propagaron el mensaje de la fe cristiana y otorgaron la licitación de las fuerzas cristianas sociales y militares.

Esa ayuda mutua entre gobernantes y religiosos beneficiaba a ambos. Además, el Cristianismo daba al pueblo la esperanza de que algún día les esperaría un mundo mejor. En el siglo XIV, las disputas sobre la sucesión papal dañaron a la Iglesia. Según los historiadores, eso y la aparición de la Peste Negra, que exterminó a un tercio de la población europea, fue el comienzo de que los ciudadanos se cuestionasen que hubiera un gran plan para todos y que quizá los hombres eran libres para decidir sus destinos.

En ese tiempo, comenzaron los levantamientos de campesinos y el pluralismo de pensamientos, base de un mundo liberal. El surgimiento del Renacimiento en el siglo XV debilitó la sumisión a la Iglesia y aumentó el interés por la ciencia. Fue clave también la reforma protestante que surgió a partir de ideas que vieron a la Iglesia como una orden opresora que apoyaba el feudalismo señorial que había en Europa.

Tristemente, todo aquello acabó en una cruel guerra llamada “De los treinta años”. En Inglaterra, las disputas entre el Parlamento y el Rey Carlos I provocó una guerra civil en la que el Rey acabó ejecutado y el parlamento logró establecer una monarquía que limitara sus poderes y que debía obedecer la Constitución redactada por el Parlamento. Precisamente las discusiones entre los parlamentarios de cómo debía ser esa constitución llevó a que, entre los intelectuales ingleses, hubiese distintas corrientes. De esos debates surgió el liberalismo.

Se identifica a John Locke como padre del liberalismo. Locke era médico y filósofo. Según los historiadores, el liberalismo nace en una discusión que tuvo con Thomas Hobbes. En la discusión que reinaba en todo el Reino Unido, Hobbes apoyó a la monarquía y Locke al Parlamento pues opinaba que el Parlamento encarnaba la voluntad del pueblo. Argumentaba que el gobierno requería del consentimiento de los gobernados. “Lo que comienza y, de hecho, constituye toda sociedad política no es más que el consentimiento de cualquier número de hombres libres capaces de alcanzar una mayoría para unirse e integrarse en una sociedad. Y esto es lo único que hizo o pudo dar inicio a cualquier gobierno legítimo en el mundo”.

Por más que ahora nos suene increíble, hasta ese momento no había una corriente política que discutiese que nadie podía gobernar por derecho, muchas veces sobrenatural, otras natural, sin el consentimiento del pueblo. De modo que podríamos indicar que, en esos comienzos, el liberalismo nació para discutir y limitar la idea de la legitimidad de los Reyes, concedida por la Iglesia por la gracia de Dios.

Otro de los momentos clave del liberalismo fue cuando las colonias en Norteamérica, que habían sido súbditos del Reino Unido durante décadas, se revelaran. Las tensiones entre ambas partes acabó con la Guerra de los Siete Años (1756-1763) que acabó con las arcas públicas británicas vacías, lo cual obligó a que los británicos debieran exprimir sus colonias aún más. Los norteamericanos declararon la independencia con la carta escrita por Thomas Jefferson, en la cual se acogía al sentimiento liberal de Locke. La Guerra de Independencia empezó en 1775 y acabó en 1781 con la victoria de los norteamericanos gracias al apoyo de Francia, que competía con el Reino Unido por ser la primera potencia mundial. La Revolución estadounidense acabó en 1783 con el Tratado de París, en el cual los británicos reconocían la independencia de las colonias en América.

Tras la guerra, lo más importante era saber cómo seguirían adelante en los Estados Unidos. En 1787, se constituyó la Carta Magna de los Estados Unidos. Dicha constitución cambió la historia del mundo ya que era un documento revolucionario y liberal en el contexto de la época. Los estadounidenses establecieron una república, sentando las bases de la democracia liberal que se expandiría por gran parte del mundo en el futuro. La ilustración había influido mucho en dicha constitución y el libro “El espíritu de las leyes” del francés Barón de Montesquieu sentó las bases de la separación de poderes entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial.

La revolución estadounidense fue seguida y probablemente inspiradora de la que quizá es la revolución más importante de todas, la francesa, que supuso el inicio del mundo moderno y de la época liberal en la que dejaba de haber amos y siervos y todos eran ciudadanos. Los liberales, después de la Revolución, quisieron desarrollar un mundo libre o al menos libre de demasiada intervención gubernamental. Creían que los gobiernos eran cargas pesadas y querían que se mantuvieran fuera de las vidas de los individuos. Los liberales presionaron a la vez para la expansión de los derechos civiles y de los mercados libres, así como también el libre comercio como parte de la Revolución Industrial.

Los primeros liberales progresistas aparecieron durante el siglo XIX y formularon sus puntos de vista en respuesta al liberalismo clásico. Según este pensamiento, el Estado regula y protege libertades civiles, pero no puede usurpar la autonomía de los individuos. Por ello, la soberanía reside en exclusiva en la ciudadanía y se transmite a través de los mecanismos propios de la democracia.

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