La historia interminable de la Catalunya del pensamiento único

Ya expliqué una vez cómo, durante meses, estuve mirando la posibilidad de marcharme a vivir fuera de Catalunya, pues llegó el momento en el que la presión del nacionalismo iba a hacer irme de la tierra donde nací y viví siempre.

La locura colectiva que vive Catalunya está haciendo mucho daño y, a pesar de que en mi entorno el independentismo es algo casi inapreciable y que los pocos independentistas que tenía cerca se han querido alejar de mi vida, es dura la sensación de estar en un sitio donde muchos no te quieren, donde muchos te rechazan y llega el momento en el que la cuestión es saber quién tiene o no razón, haciéndose casi imposible vivir en un lugar donde una parte de la población siente odio hacia ti, hacia tu familia, hacia lo que tú representas.

Decidí quedarme por dos cuestiones: una de política, ver a los miembros de Ciudadanos luchando para que Catalunya fuese lo que siempre fue porque, por más que ahora nos quieran hacer ver que el independentismo siempre estuvo ahí, eso no es cierto dado que antes solamente lo era una minoría muy minoritaria y ahora se confunde el ser nacionalista con el ser independentista.

El otro motivo que me llevó a quedarme en mi tierra fue el ver una fotografía del año en el que yo nací, en la cual en el paisaje se veía la nada donde ahora hay todo un barrio, un barrio construido por personas que habían llegado desde otros puntos de España y que no fueron a quitar nada a nadie, sino a instalarse en la nada para construir algo.

Sin embargo, hay días en los que vuelvo a pensar en irme, en abandonar estas tierras. Días en los que piensas que la mejor forma de que acabe el enfrentamiento es dejar solos a los nacionalistas, aún a sabiendas que, cuando estuvieran solos, tendrían que inventarse alguien a quien odiar ya que el que ha hecho del odio su forma de vida difícilmente sabrá vivir sin él.

Tener que ver cosas, como los ataques a los miembros de Sociedad Civil Catalana en la Universidad Autónoma u observar cómo fascistas del nacional-catalanismo creen que los fascistas son los otros, te quitan las ganas de todo y te recuerdan las historias que nuestros mayores nos han contado sobre cómo tuvieron que sobrevivir a una guerra, de cómo llegaron a Catalunya y de cómo lucharon, sin ser catalanes de nacimiento, para que los catalanes recuperaran su autonomía, para que los catalanes pudieran estudiar su lengua, para que ahora a ellos y a sus hijos e incluso a catalanes, catalanoparlantes que defienden la unidad de España, les llamen fascistas.

Ver a estos impresentables, perros guardianes de los burgueses catalanes que odian más a los españoles por obreros que por españoles, querer hacer contra el castellano y los españoles lo mismo que en la época del dictador Franco se hizo contra el catalán; u observar a la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y a la marioneta de Artur Mas, Carles Puigdemont, en la inauguración de la Feria de Abril de Barcelona, tratando a los andaluces como si fuesen extranjeros en Catalunya y fingiendo estar interesados por unas personas a las que odian, unas personas que ya han dicho basta, que ya han dicho “no nos engañáis más” y que, por tanto, silbaron a los dirigentes.

Los andaluces, por más que no se enteren estos dirigentes, no han tenido que adaptarse a Catalunya, no han tenido que acostumbrarse a nuevas costumbres en estas tierras, porque a nadie le cuesta adaptarse a su propia tierra, a su propio país. De modo que, por eso, silbaron a estos dos dirigentes que odian a los españoles, porque las personas ya no aguantan que se les hable como si fueran de otro lado y más cuando se trata de personas que, en su mayoría, han nacido en Catalunya.

Porque, por más que a los del pensamiento único no les entre en la cabeza, para ser catalán únicamente hace falta nacer o vivir en Catalunya. Ser catalán no es la pertenencia a una estirpe milenaria, ser catalán no es ser de un ADN diferente, ser catalán no es ser de una raza superior, ser catalán no es un apellido, ser catalán no es hablar en catalán, y ser catalán, por más que se empeñe esta gente, no es dedicar tu vida a odiar a España. Ser catalán es simple y llanamente haber nacido o vivir en Catalunya.

Sin embargo, tener que ver, que oír, que silbaban al President y a la Alcaldesa porque son catalanes me hierve la sangre, ¿y nosotros entonces qué somos? ¿Nosotros no somos catalanes? ¿Qué nos falta para serlo? ¿Qué requisito nos falta?

Lo peor de todo esto es que hay gente que está harta y ya no quiere ser catalana, que renuncia a ello y eso es un error ya que, por más que puedo entender ese sentimiento en parte, hay que tener una cosa clara, no es Catalunya la que nos odia, no son los catalanes. Quien nos odia es el independentismo, pero eso no es Catalunya, porque nosotros también somos Catalunya y no debemos renunciar a ello, no debemos irnos, no debemos dejar de luchar porque el nacionalismo, lacra de un siglo XX lleno de odio, de guerras y de muertos, no tiene cabida en el siglo XXI.

Por eso, debemos seguir luchando, para que no se propague esta enfermedad que destruyó media Europa en su momento. No rechacemos a los independentistas, hablemos con ellos, el nacionalismo es lo que es y, llegado el momento, ellos tendrán que elegir entre si verdaderamente pertenecen a una corriente racista, xenófoba y excluyente o si, en realidad, no son independentistas.

 

Fuente de la fotografía de portada: elperiodico.com
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