Cuatro formas de ver España

En las elecciones a Cortes Generales del 20 de diciembre, no sólo votaremos a los diputados y senadores, no sólo trataremos de ayudar con nuestro voto a que se elija el Presidente del Gobierno, sino que también estaremos decidiendo qué España queremos para las próximas generaciones. Estas elecciones son especiales y no sólo porque después de mucho tiempo de bipartidismo Ciudadanos y Podemos amenacen el trono de PP y PSOE que se han dormido en los laureles, sino porque la crisis, la corrupción y la política antigua han marcado un antes y un después en el contexto político español.

De modo que, más allá de los antiguos clichés de izquierda o derecha, deberíamos tener en cuenta qué tipo de país queremos, en qué nación queremos vivir y en dónde queremos que crezcan nuestros hijos. Aún hay mucha gente que cree que hay que elegir entre derecha o izquierda entendiéndolo del modo que se entiende de la convulsa II República y la Guerra Civil, pero tantos los que han pasado ya esa página como los que hemos nacido en democracia no debemos soportar esa carga.

A día de hoy, pocos discuten sobre la Ley del Divorcio y pocos lo hacen sobre el aborto en casos concretos, pero tampoco nadie cree que el Gobierno deba controlar la economía o los medios de comunicación. Yo no soy de derechas ni de izquierdas, yo soy un ciudadano racional que se mueve por la lógica y por los conocimientos y no va a decidir mi modo de pensar la forma en que se sentaron en la Asamblea Constituyente unos franceses con peluca, Girondinos y Jacobinos en 1792.

Hay que pensar en qué España queremos, si la España Cañí del Partido Popular, la de toda la vida, la que cuando nos preguntamos por qué no avanzamos tenemos la respuesta de “es que los españoles somos así”. Esa España en las que los caciques de pelo aceitoso humillaban a los campesinos por un mísero jornal y en la que debes estar agradecido por ello. Esa España en la que se hace nacionalismo castellano, en la que según ellos los verdaderos españoles viven en el centro de España y se va perdiendo españolidad conforme vives lejos de él. La España en la que un ministro de cultura tiene la incultura de decir que va a quitar el acento a los niños andaluces y que va a españolizar a los niños catalanes. La España del pícaro, del Buscón de Quevado, del Lazarillo de Tormes que ahora se llaman Barcenás, Gürtel o Rato. La España del “que me quede cómo estoy”, del “A Dios rogando y con el mazo dando”. La España que sólo ve futuro en el ladrillo y en el turismo, la España del Presidente que se esconde, del mandatario que se arrodilla ante Merkel, de las ruedas de prensa en plasma, la de las tarjetas black, la de no queremos un partido que se llama “Siudatans” la del “Luís se fuerte hacemos lo que podemos”.

Y, si no nos gusta esa, tenemos la del PSOE, la de las 17 Españas, la de los 17 discursos uno para cada autonomía, la que promete federalismo cuando uno de los problemas de España es todo lo que se ha cedido en las autonomías, la de lo mismo pacto en un pueblo con el PP que en otro con los independentistas. La España de la improvisación, del para sacar votos favorezco en un lado y dejo descuidado el otro. La de saco la bandera en un lado y la escondo en otro, la de los obreros sin callos, la de los marxistas que abrazan el capitalismo, la de los republicanos que se inclinan ante el Rey. Los del No, pero Sí a la OTAN, los que impulsaron las ETT, los que dijeron que habían acabado con ETA justo el día antes de que hubiese un atentado en Barajas, los que presumían de éxito financiero para ganar unas elecciones cuando en realidad ya estábamos en crisis, la del líder que asegura que la Seguridad Social y el divorcio son cosas de los socialistas, los de Filesa, Malesa, los de la expropiación de Rumasa, los que ensalzaron a Mario Conde y después lo destruyeron cuando tenía demasiado poder, los que trataron de comprar al Juez Garzón para que no investigara los GAL, los de los ERE de Andalucía.

Pero ahora tenemos partidos nuevos, aunque haya también partidos nuevos con discurso viejo, partidos como Podemos que desprecian la Constitución, que desprecian el esfuerzo de la Transición, los que lo mismo llaman fascista a Suárez que a Felipe González, a Miquel Roca o a Jordi Solé Tura. Los que pactan con Bildu, los que dicen que ETA tenía motivos políticos y que hay que acercar a sus presos, los que asesoraron el chavismo en Venezuela, los que admiran a Fidel Castro y la Unión Soviética, los que pactan con independentistas en Valencia y Catalunya, los que quieren una España rota, los que por ganar unos votos dicen en Catalunya que harán un referéndum cuando saben que sería ilegal, los del adelante comandante. Esos profesores de Universidad que critican el sistema del que se han beneficiado, ese partido que quiere tener a un Presidente que no quiere respetar la Unión Europea, que su modelo es Grecia, que quiere colocar a su pareja sentimental como vicepresidenta, un partido que quiere quitarle las calles a Dalí, a Santiago Bernabéu o a Ramón Gomez de la Serna porque para ellos todos son fascistas, los que no quieren que nos protejamos del Daesh, los que trabajan en una cadena de televisión iraní país donde se lapida a las mujeres y se cuelga a los homosexuales. El partido cuya propuesta es llamar drogadicto a su rival.

O tenemos otra opción, la del optimismo, la de la ilusión, la que quiere una reforma política en la que el miedo no tenga que ir cambiando de bando porque no debe haber ni miedo ni bandos. Una reforma que busca justicia y no venganza, que quiere una España reconocible pero moderna. Una España en la que, cuando hablemos de Europa, no lo hagamos como algo lejano, sino como algo propio, con un presidente que en las reuniones de la Unión Europea mire de tú a tú a los otros mandatarios y que pueda hablar con ellos sin intérprete. Un partido en el que haya ciudadanos y no súbditos, que tenga como base la cultura, donde nos preguntemos qué vamos a hacer mañana y no qué va a pasar mañana. Una nación donde se entienda que el último pueblo de Girona o Bizkaia o la isla más pequeña de Canarias es tan España como la Puerta del Sol de Madrid, donde apreciemos que la diversidad de nuestros pueblos nos hace mejores, donde entendamos que es más lo que nos une que lo que nos separa. Un país donde entendamos que un partido como Ciudadanos representa la modernidad sin dejar de ser lo que somos, donde España no sea la tierra de los pícaros del PP ni la de los parches del PSOE ni la del enfrentamiento entre rojos y azules de Podemos, sino la España que entiende que los que no piensan como nosotros no son nuestros rivales, sino nuestros compatriotas, los que desde la centralidad saben que ha llegado el momento de vivir una segunda Transición que nos equipare a los países punteros de Europa.

 

Fuente de la fotografía de portada: telecinco.es
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