1975-2015 Historia de la democracia en España (V)

La demostración de orden y disciplina del PCE durante el entierro de los cinco abogados laboralistas asesinados en Madrid en la última semana de enero dejó claro que la Transición no sería completa si se dejaba fuera al Partido Comunista. Así también, se lo hizo saber Felipe González al Presidente Suárez en la primera reunión oficial que había tenido el Presidente con miembros de la oposición. A esa primera reunión, además de González, acudieron Joaquín Satrustegui del Partido Liberal y Anton Cañellas de Centristas de Cataluña entre otros.

Todo esto obligó al Gobierno a replantearse su postura de legalizar al Partido Comunista. Antes de que eso ocurriera, su secretario general pudo abandonar la clandestinidad y convocar una rueda de prensa. El 27 de febrero Suárez y Carrillo se entrevistaron en secreto en el domicilio del periodista José Mario Armero.  El compromiso al que se llegó fue que el Partido Comunista frenaría la presión popular en la calle a cambio de su próxima legalización. El Rey estaba favor de la ello y había enviado un representante suyo a Bucarest para que se entrevistara con Ceaucescu, Presidente de Rumanía, muy amigo de Santiago Carrillo, y sondear un posible acuerdo.

Suárez también mandó a uno de sus hombres a reunirse en Francia con el Presidente de la Generalitat en el exilio, el molt honorable Josep Tarradellas. Poco después, Suárez visitó Barcelona, dio la categoría de cooficial a la lengua catalana y prometió un futuro Estatuto de Autonomía. Así mismo, legalizó la Ikurriña que ya sería oficial en Euskadi.

El Gobierno remitió la posible legalización del Partido Comunista al Tribunal Supremo para que éste dictaminara si, según los estatutos que habían presentado, se trataba de un grupo político «totalitario», lo que haría imposible su inscripción en el registro de partidos. Pero el Alto Tribunal le devolvió el expediente al Gobierno para que éste decidiera.

La pelota estaba en manos de Adolfo Suárez, pero los actos terroristas y las muertes de Policías y Guardia Civiles no hacían fácil la situación. Cada funeral de un miembro de seguridad era utilizado como una manifestación de ensalzamiento a Franco y una crítica al Gobierno que consideraban “traidor”.

El 9 de abril, aprovechando que medio país estaba de vacaciones de Semana Santa, el presidente Suárez tomó la decisión más arriesgada de toda la Transición: legalizar al Partido Comunista. Para la historia quedó la voz sofocada y entrecortada del periodista de Radio Nacional de España, Alejo García, que en su intento de poner en conocimiento a los españoles lo más rápido posible, corrió hasta el micrófono y casi sin poder coger aire dijo: “Señoras y señores, hace unos momentos fuentes autorizadas del Ministerio de Gobernación han confirmado que el Partido Comunista… perdón… que el Partido Comunista de España ha quedado legalizado e inscrito en el… perdón… Hace unos momentos fuentes autorizadas”…

El Ministro de Marina, el almirante Gabriel Pita da Veiga, dimitió y el Gobierno tuvo que recurrir a un almirante de la reserva para cubrir su puesto ya que ninguno en activo quiso sustituirle. El Partido Comunista, como contrapartida, tuvo que aceptar la Monarquía como forma de gobierno y la bandera rojigualda.

A finales de ese mismo mes de abril, fueron legalizados los sindicatos obreros, incluido Comisiones Obreras, con fuertes vinculaciones con el Partido Comunista de España. El 13 mayo aterrizaba en Madrid el avión procedente de Moscú que llevaba a bordo a Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que volvía a España después de un exilio de 38 años. A finales de ese mes de mayo, Torcuato Fernández Miranda, artífice de la Transición como presidente de las Cortes, presentaba la dimisión de su cargo, lo que pareció indicar el comienzo de una nueva etapa política.

Sobre por qué Suárez adelantó el plan para legalizar el Partido Comunista ha habido siempre varias teorías más allá de la postura oficial que dice que, sin el Partido Comunista, no había democracia plena. Se ha comentado a veces que Felipe González se resistía a aceptar las condiciones que Suárez ponía para las futuras elecciones y que la jugada de Suárez fue legalizar el Partido Comunista para que concurrieran a las elecciones obligando, de ese modo, a que el PSOE aceptara las condiciones también. A pesar de ello, la teoría más política es la que dice que Suárez sabía que la única forma de ganar a Felipe González en unas elecciones era dividiendo el voto de la izquierda, entre socialistas y comunistas.

Sea como fuera, ya todo estaba dispuesto para las primeras elecciones democráticas, para que se estableciera un sistema de representación popular corregido por la aplicación del sistema D’Hont y la fijación de un mínimo de dos diputados por provincia, lo que favorecía a las zonas rurales, en detrimento de las zonas urbanas e industriales más pobladas.

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