1975-2015 Historia de la democracia en España (I)

Hace 40 años los españoles se propusieron realizar juntos el deseo unánime de recuperar las libertades y articular un sistema de convivencia bajo el signo de la reconciliación. Para ello, se exigió gran generosidad de todos pero, sobre todo, del pueblo español, gran artífice del milagro de la Transición por encima de los nombres políticos.

Más allá de lo que cada uno pensamos y también más allá de las leyendas urbanas que se cuentan, la Corona asumió su función integradora de todos los españoles dentro del marco democrático, a pesar de que en aquel momento nadie creyese en el Rey y, de hecho, muchos ya le llamasen Juan Carlos I “el breve”.

Fue decisivo también el papel de los medios de comunicación que vertebraron, mediante la información, una sociedad auténticamente democrática. La Constitución remata el anhelo de la reconciliación, una Carta Magna que, por primera vez en la historia de nuestro país, no era fruto de imposiciones de un sólo partido.

Hasta que llegó el referéndum del 6 de diciembre de 1978 hubo un largo proceso. Un proceso minucioso en el que un sólo error podía dar el traste con la esperanza de la democracia en nuestro país. El Rey sabía que había que romper con todo lo anterior, que era fundamental que la soberanía recayese en el pueblo y también que había que abandonar la España grande y libre, por una diversa pero unida.

Los españoles debemos estar muy orgullosos de lo que pasó en nuestro país en aquellos años. Pocas veces en la historia mundial un país ha cambiado tanto en tan poco tiempo. El 20 de noviembre de 1975 con la muerte del dictador Franco, Arias Navarro, Presidente del Gobierno desde el asesinato del almirante Carrero Blanco, era la cabeza visible del Movimiento Nacional.

El Rey, coronado una semana después, no podía cesar a Arias Navarro de inmediato ya que, como dice el refrán y nunca mejor dicho, las cosas de palacio van despacio y en este caso no iba a ser menos. Primero de todo Juan Carlos I debía mostrar con signos claros que no iba a ser la herencia del franquismo, por más que Franco fuese quien le había designado como su sucesor.

Muchos historiadores y entendidos dicen que el primer signo de cambio que quiso dar el Rey fue cuando trató de que, antes de jurar el trono públicamente, su padre Juan de Borbón y Battenberg (quien hubiera sido Juan III) renunciara al trono en su nombre. De ese modo y ante los ojos de todos los españoles, Juan Carlos heredaría el trono de un monarca y no de un dictador que había ocupado su jefatura de estado por vía de las armas. Pero el Presidente Arias Navarro se negó y el monarca obedeció, por temor a cómo pudiera reaccionar el ejército que había jurado fidelidad a Franco. No sería hasta el 14 de mayo de 1977 que el Rey vio cumplido su deseo y Juan de Borbón renunció al trono. Para entonces, muchas cosas habían cambiado.

Eso no quitó que el discurso que pronunciase el Rey no fuese el que hubiera gustado tanto a los militares como a los miembros del movimiento nacional. Juan Carlos I juró las Leyes fundamentales del Reino y pronunció a continuación un discurso en el que evitó hacer referencia al triunfo franquista en la Guerra, en el que, a pesar de manifestar su “respeto y gratitud a Franco”, afirmó que se proponía alcanzar “un efectivo consenso de concordia nacional que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional”.

Nadie confiaba en el Rey, los que menos las personas que ostentaban el poder y que temían poder perderlo. Pero tampoco confiaban los partidos políticos que, aún en la clandestinidad, criticaban a Juan Carlos y le acusaban de continuista del régimen, sobretodo cuando ratificó en el cargo de presidente del gobierno a Carlos Arias Navarro, lo que causó una enorme decepción. “Franquismo con Rey” y “Monarquia con Rey” fueron algunos titulares de los diarios clandestinos.

Tanto en el nombramiento del Presidente de las Cortes como del nuevo gobierno, el Rey trató de buscar reformistas pero, claro, los reformistas eran franquistas también. Sin embargo, cuando en privado y según los presentes comentan, se le decía al Rey que así no se podría cambiar, Juan Carlos I siempre decía que: “Tras 40 años de dictadura, todos estamos en instituciones franquistas”. De modo que el Rey tuvo claro que debía buscar a alguien que tuviese el talento para ejercer un plan tan ambicioso pero que, a la vez, no fuese una cara conocida. Todavía no sabía su nombre pero ya sabía el perfil. El Rey ya buscaba a Adolfo Suárez.

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