La Catalunya enferma

Hace tiempo, Albert Boadella dijo que Catalunya estaba mentalmente enferma. Recuerdo que en aquel momento me parecieron totalmente desacertadas esas palabras, lo cierto es que a mí la teatralidad de Boadella no me gusta, supongo que me parece que le quita seriedad a las cosas importantes. Sin embargo, el otro día me acordé de esa frase. Boadella tenía razón, la sociedad catalana está enferma, sobretodo los jóvenes que han ido creciendo adiestrados en el independentismo. Gran parte de los jóvenes de Catalunya no piensan por sí mismos, los han educado en el odio, el desprecio y la xenofobia contra lo español. Verdaderamente, se creen superiores racial e intelectualmente y lo peor es que sienten ese odio y ese racismo sin darse cuenta. Por eso mismo, porque es parte de su día a día y, además, como están adiestrados en buenas universidades, te insultan y te humillan con muchísima educación.

Ayer hablé sobre la CUP y hoy tengo que hacerlo de nuevo. No sobre los políticos, ni sobre sus dirigentes, sino sobre quienes les votan. Jóvenes que están contra el sistema pero que, por supuesto, no son antisistemas porque, de serlo, ni siquiera votarían, además que esos que son o juegan a ser antisistemas, desde el momento que se reafirman de sus ideas en las universidades, aunque probablemente no se habrán percatado, ya están aceptando el sistema.

Chavales que imitan la época punk de finales de los años 70 en el Reino Unido y copian sus eslóganes como el “No future”, a pesar de que su no futuro no sea porque vayan a quedarse en el paro o porque tengan que acabar trabajando en la mina, sino simplemente porque sus cómodos trabajos no van a darles tanto dinero como para tener una vida tan cómoda como sus antepasados, muchos de ellos, como dije ayer, pequeños burgueses.

Creo que hoy estoy siendo duro, puede que más duro de lo que es habitual en mí, pero es que estoy perdiendo la fe en la sociedad de mi tierra. Yo creo que siempre he sido bastante respetuoso con los que no piensan como yo, siempre he estado dispuesto a escuchar o a leer a personas que no piensan como yo y, hasta ahora, había sido enriquecedor. Pero ya no. No es política, va más allá, es un adoctrinamiento feroz que hace que cientos o miles de jóvenes en Catalunya sean autómatas que no van a pararse ni cinco minutos a pensar si sus pensamientos están en lo cierto o no.

Además, están programados para llamarte opresor, fascista o nazi a la mínima que trates de utilizar como argumento la Ley. Para mí (y para todos los demócratas), fuera de la Ley no hay nada, de modo que difícil puede ser entender que la regla de oro de un partido sea llamar a la desobediencia.

La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo e intuyo que muchos de estos jóvenes veinteañeros no votarán a este tipo de partidos en cuanto lleguen a la treintena o cuando tengan verdaderas responsabilidades pero, durante un tiempo, están poniendo en peligro la democracia y el Estado de Bienestar. Y que quede claro que no estoy hablando del independentismo en sí, sino de cómo han creado a jóvenes que son robots que no capaces de razonar más allá de lo que le han instalado en la memoria.

Yo no creo que deba haber un referéndum por la independencia, primero porque en lo personal no creo que se me pueda hacer elegir entre ser catalán o español o más catalán o más español, porque para mí es lo mismo y, segundo, porque con ello, si me voy fuera de lo emocional, observo que la Ley, la Constitución y l’ Estatut de Catalunya imposibilitan ese “derecho a decidir” que en el único país que existe constitucionalmente es en Etiopía. Sin embargo, a veces llego a dudar y vuelvo a revisar si tiene razón de ser o no ese referéndum.

Pero ellos, los autómatas, están completamente seguros de que sí tienen ese derecho, no les cabe duda, ni la más mínima que eso es democracia, por más que el punto más importante de la democracia sea respetar las leyes y la Constitución. Y, no sólo eso, si además dudas de que ese referéndum sea justo o no, eres directamente un fascista y alguien de mentalidad conservadora.

Hoy quizá estoy de bajón, pero no creo que se pueda conseguir nada en mi tierra e, incluso, llego a pensar en abandonarla y no hablo de independencia, porque insisto que independencia no va a haber nunca, ya no sólo por que las leyes, el gobierno y demás instituciones encargadas de ello no van a permitirlo, sino porque las personas que en Catalunya no son independentistas no van a dar la probabilidad de que eso ocurra. Me refiero a que no creo que se pueda llegar a dialogar, a llegar a acuerdos, eso es lo que no se va a poder conseguir. Los autómatas están completamente seguros de que ellos deben luchar por el derecho a decidir, pero creen que yo no tengo derecho a pedir que no haya referéndum y están completamente seguros de que el hecho de que haya un cuarenta y tantos por ciento de supuesto independentismo obliga al gobierno español a negociar. Sin embargo, los independentistas no tienen ninguna obligación de hablar con el cincuenta y tantos que nos sentimos catalanes, españoles y europeos, porque el simple hecho de querer eso, nos convierte en analfabetos, incultos y españoles violentos y colonos.

Boadella qué razón tenías… Catalunya está mentalmente enferma.

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