Los noventa del Parlament

La mayoría absoluta del Parlament está en 68 diputados. Ese es el mínimo que se marca para gobernar en mayoría absoluta. Ese es el número (inalcanzable) que necesita Junts pel Sí para justificar el adelanto de las elecciones. No ganar por esa mayoría es un fracaso y Artur Mas lo sabe. CiU y ERC obtuvieron 71 escaños entre los dos y esa era la base para unirse en estas elecciones. Bueno… esa y que, de ir separados, C’s estaba cerca de ser la lista más votada según las encuestas.

El carácter plebiscitario que quieren dar los nacionalistas hace que los medios de comunicación especulen sobre si Junts pel Sí y la CUP pueden o no alcanzar conjuntamente esos 68. En ese tema, habría mucho que discutir, porque yo no creo que sea tan fácil ver a la CUP votando a Mas, aunque quizá sí hacerlo con Romeva o Junqueras.

Aún así, las últimas encuestas dicen que Junts pel Sí y CUP rozarían esa mayoría y que, probablemente, tendrían superioridad en el Parlament. El problema es que, si plantean esto como un referéndum, no habría que contar parlamentarios sino votos y, según las encuestas, de ese modo no se llegaría al 51% por el que Mas podría sentirse mayoritariamente respaldado.

Eso está creando un debate sobretodo periodístico porque, en realidad, no hay debate. No hay diputados suficientes para saltarse la legalidad, L’Estatut y la Constitución. Es decir, que ni aunque Junts pel Sí consiguiera 135 parlamentarios (todos), la independencia unilateral sería posible porque iría contra la Ley, aunque obviamente, en ese imposible e hipotético caso, Artur Mas y su banda podrían sentirse verdaderamente respaldados.

Cambiar la Ley sin saltarsela es algo posible. En España se cambió de una dictadura a una democracia con la Ley de la Reforma Política de noviembre de 1976, cuya votación a favor nos trajo la histórica imagen del añorado Adolfo Suárez suspirando, mientras se dejaba caer en el sillón del Congreso. En aquel momento, se pudo hacer eso por una razón simple: una amplísima mayoría de los españoles lo quería, tal y como quedó demostrado después en el referéndum donde se aprobó la Constitución.

Eso, precisamente, es lo que no pasa en Catalunya, donde la independencia no lo quiere una mayoría. ¿Que hay mucha gente que la quiere? Sí ¿Que son más que hace diez años? Correcto. Pero no son una mayoría y que el número de independentistas sea el 49% o el 51% no cambia nada. No estamos hablando de una ley más. No es pagar o no un impuesto, ni nada de eso; estamos hablando de que más de siete millones de personas dejen de ser lo que son. Y, por favor, que no nos engañen, que no nos hagan creer que la independencia es bajar una bandera y arriar otra porque eso no es así y, por este mismo motivo, las empresas se están marchando de Catalunya y muchos mayores se están planteando volver a sus ciudades de origen o sacar sus ahorros fuera de Catalunya.

Nadie, absolutamente nadie, puede hacer entender o tratar de justificar que, para cambiar el Estatut hagan falta 90 diputados del Parlament, es decir, 2/3 de la cámara, y en cambio, para proclamar la independencia baste con que lo quieran 68 parlamentarios y el 45% de la población. ¿Cómo se va a convertir Catalunya en un país sin cambiar la Ley catalana, sin cambiar el Estatut? Eso no hay forma de hacerlo ni de justificarlo y Artur Mas y los suyos lo saben. Yo no sé hasta dónde llegarán, si verdaderamente sumarán esos 68 parlamentarios y se subirán al balcón a proclamar la independencia; lo que sí sé es que eso duraría 2, 4, 6 horas a lo más, porque no haría falta que viniese el ejército, como el propio Mas querría, sino que serían los propios catalanes los que no dejarían que eso ocurriese.

No, señor Mas, no. Con la Ley no se amenaza, la Ley se cumple y usted tiene que cumplirla y, si no le gusta la Ley, trate de cambiarla por los medios políticos que existen. Porque, si incumple la Ley, no va a haber ni referéndum, ni cifras de asistentes a manifestaciones infladas que le sirvan de nada.

Pero no solamente Mas debe rectificar, sino también esa parte de la población que anhela la independencia. Déjenlo, no sigan por ahí por mucho que quieran taparse los ojos y los oídos. Saben que los catalanes no quieren independizarse, así que háganse ya a la idea. Catalunya no va a ser independiente nunca, esa es la cruda realidad y, mientras antes paren este sin sentido, antes podremos comenzar a trabajar contra el paro y la corrupción y por la sanidad y la cultura. Hay crisis, sí, pero mejor destinar el dinero a lo que he mencionado y no a embajadas, canales de televisión y financiar clubes de fútbol, porque lo triste de esto es que tarde o temprano tendrán que cesar en su empeño. Pero para entonces los amigos que dejen de serlo, los familiares que riñan y las parejas que se rompan en Catalunya por culpa de Artur Mas y sus locos proyectos, no podrán volver a estar como antes y, cuando pasen veinte años, recordaremos esta época, todo lo que perdimos, lo bien que convivíamos antes del Proceso y cómo esa ruptura nos cambió. Mientras eso ocurra, el señor Artur Mas estará jubilado y cobrando una gran pensión a costa de haber sido un representante del Estado en Catalunya.

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